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A veces las películas muestran mucho más de lo que nuestros inquietos ojitos observan. Las súperproducciones de “buena factura técnica” pueden ser una trampa. Algo así pasa con el último estreno boliviano. Desde Muy Waso solo queremos decir: otro cine es posible, en serio.

Mijail Miranda Zapata

No será una exageración decir que Muralla quizás sea el thriller mejor logrado de la cinematografía boliviana. Con antecedentes tan nefastos como Psico Urbano (2006), o menos trágicos como American Visa (2005) o Carga Sellada (2014), e incluso destacables como El ascensor (2009), Averno (2017) o el clásico Los hermanos Cartagena (1984), la opera prima de Gory Patiño deja una impronta que no será olvidada entre el público. Sin embargo, cabe decir que cae en los mismo clichés y despropósitos de muchos de sus predecesores.

Formal y estéticamente, tal vez sea American Visa el título con el que mayor afinidad guarda el reciente estreno boliviano. A nivel argumental, las similitudes también son notorias: un hombre solitario, golpeado por la vida, con un pasado que pesa y un arraigo familiar extraordinario, devorado abruptamente por el barroquismo del hampa paceño. Tópicos, los primeros, bastante comunes y repetidos en más de un par de películas hollywoodenses y otras tantas en series y largometrajes de corte televisivo.

Este interés por adaptarse a un formato más masivo quizás obliga a Muralla a sumergirse en un melodrama innecesario y marcadamente telenovelesco. Sin estos vicios, tal vez imprescindibles a nivel comercial, pero funestos en cuanto a propuesta cinematográfica, es probable que muchos habrían dejado las salas con la impresión de haber estado frente a una obra mayor.

Lo “destacable”

Algunos elementos destacables en Muralla surgen apenas con los primeros planos de la cinta. Pese a la desconfianza que podría generar esa desolación del protagonista frente a la vertiginosa hoyada paceña, imagen tan manida en la filmografía nacional, hay algo que deja una pizca de curiosidad. Ya sea la destacable presencia actoral de Fernando Arze, o la premonición de una épica pendulante entre la nostalgia y la sencillez, o la simple curiosidad por saber qué más podrían ofrecer desde una de las secuencias más repetidas en el cine que tiene como escenario la sede de Gobierno.

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Con esta introducción, si el único interés como espectador es emocionarse y pasar un buen rato, el éxito está asegurado y Patiño cumple con su cometido. Pero el filme intenta ir más allá y es entonces cuando falla.

La historia narra la sumersión de un exportero de la Liga de fútbol boliviana, devenido en chofer de minibús, en los bajos fondos paceños con el único fin de salvar la vida de su hijo hospitalizado con alguna enfermedad grave. Un cuento bastante conocido, limitado y poco alentador.

No obstante, es imposible negar que otro de los puntos plausibles en Muralla radica en la intención de entretejer elementos rituales, religiosos y esotéricos, con una realidad cruenta y retratada sin pudor ni escrúpulos, siendo estos últimos dos de los defectos más deleznables de las películas que antecedieron a Muralla en la experimentación del suspenso policial en nuestro territorio: un mal disimulado “cartuchismo”.

Esta urdimbre de perspectivas y relatos sirve para destacar otro acierto de Muralla: una guionización narrativamente irreprochable. Trabajada a seis manos (Camila Urioste, una de las mejores dramaturgas bolivianas y ganadora del Premio Nacional de Novela 2017; acompañada por Arze y Patiño), el tejido narrativo de la película, en primera instancia, lleva el desarrollo de su trama al interior de su antihéroe y a partir de allí va enhebrando, gracias a exquisitos plot points, distintas perspectivas argumentales, vicisitudes morales y espirituales, así como una mirada crítica de la sociedad y sus instituciones.

La trata de blancas es el eje alrededor del cual se articulan cada uno de estos elementos, en una problemática bastante conocida, sí, pero, a la vez, recubierta por una incontable cantidad de mitos, paranoias y medias verdades. Inicialmente, este contexto es relatado con un tono bastante verosímil, pero con los minutos se desdibuja y acaba siendo una mera caricatura.

La ‘Muralla’ se desploma

Lastimosamente, la riqueza del libreto mencionada antes se complementa de manera errática con una dosificación exagerada de artilugios visuales y sonoros que se exceden a sí mismos en crescendo, apelando al chantaje emocional, las reacciones viscerales y la hiperestimulación de los sentidos en la platea. Una arremetida violenta que, si bien acompaña el grotesco de las circunstancias y nos mantiene al borde de la butaca, al abandonar la sala deja más bien una sensación de vacío y agotamiento.

Esta “sobredosis dramática” se explica por el abuso de planos psicológicos que, en muchos tramos, no hacen más que resaltar una atmósfera de sordidez, desconsuelo y desequilibrio, que la paleta de colores fotográfica deja muy clara apenas comenzada la proyección.

En este acápite, a nivel técnico también es necesario mencionar que la corrección de color denota ciertas irregularidades poco profesionales. En muchas secuencias, especialmente las desarrolladas en exteriores, las tomas aparecían quemadas. Si este fue un recurso estético del director, francamente es incomprensible. Si fue un problema del proyector en una de las salas de la Cinemateca Boliviana, es una pena que ni siquiera en este repositorio se pueda disfrutar plenamente de una película.

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En cuanto a la musicalización, el trabajo de Auza, quien ya colaboró con Martín Boulocq en Los girasoles(2015), es uno de los apartados más destacables de Muralla. Paradójicamente, su aporte al conjunto es mucho más destacable cuando pasa inadvertida, asumiéndose subrepticiamente como parte del relato, provocando un disfrute casi inconsciente. Pero, al cobrar mayor protagonismo, con un uso básico y funcional, tira demasiado de la tensión emocional y resulta molesta y estridente. No hay nada peor en una película que una banda sonora dispuesta para tapar los baches de sus carencias.

Un contrapunto a este agobio sensitivo producido por la foto y el sonido, es el trabajo desde la dirección de arte. La ambientación de cada una de las locaciones tienen una sobriedad y un cuidado que se agradecen en medio de una propuesta demasiado proclive a la hipérbole.

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Más allá de lo cinematográfico, es imposible no considerar el hecho de que el empresario Samuel Doria Medina figure como productor ejecutivo. Sin querer emitir juicios de valor negativos contra el realizador y los artistas, es evidente que existe una intención manifiesta por retratar uno de los rostros más decadentes y oscuros de la bolivianidad desde el entretenimiento.

Así como el porno miseria es un género atractivo para las miradas coloniales, es también una perspectiva utilitaria a ciertos intereses políticos locales. Es una forma de mirar, pensar y construir Bolivia. El cine nunca ha sido inocente.

Coda

Finalmente, si hay algo que en verdad he disfrutado, es ese homenaje implícito a uno de los más legendarios porteros de la “V azulada”: Carlos Laime. Aunque bajo el nombre de “Coco” Rivera, esta evocación a una de las noches más memorables de un héroe de infancia, como hincha de San José, es algo que debe agradecerse a los cuatro vientos. Ojalá Muralla llegue a Oruro y sea un éxito de taquilla.

Twitter: @mijail_kbx

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