Fotograma de la película "L’une chante, l’autre pas" de Agnès Varda | Foto: Captura trailer
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Agnès Varda no fue solo una visionaria del arte cinematográfico, sino también una lúcida e invaluable abuela feminista. Reseñamos uno de sus trabajos más iconoclastas: cuerpo, aborto, maternidad, política y libertad.

Moira Soto

«El culto sacrosanto del amor maternal estupidiza, es terrible. Hay que atacar el tema de la maternidad en todos los frentes: aborto libre y desculpabilizado, no posesión de los hijos, horror del autoritarismo parental. Anticoncepción, nuevas leyes, educación sexual. Amor a los niños deseados, ternura paternal, familia renovada, embarazo vivificante, derecho a la identidad con o sin hijos». Con estas palabras de la cineasta Agnès Varda, pronunciadas en 1977, cuando presentó L’une chante, l’autre pas, Frédéric Mittérrand prologó la proyección con subtítulos de esa legendaria película feminista protagonizada por Valérie Maraisse y Thérèse Liotard.

L’une chante, l’autre pas es un filme a imagen y semejanza de Agnès Varda, una artista nacida en 1928 en Bruselas, considerada precursora de la Nouvelle Vague por su innovador corto La Pointe Courte (1954). Varda, que ya había hecho películas tan impactantes como Cléo de 5 a 7 (1961) y La felicidad (1965), volcó de manera casi torrencial en L’une chante… su ideario político, sus sueños humanistas, su empatía respecto de las mujeres. La guionista y directora que tantas veces ha dicho que en materia de feminismo ella es “utopista, soñadora y optimista”, cuando no le alcanzaron las imágenes o las situaciones, puso canciones que le dan al film un sesgo de comedia musical. “Fue una decisión táctica”, ha dicho Varda, “los discursos no se escuchan, las enciclopedias no se leen, de manera que resolví cantar las ideas, los deseos, las emociones de estas mujeres”.

En 1962, Pomme, una adolescente con pelo de zanahoria que va directo a los bifes, visita a Suzanne, una exvecina pocos años mayor que vive con un fotógrafo y tiene dos niños. Suzanne está angustiada porque ha quedado nuevamente embarazada, y Pomme se pone en campaña para conseguirle el dinero para un aborto. La posibilidad más confiable es viajar a Suiza y la pelirroja miente para conseguir el dinero de sus padres. Cuando Suzanne se va, Pomme le cuida a los chiquitos. Poco después, el fotógrafo, incapaz de mantener a su familia, se suicida. Entonces las chicas se separan porque Suzanne se va al campo, a casa de sus padres que la denigran por no haberse casado. Diez años después, las amigas se reencuentran entre el público mayoritariamente femenino que sigue el histórico Proceso de Bobigny en que una adolescente fue juzgada –y absuelta– por haber abortado. Pomme ha continuado cantando a su manera, fuera del circuito oficial, y Suzanne se ha sobrepuesto al bajón, trabajando y estudiando, y ahora ha abierto un centro de planificación familiar en su pueblo. Las amigas se vuelven a separar y se prometen largas cartas, pero no cumplen. En cambio establecen un puente aéreo, un diálogo imaginario salpicado de postales que dan cuenta del momento que viven y el amor que se tienen.

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Pomme canta como propias letras de Varda, la primera en Bobigny: “Mi cuerpo me pertenece/ y soy yo la que sabe/ si quiere parir o no./ Traer hijos a este mundo,/ ser flaca o ser gorda,/ es mi decisión”. Cuando viaja a Amsterdam a hacerse un aborto –después tendrá dos embarazos felices–, Pomme, mientras pasea en barco con un grupo de mujeres en la misma situación, entona: “Nosotras, señoras y señoritas,/ las torpes y las tontas,/ las distraídas y las abusadas,/ hicimos algo que no les va a gustar:/ el crucero de las que abortaron…. En otro momento, cuando descubre que su novio iraní no resulta tan igualitario como pretendía en la casa, ella protesta: “La doble jornada, pobre mamá,/ algo agotador y muy mal pagado./ El viejo Engels tenía razón:/ en la casa, el hombre es el burgués/ y la mujer, el proletariado. Por cierto, Agnès Varda, que puede hacer canciones a favor del derecho a abortar o en contra de la división sexual del trabajo, también puede celebrar a la embarazada plena: “La mujer burbuja,/ qué bueno ser como un globo,/ como un pan que leva…”.

A Varda, cuyo extraordinario documental Les glaneurs et la glaneuse (2000) se conoció en un Festival de Cine Independiente, siempre le ha gustado decir que ella no era una “ponedora”, que tuvo una hija y un hijo deseados y que nunca se consideró una súpermadre. Casada felizmente durante añares con el gran cineasta Jacques Démy (hasta la muerte de él, en 1990), Agnès, cada vez que le preguntaban si su marido la había aceptado desde el vamos como era, cineasta y feminista, respondía con ese humor que desarmaba a los prejuiciosos: “Sí, pero yo también lo acepté. Tuve mucho mérito”.

Vía P12

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