Protesta para retirar el financiamiento a la policía en Mineápolis. | Foto: Víctor J. Blue
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La indignación por el crimen policial que le quitó la vida a George Floyd llegó también a Bolivia. Pero, ¿cómo enfrentan lxs afrobolivianxs nuestro propio racismo, las burlas, la invisibilización, los atropellos institucionales? ¿Alzamos la voz contra la violencia policial racista y clasista?

Sandy Salazar Pinto/Stefano Archidiacono

“Blackbird singing in the dead of night
Take these broken wings and learn to fly
All your life
You were only waiting for this moment to arise1”
The Beatles, 1968

Cuatro días después de las primeras protestas en Minneapolis por el violento asesinato de George Floyd, la movilización contra la violencia de laPolicía y la injusticia racial se propagó en Europa, Australia, Latinoamérica y muchas ciudades alrededor del mundo. Personas que hasta ese momento guardaban silencio, bajaron a las calles a protestar, especialmente jóvenes, de diferentes etnicidades, culturas y clases.

Lo aceptemos o no, hablar de racismo es necesario. Porque si bien el racismo es violencia y muerte, también está internalizado y naturalizado en nuestras sociedades de maneras mucho más «sutiles». Los hechos que ocurrieron en Estados Unidos no son aislados y se repiten en nuestra propia casa. La misma brutalidad policial que hemos visto en el caso de George Floyd la vimos, por ejemplo, en el accionar de la Policía y el Ejército boliviano en los violentos hechos de Senkata y Sacaba.

Para entender estos hechos de violencia y su matriz racista es necesario comprender cómo el prejuicio racial se vuelve funcional al ejercicio del poder y al uso de la fuerza. En nuestras sociedades postcoloniales, la dominación de una élite ha sido legitimada por prácticas racistas como la racialización e inferiorización del otro. Los afrodescendientes y los indígenas han sido históricamente “otrificados” de manera negativa, lo que normalizó comportamientos como el maltrato verbal o la sospecha respecto a su moralidad, honradez o capacidad; solo por el color de piel o etnicidad.

Estos falsos prejuicios, construidos históricamente, sustentan la discriminación y el racismo estructural, es decir, todas aquellas prácticas y creencias que contribuyen a mantener a la población racializada en posiciones de menor prestigio y autoridad. En este escenario, la violencia contra el otro no solo se justifica «moralmente», sino que cumple la función de mantener el status quo y las jerarquías de poder dentro de la sociedad.

¿Qué pasa con la población afrodescendiente en Bolivia? El pueblo afroboliviano ha sido históricamente marginalizado en cuanto a su plena participación en la vida económica y política del país y tuvo que enfrentar el racismo estructural de la sociedad colonial boliviana en sus diferentes etapas históricas.

Muchos son los prejuicios y preconceptos con los que tenemos que lidiar a diario. El “suerte negrito” y los pellizcos y risas cuando pasamos por calle, la hipersexualización de las mujeres afro o la consideración que nos asocia siempre como sujetos de servicios domésticos o de cuidados. Además, nos estereotipan como violentos, ladrones y siempre somos objeto de duda y desconfianza o se dice que solo somos buenos para el baile.

Asimismo, hay una falta de reconocimiento de los afrobolivianos, no solo como titulares de derechos (civiles, sociales, políticos y económicos), sino también como ciudadanos bolivianos. En muchas ocasiones nos consideran o nos tratan como extranjeros en nuestra propia tierra, exponiéndonos a una situación de violencia y abuso policial en caso de no portar nuestro carnet de identidad. Esto es racismo, es violencia.

Si bien, como comunidad afroboliviana, no tenemos muertos registrados por mano de la Policía, la discriminación y la exclusión también matan. Nos matan cuando no podemos acceder a la salud, nos matan cuando no podemos acceder a un trabajo digno, a una vivienda digna. Nos matan cuando no nos reconocen como ciudadanos. Existe una violencia física y, además, una violencia simbólica que refiere al campo de la representación.

Un ejemplo tristemente obvio es el baile del “Tundiqui” o “Negritos”, que reproduce una representación caricaturesca del pueblo afrodescendiente y nuestra cultura: nos reduce y confina a la época de la esclavitud, invisibilizando las luchas, reivindicaciones y aportes que los afrobolivianos realizaron al país en todo este tiempo.

La autora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie advierte sobre los peligros de pensar que hay una “única historia”. Una historia única crea estereotipos y el problema con los estereotipos es que son incompletos. La diversidad cultural es una realidad, podemos aprovechar el talento y riqueza que supone contar con personas de diferentes orígenes en nuestra vida diaria. O podemos escoger ver una sola parte de la historia que enfatiza y antagoniza nuestras diferencias.

¡Basta! Es tiempo de romper con estos esquemas racistas heredados desde la Colonia y reproducidos a diario por nosotros mismos. Si bien necesitamos políticas públicas y acciones afirmativas para eliminar progresivamente las injusticias e inequidades acumuladas durante la historia en nuestras sociedades, también necesitamos cambios de actitudes y formas de pensar y actuar desde nosotros mismos. Necesitamos una autocrítica constante, practicar la empatía, ponerse en el lugar del «otro», deconstruir nuestros prejuicios y preconceptos.

Ver las movilizaciones de protesta contra el racismo y la injusticia en muchas ciudades de todo el mundo en estos días es inspirador. Ver personas de cualquier etnicidad, cultura y clase levantar los letreros Black Lives Matter nos motiva para que no seamos cómplices con nuestro silencio, nos empuja a levantar nuestra voz contra el racismo, todos los racismos, contra la violencia, todo tipo de violencia. Aquí y ahora, en todo lado, siempre.

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