Bad Bunny se presenta durante en el Staples Center de Los Ángeles. | Foto: Taylor Hill/Getty
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¿El rock se ha convertido en uno de los géneros más conservadores del pop? ¿El reguetón, y ahora el trap, lo han dejado maltrecho? Sí, boomer, la peor de tus pesadillas está a la vanguardia de la industria musical.

Giovanni Bello

¿Por qué lo que se puede llamar “progre”, a grandes rasgos, se ha convertido en un objeto de atención tan importante en la política y la cultura reciente? El rol simbólico de lo “progre” pesa no tanto por su consistencia política o ideológica, que no las tiene, sino porque de cara a la sociedad el “progre” simboliza al padre que exige la corrección de sus hijos.

Por eso, cuando alguien, especialmente un varón, cualquier varón, critica al reguetón y al trap latino por su misoginia y por su desmedido interés en el dinero y la ostentación, siempre hay algo que descompagina. Suena al padre que exige a sus hijos algo que ni siquiera él mismo es capaz de cumplir del todo, no necesariamente porque no quiere sino porque no puede.

De ahí la falsa altura moral que se le adjudica al “progre”. De ahí también lo interesante del reguetón y el trap latino, dos géneros que se han consolidado desde sus orígenes como géneros populares, géneros de «los pobres de dinero y de espíritu». Lo segundo, claro, visto a través de los ojos de los valores progresistas. Y, efectivamente, son géneros masivos y en su masividad participan de las contradicciones y bajezas que nos embargan a más o menos todos los varones en las sociedades patriarcales.

Las contradicciones de las masas, de los Bad Bunnies deconstruídos wannabe, sedientos de ostentación y dinero que en el fondo somos casi todos los ciudadanos del capitalismo.

Pero no se puede perder de vista que también hay algo artísticamente extraordinario que hace de estos géneros lo que son o han sido. Es decir, no por nada son tan exitosos. El aparato que ha producido a las estrellas y los hits del reguetón y ahora del trap latino ha llegado a un refinamiento comercial y artístico extraordinario. Son legítimas máquinas de dinero, cosa que no queda oculta en la imagen y la música de esos artistas.

De hecho, esa es una de las genialidades de esos géneros. Se desarrollan como expresiones que no ocultan lo que el padre, el “progre” crucificado en la cabecera de nuestras camas, siempre oculta: que quieren plata, que quieren varias mujeres totalmente objetualizadas encima; en el caso de las mujeres, desean ser deseadas y tratadas como objetos sexuales.

El trap latino en ese sentido es contundente. Al ver muchos videos de trap, especialmente cosas como las de Duki o Neo Pisteo, por poner dos ejemplos de artistas un poco más duros que el estándar, hay una sensación de que su vida se redujera básicamente a ganar dinero y disfrutar de todo el placer material que eso da: sexo, drogas, joyas, ropa lujosa, consumo ilimitado.

Hay cinismo en su actitud, saben que son “chicos malos”: “lo suyo es vender, lo nuestro es robar”. Y también hay una sensación de vaciamiento premeditado. Y es que justamente lo que ellos muestran es que detrás de la satisfacción de los deseos materiales no hay nada: “yo ya no tengo opción, muero rico o no vale”.

Muchos de estos chicos y chicas han llegado a un nivel de improvisación, de estilo, de capacidad técnica envidiables. No solo ellos, claro, sino todo el aparato detrás, productores, ingenieros de sonido, artistas visuales, diseñadores de imagen, agentes comerciales.

Cuando se escuchan sus canciones o se ven sus videos, algo que es evidente es que toda esa destreza no tiene otro fin que el de vender y producir más dinero. Y así, en un círculo vicioso, la necesidad de ganar plata los obliga a redoblar la apuesta artística. Pero, ¿no era esa la base sobre la que se funda la industria cultural capitalista (y el mismo capitalismo)? ¿No es el vicio uno de los motivos más caros del pop?

Cuando leo o escucho los comentarios de patente indignación respecto a géneros como el reguetón y el trap latino, de parte de rockeros y otro tipo de consumidores culturales similares, siempre llego a la conclusión de que el rock se ha convertido desde hace tiempo en uno de los géneros más conservadores del pop.

El rock, en sus inicios y en sus mejores momentos siempre fue la punta de lanza de la industria cultural capitalista. Aunque a menudo se haya puesto la camiseta anticapitalista, el rock siempre sirvió para mostrar los nuevos caminos por los que la industria cultural debía ir. De ahí su originalidad. Chicos y chicas de diecisiete, diecinueve años inventándose el futuro de la música. Nunca lo hicieron solos, siempre tuvieron un cazatalentos por detrás, un productor de oído educado que diera cause a sus instintos, un manager eficiente que supiera promover su producto.

En este momento, el trap latino no es nada más ni nada menos que eso.

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