Fotograma de la película 'Tres Tristes Tigres' | Difusión
¡Comparte ahora!

Seguimos compartiendo reflexiones y críticas en torno a la obra de Valeria Sarmiento y Raúl Ruíz, para agarrarle más gusto a la extensa filmografía que aterrizó en Bolivia con la Retrospectiva «Yo soy chileno», gestionada por el Cineclubcito. ‘Tres Tristes Tigres’ (1968) se proyectará en Cochabamba el próximo jueves 5 de septiembre.

Héctor Oyarzún

La obra íntegra de Valeria Sarmiento y Raúl Ruiz es una especie de “cuerpo repartido”, como dice el subtítulo de la absurda comedia rodada por el segundo en Honduras. No solo por lo inabarcable que es la obra de Ruiz (capaz de desafiar a Fassbinder en su facultad de hacer más de una película por año), sino también por la heterogeneidad extrema de las películas de ambos. Habladas en múltiples idiomas (francés, español, inglés, alemán, mapudungún, holandés, chileno) y filmadas en múltiples territorios (Chile, Francia, Cuba, Honduras, Suecia, Costa Rica, Portugal, Holanda), la multiplicidad cultural de la obra de Sarmiento y Ruiz coincide con la condición de exiliados de ambos. Después del desarraigo, la noción de territorio y pertenencia se empieza a desvanecer.

Desde el archivo y las posibilidades de acceder a este se puede decir algo similar. Siendo la obra de Ruiz tan amplía, cada cierto tiempo aparecen noticias sobre películas de las que apenas teníamos noticia. Muchas de ellas se encuentran esparcidas entre distintos archivos nacionales de televisión, o simplemente perdidas para siempre. La cantidad de películas disponibles del cineasta sigue estando lejos de representar la totalidad de su extensa filmografía. 

En el caso de Sarmiento es todavía peor. Si bien El cuaderno negro (2018), su última película, tuvo una amplia distribución reciente, la mayoría de las películas de la directora son difíciles de localizar, a diferencia de los clásicos de Ruiz. Una película como Amelia Lopes O’Neill (1990) solo ha podido ser imaginada a través de los textos para quienes éramos demasiado pequeños (o no existíamos) en el momento de su estreno. Si bien la filmografía de Sarmiento es bastante más acotada, algunas de sus más grandes películas no han salido del territorio del “secreto académico”.  

Entonces, no es sorprendente saber que la primera obra de Sarmiento y el primer largometraje de Ruiz, Un sueño como de colores (Sarmiento, 1972) y El tango del viudo (Ruiz, 1967), sean películas todavía inaccesibles. Si la primera obra es capaz de prefigurar todo lo que viene después, como afirmaba Borges sobre Fervor de Buenos Aires (1923), existe un punto de partida perdido en Sarmiento y Ruiz. Por fortuna, el debut de Ruiz tendrá su estreno el próximo año ahora que Sarmiento la ha terminado. El debut de esta, en cambio, parece perdido irremediablemente.

Ser admirador de Sarmiento y Ruiz es también un trabajo de investigación. Para quienes solo podemos leer sobre las retrospectivas que la Cinemateca Francesa dedicó a Ruiz (75 películas en 2016, reproducida parcialmente en la Cineteca Nacional el mismo año) y Sarmiento (16 películas en 2018, reproducida parcialmente en la muestra organizada por la Universidad Alberto Hurtado y la PUCV), ver algunas de las películas de la pareja en alta calidad resulta imposible. Descontando las películas propiamente restauradas que se consiguen, gran parte de la obra de Sarmiento y Ruiz circula entre VHSrip, TVrip, copias con subtítulos en alemán incrustados, diálogos inaudibles y proporciones incorrectas.

Menciono todas estas complejidades para dejar en claro que la retrospectiva Ruiz-Sarmiento que el Cineclubcito está llevando a cabo en Bolivia no puede ser vista como menos que una hazaña. Con la colaboración de la propia Sarmiento e Ignacio Agüero, Cineclubcito y su equipo han preparado 4 tomos de películas de ambos cineastas que se exhibirán en 5 ciudades diferentes. Es el caso de una obra que ha tenido escasa o nula circulación en el país boliviano, por lo que se trata de una oportunidad inédita para introducirse en la obra de la pareja.

El primer tomo, titulado “Yo soy chileno”, se compone de 5 películas en donde Sarmiento y Ruiz analizan y filman (o más bien inventan, diría Raúl) Chile. Esta primera muestra trae tres películas de Ruiz, dos previas al golpe de estado y una de “regreso”, y dos películas del “regreso” de Sarmiento, la primera realizada apenas terminada la dictadura y la segunda hecha como comentario sobre el proceso de “transición” hacia la democracia.

Ruiz, una introducción al lenguaje

El comienzo de la retrospectiva de Cineclubcito coincide con ese “cuerpo repartido” ruiziano. Palomita blanca (1973, 1992) fue durante mucho tiempo una especie de mito en la obra de Ruiz. Con el estreno programado para el 18 de septiembre (día de Fiestas Patrias en Chile), la exhibición se vio interrumpida por la llegada del golpe de estado el día 11. No sería hasta casi 20 años después que la película vería luz. Posterior a su estreno, la película consolidaría su carácter icónico, pasando a ser una de las obras más famosas de Ruiz dentro de Chile. 

Palomita se distanciaba de los ejercicios literarios anteriores del director –que incluían adaptaciones Kafka y a Pavese–, siendo en esta ocasión una adaptación de un best seller del escritor Enrique Lafourcade. La anécdota es famosa. Ruiz tenía poco interés por el libro de Lafourcade, pero veía potencial en apoderarse de las situaciones y personajes contenidos en la obra. El romance del libro entre un hippie adinerado y una inocente chica de población representaba un cliché literario evidente, pero le abría el camino a Ruiz para continuar su exploración del lenguaje. A diferencia de la emulación del lenguaje adolescente que se hacía en el libro, Ruiz podía poner directamente a una joven pobladora a hablar en cámara. En una entrevista a la revista Ercilla, Ruiz decía que: “Por paradoja, un exceso de fidelidad sería la mayor infidelidad que podría hacerse al texto de Lafourcade.”

Para Ruiz el cine funcionaba como un aparato de reconocimiento del movimiento y del habla, especialmente durante el breve experimento bautizado como “la vía chilena al socialismo”. Registrar antes que mistificar (como declararía en una famosa entrevista a Primer Plano), describir antes que representar. El melodrama de lucha de clases de la novela de Lafourcade la daba la excusa perfecta para explorar este tipo de dicotomías a través del habla. No solo la jerga de la izquierda contra la de la derecha, también la de jóvenes y viejos, de empleados y empleadores. Todo aquello filtrado por la influencia de la televisión, elemento omnipresente que estaba ausente en la novela de Lafourcade. La ingenuidad de Palomita se encuentra modulada por el aparato y sus romances. 

De todos modos, la indagación en torno al habla ya se había iniciado en Tres tristes tigres (1968). En esta ocasión, se trata de una obra que sí pudo ser estrenada en su momento. Sin embargo, nuevamente la película fue extraviada después del golpe, apareciendo recién una copia guardada en Uruguay en 1993. 

El debut oficial de Ruiz (si no contamos el cortometraje La maleta y la todavía no estrenada El tango del viudo) se basaba esta vez en una obra del dramaturgo y actor Alejandro Sieveking. El hecho de que se trate de una obra de teatro podría explicar la abundancia de diálogo en la película, pero en realidad es una muestra de los intereses tempranos que tenía Ruiz por la puesta en escena. En Tres triste tigres una acción puede comenzar o detenerse, mientras otra interrumpe por otro lado del cuadro. Más que probar el efecto de un grado de improvisación extremo, Ruiz utilizaba marcos que delimitaban la libertad de los actores, permitiéndoles jugar dentro de unos límites impuestos. Por esta razón, los Tigres es una de las películas más aparentemente caóticas del autor, pero también una de las más coreografiadas. 

Tanto Palomita blanca como Tres tristes tigres se exhibirán en sus recientes versiones restauradas. Las diferencias entre las versiones anteriores y las actuales son difíciles de sobredimensionar. Las capas de sonido solapadas en Palomita, que antes podían confundirse con un sonido entrometido o sucio, o los bellos contrastes de Tres tristes tigres aparecen frente a nosotros por primera vez como debían. 

Podríamos decir que la tercera película (y cuarta a exhibir), Días de campo (2004), presenta una exploración diferente de la chilenidad. Al ser una película que tiene de base el encuentro entre dos muertos, da para pensar que en su regreso Ruiz había trasladado la obsesión por los fantasmas que desarrolló en su obra francesa al territorio chileno. Pero, si seguimos la tesis de Sergio Navarro en el reciente La naturaleza ama ocultarse (2019), el interés por la exploración de lo chileno en Ruiz siempre estuvo contenido por la lírica campesina. Tanto en Las soledades (1992), como en Cofralandes (2002) y La recta provincia (2007), Ruiz observa en los cantos por travesura y los juegos de palabras campesinos una forma chilena de entender el mundo, algo torcida y juguetona. 

Sigue a Héctor en Twitter

¡Comparte ahora!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *