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Mijail Miranda Zapata

El 28 de enero de 1982 moría en la ciudad de La Paz, en la Casa del Poeta, la escritora orureña Hilda Mundy (N. del a. El texto fue publicado en conmemoración de esa fecha). La primera edición de su Pirotecnia, publicada en 1936, fue apenas reeditada en 2004 dentro de la colección Papeles de Antaño, de La Mariposa Mundial (con la producción de Plural Editores). Si bien un año antes Blanca Wiethüchter, en el primer tomo de Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia (La Paz: PIEB, 2003), había visibilizado y reivindicado su obra, no caben dudas de que la publicación de 2004 representó el verdadero acercamiento del legado de Laura Villanueva (Hilda Mundy) a las nuevas generaciones. Sigue esta misma senda el libro de ensayos y antología de Eduardo Mitre Pasos y voces (La Paz: Plural, 2010), en el que la poeta orureña ocupa un lugar decisivo, entre otros ocho vates nacionales, en la construcción del imaginario poético contemporáneo.

Comprender la obra de Hilda Mundy resulta dificultoso, darle alguna interpretación concreta representaría un atentado en contra de sus valores estéticos. Incluso un simple acercamiento reviste una complejidad que trataremos de sortear desde nuestra subjetividad, con la admiración que sentimos hacia su trabajo.

“Ensayo miedoso de literatura ultraísta”, nos advierte el subtítulo de Pirotecnia. A pesar de lo mencionado, la complejidad de su escritura no reside en la estructura metafórica del conjunto, que si bien es enrevesada presume claridad y asequibilidad para el lector, sino en sus diversos ejes temáticos y lo incómoda que resultó su mirada en aquel tiempo y aún en el nuestro.

Sin máscaras

Uno de los pilares fundamentales en la escritura de Mundy yace en su atracción por las formas, trascendiendo lo meramente escritural, bordeando lo somático y biotípico. Clara muestra de ello resultan ser sus poemas en los que resalta las virtudes físicas de lo flemático y la ridiculización persistente de las formas rechonchas. “La anemia… la clorosis… son enfermedades líricas…”. Esta relación se expresa también en su predilección por el uso de los paréntesis, la bastardilla, o sus preferidos puntos suspensivos. Esta asociación simbológica, entre formas humanas y ortográficas, sintetiza perfectamente la propuesta de Mundy, siempre preocupada por las formas y sus contenidos. El cimiento de su prosa poética yace entre la geometría de los cuerpos, la arquitectura de la ciudad o el simple ordenamiento de las cosas. Líneas y puntos. “Un can flaco puede parecerse a una mujer esbelta. /Un caballero a un losange de mosaico”.

La orureña plantea una poética de lo cotidiano, de su monotonía y sus destellos, siempre dentro del contexto citadino. Jamás excede el territorio urbano. Esta demarcación, sin embargo, no es aplicable a los límites de la temporalidad que parecen ser desbordados inexpugnablemente por el volumen de la obra. Esta capacidad de vigencia, silenciosa y póstuma, es una de las mayores virtudes de Mundy. Además, su mirada de la ciudad compuesta por un entramado metafórico diverso, inyectado de potente ironía, es otra de las armas de las que se vale para destruir y deconstruir el espacio que habita. Recordemos que Mundy escribe desde el confort de una clase media pujante en una ciudad de crecimiento económico considerable. Claro que, siempre yendo contracorriente, no adopta posturas falsas, ni mucho menos intenta identificarse con la marginalidad suburbana, tan explotada años después por aquellos que Virginia Ayllón denominaría “escritores borders de moda”. Librada de toda máscara, y con la legitimidad que otorga la sinceridad, Mundy rompe con todo. Parece dispuesta a destruir cada pequeño detalle del mundo. Aunque sus textos hablen de una aversión hacia la gula, no hay duda de que experimenta una antropofagia compulsiva. Devora miradas, posturas, formas, colores, cuerpos, geometrías, defectos y virtudes, todo a su alrededor y sin ningún tipo de contemplaciones. Cada una de las páginas de Pirotecnia exhala transgresión. “El único papel algo digno de envidiarse es el del agitador anarquista de pasta destructora”. Y esta vocación destructora no parece ser un mero capricho artístico, sino una postura frente a su generación.

La Mundy supo plantear con osadía, en los inicios del siglo XX, conceptos que a la larga terminarían siendo vanguardistas. Se adelantó a la revolución sexual, supo prever que el cuerpo femenino sufriría una transmutación de artículo privado del hogar a objeto sexual público. “El escote es una pieza desenvuelta un poco por un lado y en que los clientes van tocando cuidadosamente con las yemas de los dedos para saber qué calidad tiene”. También cuestionó las corrientes feministas emergentes, y su tendencia a equipararse estúpidamente a la figura masculina: “La mujer fichada en 1936-37 se siente sufragista… aviadora… locomotriz… concertinista… boxeadora…” y complementa este párrafo con una fatídica sentencia: “Tiene el don singularísimo de haber reemplazado al corazón con una máquina portátil de calcular…”. Claro que, desde otra perspectiva, reivindica la figura femenina moderna, su retorno a formas primarias y poderosas, imponentes, matriarcales, a la esencia misma de la feminidad: “La mujer felinamente bella —por un atávico resto de sadismo— colora sus uñas de un cutex sangriento”. Y así sigue su crítica, como un cáncer, término usado por ella misma, consumiéndolo todo. Cuestiona ácidamente la familia, esboza una infantofobia, quizás conociendo la predestinación de sometimiento y encierro que representa para la mujer la crianza de los niños. La lotería del matrimonio, dice, tiene como premio a los hijos con “berridos de cochinillo, con alborozo y… cuenta del doctor ginecólogo…”.

En plena explosión desarrollista, la Mundy encaró también a la modernidad. Interpeló la acelerada e intempestiva urbanización de Oruro. Un bello y triste ejemplo del agobio sufrido por esta violencia se evidencia en el poema Quince: “Los árboles de las avenidas son pálidos, nostálgicos, extenuados de recuerdo (…) cansados de ciudad, enfermos de exhibición, piensan en el bosque secular… inmenso… virgen… de sus antecesores”. E incluso llega más allá, cuestionando los reposicionamientos provocados por la proliferación del hierro y el pavimento, por la enajenación de las sensaciones, de la vida misma. “La era maquinista hará del mundo un encantamiento en hierro. / El hombre acabará por lubrificarse y medir su capacidad de consumo”. Es factible, también, realizar un acercamiento más íntimo entre Mundy y su ciudad. El universo de la poeta está signado por los procesos infringidos por el tiempo en el corazón de lo urbano. Esta dimensión poeta/ciudad es modelada con recelo y encarna un pesimismo que, disimulado gratamente con humor corrosivo y sugerente, desintegra con facilidad los preconceptos del lector desprevenido. Al leer Pirotecnia se corre ese riesgo, el de incendiarnos y estallar en pedazos para terminar siendo “apenas nada”. El conocimiento aniquilado por las sensaciones. También ridiculiza y pulveriza los conceptos de propiedad privada, la exaltación de la individualidad y los consecuentes sentimientos de inseguridad, ambición y avaricia. “El inventarista del precinto debió sufrir de desconfianza aguda y una vez descubierto y patentizado su invento (…) colocaría precintos al filtrador (…) a la virtud de su mujer, a las vidrieras de la alacena, etc., etc.”.

Pesimismo y revelación

Así, en el contexto de un futuro aletargado por los vicios del consumo salvaje, el vértigo de la novedad y la paradójica inapetencia de la rutina, bajo el yugo de sistemas diseñados para ejercer el poder y sufrirlo (“¡Qué simetría, qué exactitud ‘reglada’ existe en una caja de sardinas!/Su lema: ‘Pies con cabeza’ nos sirve de enseñanza acomodaticia en muchas circunstancias de la vida…”), nace un ente dual. Este géminis oscilante entre la fascinación por la modernidad, acuciosamente detallada por Mitre, y el desprecio por la súbita maquinización de la vida (“En el automóvil nace el desenfreno. Los que caminan en él acostumbrados al derrumbe de paisajes anhelan aún el derrumbe de la humanidad”) advierte uno de los rasgos esenciales de la Mundy: el halo pesimista que la envuelve. Cabe aclarar que este pesimismo no encarna un burdo lamento sino más bien una revelación. Es así que esta convicción se extiende a su obra misma. En la composición XXIX, la imposibilidad de erguirse en medio de sus influencias y el porvenir, de hallar una personalidad propia, una lengua íntima, no representa una frustración, es en realidad un llamado a traspasar los límites formales del conocimiento en pos de un renacimiento, más cabalmente de una reencarnación. “[Somos] Chiquillos que entonando o desentonando silbamos ajenas coplas!…”. Estos versos pueden ser, aunque asignados arbitrariamente, complementarios a la estrofa final de Pirotecnia: “Y es que cuando en arte son tres… y dos… quieren hacerse dioses… el tercero siendo genio calla… porque callarse es hacer florecer el pensamiento en la ruta de la perfección”. Entonces el silencio y la voz de nuestra memoria parecen ser los caminos a seguir.

Por otro lado, esas influencias, tan necesarias como se ha visto, son detalladas en todos los estudios elaborados previamente. Sin embargo, considero que se hace una omisión. Se olvida que en Pirotecnia se rememora a Mallarmé (DADOS/DADOS/DADOS […] LOS DADOS/ Siempre incólumes. Siempre en compañía del hombre disparando las flechas de sus números a los cuatro puntos cardinales”. El francés es obviamente muy cercano a ella, en cuanto ambos quiebran tradiciones, y reinventan las formas expresivas y discursivas del lenguaje, incluso puede hallarse alguna vinculación filosófica entre ellos. “Siempre, siempre huyamos de la prosa vieja y severa, de la seriedad, del sabihondismo(…)”. Será otro espacio el que permita realizar mayores indagaciones.

El silencio de los mundos

Se han hecho múltiples conjeturas respecto de la desaparición de Mundy. No siempre acertadas. Eduardo Mitre en su ensayo “El enigma de Hilda Mundy” la figura como una neurasténica altamente creativa, que no tuvo la lucidez de encontrarse a sí misma, ni vislumbrar sus aspiraciones. Wiethüchter propone determinantes más coyunturales, su entorno familiar, intelectual e incluso la realidad nacional del momento. Virginia Ayllón, en cambio, se acerca más a la verdadera esencia de esa reclusión en el mutismo, en su ensayo De la nada al venerado silencio: “¿qué es esta propuesta si no el decir que transcurre del escritor, para luego, limpiar, para luego purificar, refinar, reducir… para luego desaparecer, para luego, y al fin, ser silencio?”. No podríamos ir más allá en el afán de dilucidar las verdaderas intenciones de Laura Villanueva. Nos resta decir que nuestra poeta escribió viendo el mundo mucho más allá de sus días y su silencio no es más que la reafirmación de su propuesta. Los consentidos de Mundy, los Puntos Suspensivos, sintetizan perfectamente toda la obra e incluso la figura mítica que se ha ido levantando con el cimiento de Pirotecnia. Estos suspenden, su nombre mismo lo dice, la existencia total a un espacio etéreo, sin restricciones, proporcionan múltiples posibilidades de interpretación. Más allá del entendimiento mismo, cada punto contiene una visión, una vida, un mundo. Ése el misterio de Hilda Mundy, que aflora como el eslabón perdido de nuestra literatura. Así, el silencio de la Mundy es el silencio de los mundos…

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