Tarija, grafitis que sacan ronchas y las paredes como cuerpo político

Lengua Viperina

Desde el domingo, colectivas y militantes feministas en Tarija sufren acoso, hostigamiento y vulneraciones a su privacidad. ¿Qué sucedió? Unas paredes aparecieron con mensajes que levantan ronchas, porque hay realidades que se prefieren ocultar.

Compartimos unas reflexiones sobre lo que sucede en las calles tarijeñas y la potencia política de sus muros.

El domingo 19 de julio Tarija amaneció con mensajes visibles en sus rincones de silencio:

“Yo no me muero, me matan”
“No nos matan por callarnos, nos matan por rebelarnos”
“No somos hijas de dios, somos hijas de las mochas”
“La homosexualidad no es contagiosa, la libertad sí”
“Pollera larga, pollera corta, chola rebelde es lo que importa”
“El padre Coco no es la excepción, es la regla”
“Contra el poder no te empoderas, te rebelas”

El grafiti es la expresión poética de la desobediencia. Es el aerosol puesto al servicio de la denuncia contra la violencia que campea en las calles como si nada.

En Bolivia se registran más de 100 feminicidios cada año y esa solo es una de las cifras que expresan la brutalidad de la violencia. Sin mencionar los casos de violación, violencia doméstica, acoso laboral o ciberacoso.

Pero Tarija amanece con sus rincones de silencio pintados de mensajes de rebeldía y una ciudad colonial despierta en redes sociales. No importa, por ejemplo, que de cada cinco muros, dos tengan propaganda política.

Lo que molesta es el mensaje, no el grafiti

Si el grafiti dijera “Te amo, mi flaca”, no pasaría nada. Si el grafiti dijera “Fuera dinosaurios de la U”, no pasaría nada. Si el grafiti dijera “Masistas raza maldita”, no pasa nada. Total, expresa el statu quo vigente. Total, no polemiza nada. Total, solo es una pared con un mensaje de odio, un mensaje de dueñidad sobre el cuerpo.

Pero que los mensajes sacudan el avispero patriarcal, levanta roncha. La libertad y el atrevimiento levantan roncha.

Se trata a las supuestas autoras de vándalas, de destructoras del bien público, se polemiza diciendo que Tarija es una ciudad «tranquila y feliz», sin «radicalismos».

Pobres paredes, usadas para justificar la doble moral de una ciudad. Porque la indignación es selectiva e hipócrita. Defiende las paredes ajenas, porque de otra manera tendría que hablar y cuestionarse lo que sucede dentro de ellas.

Si las paredes hablaran, mencionarían las marchas y movilizaciones en busca de justicia, testificarían sobre las andanzas en el laberinto judicial, hablarían del miedo a caminar sola, del alivio de llegar a casa a salvo. Si las paredes hablaran, nos contarían los abusos que contemplan, cada día, en silencio.

¡Que las paredes hablen, entonces!

Cuidar la vida

Revisando el escándalo mediático —con una cobertura sensacionalista, fuera de contexto y sin criterio de los medios tradicionales—, pareciera que en Tarija lo material tiene más valor que la vida.

La vida es un bien común, que debe ser protegido. Las más de mil mujeres asesinadas en Bolivia desde 2013, por culpa de una estructura social sistemáticamente violenta, no gozaron de esa protección.

Ojalá la vecindad se movilizara con tanto ahínco cuando una mujer acude con miedo a denunciar que la están agrediendo o se formara una red de cuidado colectivo que la arrope, que la proteja.

Porque la ficción del Estado no funciona más allá de «la ley». Faltan recursos. Falta personal. Falta voluntad. Pero aparentemente nada de eso falta cuando se trata de una pared. Peor aún si se trata de una pared pública.

Las calles son un cuerpo político

Hace dos años que el movimiento feminista en Tarija toma las calles. Se apropia de ellas para transversalizar la indignación ante la impunidad, ante la necesidad de que la violencia sea visibilizada no como la excepción, sino como la estructura que se reproduce en el cotidiano.

Quienes se preguntan si pensamos que pintando las paredes se transforma algo, deben saber que es así.

Denunciamos sobre las paredes porque te duelen y si te duelen, tal vez algo se remueva en ti. Quizás algo se sacuda y por ahí hasta, agarrado de un tacho de pintura despatriarcalizadora, te animes a reconocer la lucha contra la violencia como una prioridad.

Escribimos en la pared porque la violencia escribe en nuestro cuerpo y es necesario que sepas lo que está sucediendo. Tal vez así dejes de considerar que las paredes de la ciudad son más sagradas que la vida.

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