El ministro de Educación, Víctor Hugo Cárdenas. | Foto: ABI
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¿Es posible pensar en una educación tecnologizada con gran parte de la población sin acceso a internet o electricidad? ¿Qué soluciones plantea Víctor Hugo Cárdenas más allá de sus nerviosas promesas de «fibra óptica» para todxs?

Tania Aruzamén Zambrana

El ministro de Educación, Víctor Hugo Cárdenas, anunció hace más de un mes la puesta en marcha para un sistema de educación virtual, de este plan nacional no se sabe nada hasta la fecha. Hace unos días, anunció la compra de computadoras para garantizar la educación virtual en el país. Promesas.

Las preguntas: ¿es posible la implementación efectiva de un plan de emergencia educativa sin un censo previo? ¿Cuántos niños y adolescentes, estudiantes universitarios y personas adultas en el sistema de educación alternativa se encuentran en zonas rurales y no tienen acceso a servicios básicos, entre ellos electricidad y conexión a internet?

Queda claro, la administración educativa de este Gobierno transitorio desconoce la realidad educativa, sus necesidades y características esenciales. Desconocen un país diverso, plural y con distintos niveles de necesidades educativas.

Cárdenas asumió el Ministerio en enero de este año, como parte del «grupo de confianza» del Gobierno de transición de Jeanine Añez. Activo en la iglesia evangélica y con un pasado político que cuenta con más sombras que luces, el vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada asumió este cargo después de pugnar por la presidencia, en octubre de 2019, con resultados poco alentadores y siendo parte de una estructura ultraconservadora y fundamentalista religiosa. Fue casi un accesorio en el escenario político complejo que sumió a Bolivia en una de sus peores crisis políticas de los últimos años.

Junto a su posesión y la de sus viceministros, comenzaron las nuevas e improvisadas «reformas» educativas. El principio de otro enfoque en una de las áreas más importantes en cualquier sociedad y de mayor cuidado para cualquier Estado: la educación.

Revisiones a la ley educativa “Avelino Siñani, Elizardo Perez”, suspensión del  Programa de Formación Complementaria para Maestros y Maestras y un quiebre en la política educativa comunitaria productiva que había dejado la anterior gestión. Heridas de muerte.

Pero, ¿qué llegaba a sustituir una lógica educativa (en evidente crisis/conflicto) comunitaria y que reconocía la diversidad boliviana? El completo desconocimiento de la pluralidad educativa y la censura de los currículos contextualizados, una lógica colonialista en la que prima el regir a los establecimientos privados.

Para colmo de males, la pandemia hizo evidente que el sistema educativo se encuentra en completo abandono en medio de la emergencia sanitaria y humanitaria que atraviesa nuestro país.

Con una declaración de crisis y la activación de la cuarentena rígida hace más de setenta días, las miradas estaban puestas en el sistema de salud ni las autoridades se pusieron a reflexionar sobre el devenir de la educación y de su continuidad en lo que dure el confinamiento.

La cuarentena obliga a repensar la educación y puso a prueba la tecnología como herramienta, como salvadora y democratizadora de espacios educativos que ahora no cuentan con lo que luego nos daríamos cuenta que es su esencia: la escuela como territorio, como espacio físico.

La tecnología, entonces, fue la salida para continuar la formación en escuales y colegios particulares. En su naturaleza bancaria y monetizadora, no podrían perder un solo mes de actividades económicas: el sector educativo privado es eso, un negocio.

¿Qué pasa en los establecimientos educativos públicos? ¿Qué hacen ahora los estudiantes que no cuentan con conectividad y, peor aún, los maestros que no cuentan con una computadora, acceso a internet o la capacitación en tecnologías educativas?

Si bien hemos sido testigos de la creatividad de maestros para dar continuidad a sus planes educativos, por medio de plataformas que no cumplen esa función (WhatsApp o Facebook), son casos minoritarios. Pero no tendrían que ser casos aislados, sino parte de una política de Estado para acompañar la crisis sanitaria. ¿Tan poco nos importa la educación boliviana?

Mientras sigan gestionando planes (que no son ejecutados) que solo ven a la ciudadanía de los centros urbanos como “sujetos de derechos” y no al área rural o sectores vulnerables que no cuentan con las mínimas condiciones para asegurar su futuro educativo, la educación no será más que otro privilegio de clase en tiempos donde se hace más evidente la desigualdad y las brechas educacionales son cada vez más profundas y dolorosas.

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