Personas cargan el ataúd de un fallecido en el operativo de Senkata, en La Paz, Bolivia, el 21 de noviembre de 2019. | Foto Marco Antonio Bello / Reuters
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La masacre de Senkata es uno de los episodios más dolorosos que dejó la brutal represión militar y policial del mes pasado en el país. A un mes de este imperdonable hecho, te compartimos  una crónica de Chaski Clandestina, redactada desde la indignación y la rabia frente a la cruda experiencia que se vivió en ese momento.

Chaski Clandestina

La marcha partió desde Senkata, de mañana, y recorrió toda la avenida 6 de Marzo de El Alto. Al bajar, muchas vendedoras esconden sus productos, “nos van a saquear”, dicen, pero la marcha pasa tranquila convocando a lxs paceñxs a que se unan al pedido de justicia. Detrás de los ataúdes de las familias dolientes y lxs alteñxs, están los comunarios que llegaron desde Potosí.

“¡No somos masistas, tampoco terroristas, somos de El Alto, y El Alto se respeta!”

Era una de las consignas que repetían constantemente, entre los pedidos de renuncia de Añez y del ahora ministro de gobierno, Arturo Murillo, a quienes responsabilizaban por las ocho muertes a balazos que ocurrieron en Senkata.

A su paso por la Ceja de El Alto, el enorme cortejo fúnebre que iba rumbo al centro de la ciudad de La Paz, era aplaudida por vecinxs apostados en las aceras y junto a la representación del Distrito 4, bajamos por La Portada y luego al Cementerio, donde se hizo una pequeña ceremonia religiosa. No quise sacar ninguna foto, porque me uní como persona que también lamenta profundamente los ochos muertos. De camino al centro paceño, muchxs vecinxs ladereñxs ofrecieron agua y refrescos a lxs cansadxs marchistas, quienes se hidrataban con lo que se les ofrecía.

Bajamos hasta la calle Montes para entrar al centro paceño. La gente está enojada, por los muertos, por la indolencia de las autoridades. Una señora con trenzas y pollera cuenta de los saqueos en su zona — que no quieren eso, pero que tampoco quieren más represión. Apenas llegamos a la plaza San Francisco en La Paz, la gente se detiene y muchxs comienzan a correr:

– ¡Están gasificando la marcha más abajo!
– Tranquilxs, no corran, vayan recto, no doblen hacia allá, no corran…
– ¿Cómo no respetan a los dolientes? — grita otra mujer.

El olor a gas nos hace llorar, mientras la gente se dispersa aún más enojada.

Muy de mañana, mucho antes de que pasase la marcha por las laderas, un chófer me dijo en tono de burla: “Dicen que miles de alteños están bajando con sus féretros adelante”. Me pregunto cuál es la parte graciosa que puede dar pie a un tono de sorna ante la llegada de una marcha que está de luto. Pero es el ambiente general en La Paz: beligerante y con un aire pesado donde se respiran las grietas de nuestras divisiones y dolores.

Luego de la brutal represión policial, varios grupos de personas que participaron de la marcha vuelven por la zona del Cementerio. Los grupos de comunarios del Norte de Potosí tratan de subir, pero lxs vendedorxs y comerciantes del lugar les dicen que se vayan, les botan, porque les temen, porque piensan que pueden saquear tiendas y puestos; un estigma que muchxs cargan injustamente por ser de El Alto, o de alguna comunidad.

Recordemos que los días 10 y 11 de noviembre, ciertamente, grupos — que como secreto a voces entre los vecinos, fueron contratados por el MAS —, saquearon negocios, domicilios particulares y empresas en El Alto y La Paz, generando pánico en toda la población. “Pero nosotros no somos saqueadores”, trataban de explicar los dolientes que regresaban por la zona del Cementerio hacia El Alto, cargando dos ataúdes. Es gente dolida por lxs muertos, de inmediato, las vendedoras les gritan que no les creen. Y me preguntaba a qué punto hemos llegado, cuando tenemos que explicar el color de la piel ante otrxs, explicar nuestro origen. Lo mismo me pasó cuando cubría una vigilia en las afueras de la Plaza Murillo que pedía la anulación de las elecciones, antes de la renuncia de Morales. Allí, gente de esa vigilia me tildó de masista por mi vestimenta y mi color de piel.

Con lágrimas en los ojos por estas escenas de ataúdes, explicaciones y gritos, que se reproducen, sucediéndose unas a otras ya constantemente, me pregunto cómo recompondremos estas fracturas llenas de tanta violencia e indolencia. ¿Quiénes querrán recomponer?: sí, hay gente del MAS en las movilizaciones, y no, no son la mayoría. Sí, la gente de El Alto también está cansada y también ha salido a desbloquear los puntos de movilización en su ciudad, y justo ahora hay otra marcha que recorre las calles alteñas pidiendo paz. En este cúmulo de eventos, en este ambiente de violencias, unxs justifican la muerte de personas, incluso leo de gente cercana, al revisar las redes, que deberíamos “celebrar que solo sean ocho muertos” y no más, porque “los alteños irracionales” iban a hacer explotar toda la planta de Senkata, y hacer desaparecer medio El Alto y quizá también parte de La Paz. Muchos de lxs vecinxs en la marcha de hoy decían, por el contrario, que no son gente sin pensamiento, que no permitirían eso. Escucho, solo atino a escuchar, llorando a los muertos y repudiando con toda la fuerza que se puede juntar en el contexto político en el que se dieron estas muertes.

Lo cierto es que me pregunto de dónde sacaremos fuerza para reconstruir todo lo que en 14 años, el régimen anterior desmoronado ya, pudrió dentro de las organizaciones sociales, corroyéndolas como ácido, cómo rechazaremos de forma vehemente la violencia generada por estos grupos de choque y esta para-militarización que nos viene de muchos bandos, y también, cómo enfrentaremos la represión estatal que nos tocará a todxs: mientras nosotrxs cargamos a nuestrxs muertxs, otrxs, arriba, están negociando y haciendo fríos cálculos sobre la sangre derramada.

 

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