La cineasta francesa Agnès Varda en 2018 | Vía: Sense of Cinema
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En el infausto día de su fallecimiento recuperamos una entrevista, a la cineasta francesa Agnès Varda, publicada en la edición impresa de El País en 1977. Larga vida a la obra de una warmi que supo ser una figura mítica en la Nouvelle Vague, maestra indiscutible del cine universal y referente feminista histórico.

Esther Ferrer

«Creo que es un privilegio ser mujer. Lo he pensado siempre, siempre me ha parecido que lo que tenían los hombres no era demasiado interesante, la guerra los muertos, los heridos (yo he vivido la guerra), la agresividad en el trabajo, en ganar dinero, el mandar…, nunca me ha interesado», declara la realizadora francesa Agnès Varda.

«El proceso de devenir mujer es un proceso duro y largo, pero es la única manera en que podremos llegar a una reconciliación hombres y mujeres, la mayor parte de los humanos buscan la unión hombre-mujer en sus relaciones; la homosexualidad es una de las sexualidades posibles, ni condenable, ni prohibida, naturalmente, pero como solución es minoritaria. Si las mujeres aman a los hombres perfecto, el problema es no traicionar el hecho de ser mujer».

«Yo se que en esta sociedad la agresividad puede ser necesaria, pero mi finalidad no es agredir, no me interesa. La batalla profunda no es la revancha. Si las mujeres tenemos suficiente fuerza, y la tenemos, para cambiar las cosas, no es para ocupar la plaza de los hombres sistemáticamente; ser mujer es, entre otras cosas, rechazar este circo que los hombres han montado como sociedad. Pero si una mujer quiere ser ministro, o diplomático o carpintero, que pueda serlo, puede que sea incluso necesario. De lo que se trata, fundamentalmente, es de cambiar una situación injusta, unas leyes injustas».

Esto es, pudiéramos decir, el manifiesto feminista de Agnès Varda, cineasta francesa, nacida en Bélgica, autora de múltiples cortometrajes (Salut les Cubains, Uncle Yanco, Black Panthers, Réponse de femmes), y varios largometrajes, como Cleo de 5 a 7, Le Bonheur, Daguerreotypes, y que acaba de estrenar en París su última película, L’une chante l’autre pas, en la que nos dice Agnes:

«Se cuenta la historia de dos chicas que se conocen en 1962, se pierden de vista y vuelven a encontrarse en 1972. Es la crónica de sus vidas paralelas hacia la felicidad de ser mujer. Pese a ser muy diferentes en carácter y situación social, las dos sienten una necesidad semejante, la de estar de acuerdo con ellas mismas, sin engaños, corriendo el riesgo de vivir los clásicos acontecimientos femeninos (amor-matrimonio-maternidad) de una forma marginal».

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Agnes Varda, casada con el director Jacques Demy, es una mujer que intenta llegar hasta el fondo de sus deseos, que parte de su vivencia para contarnos una historia que se detiene en un momento de felicidad, en un verano feliz en el Midi de Francia:

«Deseo que la película cuente de una forma lo más simple posible y lo más natural posible la similar toma de conciencia de dos mujeres diferentes, la una que estalla rápidamente, para desarrollarse y alcanzar su plenitud, y la otra que se desvictimiza lentamente para llegar a su equilibrio. Las heroínas de mi crónica realizan el feminismo que les conviene, es una conquista o, si se prefiere, una reconquista de la fuerza vital femenina, con sus privilegios, sus problemas y sus felicidades específicas».

La película es una película optimista. Supongo que lo ha hecho con toda la intención.

Toda la película sigue el proceso interior del movimiento de liberación de las mujeres. Este movimiento que hace que las mujeres cambien va de algo que está estructurado clásicamente, es decir: la madre, la puta, la chica simpática y fácil, la intelectual, fea, que son las categorías en las que nos han estructurado y funcionan en la sociedad, hacia otra imagen diferente. El proceso de la película es el de rechazar estas imágenes que son bellas imágenes culturales (como las que realiza el fotógrafo en la película: la madona triste con sus hijos, la mujer nostálgica, la joven rebelde…, las mujeres de las películas de Bergman, y Antonioni,y otros), clichés en los que nos han encerrado, para buscar otras diferentes.

Hay muchas mujeres que consideran su esclavitud como privilegio y confunden el ser hembra con ser mujer.

Sí, pero hay mujeres que consiguen ser felices. Yo no soy desgraciada, tengo muchos problemas, mucho trabajo, pero no soy una tonta ni estoy dormida. Me he batido por el derecho a ser feliz, a disfrutar del amor, de mis hijos, de mi trabajo, he luchado para disfrutar de la amistad y, como otras muchas, los domingos limpio la casa.

Yo sé que en mayo 68 se insinuaron muchas cosas, y que mayo pasó. Pero el movimiento de las mujeres es la continuación. Las mujeres nos dimos cuenta que iban a dejarnos atrás, y comenzamos nuestros propios movimientos. La historia más interesante de los movimientos feministas es a partir de mayo 68, es en los años setenta en que se cristalizan cosas, con el proceso de Bobigny en favor del aborto, el MLAG, los abortos colectivos en Amsterdam, etcétera. Se crea una corriente de solidaridad entre las mujeres, que deja de ser una idea para convertirse en una realidad; tienes, por ejemplo, los grupos de mujeres que trabajan en los barrios, esto es de una enorme importancia, no es una utopía ni un sueño histórico. No creo que todo sea correcto y feliz, pero lo que si sé es qua las mujeres han tomado conciencia de una forma fabulosa.

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