La escritora e intelectual boliviana Adela Zamudio. | Dominio Público
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Twitter Bolivia, de tanto en tanto, se convierte en un espacio en el que la cultura y el arte toman un rol protagónico. Es el caso del proyecto #CulturaEsLibertad, que desde hace un año comparte biografías en 240 caracteres que configuran una microconstelación histórica de pensadorxs y artistas bolivianes.

Natalia RB

Hace un año emprendí un proyecto, sin saberlo como tal, que respondía a mi necesidad de consumir información sobre los y las artistas bolivianes. Así, comencé a construir reseñas con base en fechas conmemorativas de ellos y ellas, para publicarlas en Twitter. Inicialmente, lo hice sin mayor formato que el límite de caracteres que esta red social permite para cada publicación.

El objetivo fue difundir, de manera compacta y versátil, la obra de artistas nacionales consagrados, nóveles, extintos, periféricos, zurdos o no, de forma que la audiencia tuitera pudiera conocer más al respecto.

Como principales hallazgos de esta travesía autodidacta, tengo: la brecha de género y el dolor o indignación como fuente creativa.

En cuanto al primero, en general, existe poca información sistematizada sobre las artistas nacionales provenientes de biógrafos o críticos de arte, tales como Querejazu, Gisbert o Blanco Mamani, quienes son indudablemente la principal fuente de referencia. Es difícil acceder, por ejemplo, a fechas exactas de nacimiento o deceso de las artistas, aún más hallar biblio y biografías de mujeres artistas bolivianas. Lo cual me interpela sobre si han sido obviadas de escritos e investigaciones o bien si, verdaderamente, existe un porcentaje significativamente menor que el de hombres.

Respecto al segundo hallazgo, al estudiar las biografías de cada artista homenajeado, procedentes de tan distintos orígenes y disciplinas, con la mano en el pecho, afirmo que me sorprendió comprender que para la gran mayoría de ellos fue el dolor, la indignación o la injusticia lo que les permitió crear. Muchos de ellos, en algún momento de su vida, fueron exiliados, censurados, acallados. Como Pedro Shimose u Oscar Cerruto. Ellas, por su parte, anonimadas o no publicadas, como Adela Zamudio. Muchos y muchas serían, hoy, considerados sediciosos, como Miguel Alandia Pantoja.

Dada la brevedad del formato en Twitter, la prioridad no radicó en una exposición técnica de cada artista, sino en la demarcación de hitos biográficos, detalles puntuales de la obra y disposición de una muestra representativa en fotos u otro recurso multimedia, que suelo retomar de notas de prensa, catálogos u otras fuentes impresas y digitales.

A lo largo de los casi 60 homenajes realizados este año sobre pintores, escultores, poetas, intelectuales, historiadores, músicos, cineastas, constato la premisa popperiana de que mientras más aprendemos, a la vez, más ignoramos.

Pronto, esta travesía se consolidó como proyecto de homenajes y fui recompilando mayor información biográfica, tomando como línea de publicación sus fechas de nacimiento o de fallecimiento. Igualmente, agregué los hashtags #ArteBolivia –de manera que los homenajes pudieran ser rápidamente hallados– y #CulturaEsLibertad, en honor a la célebre frase del apóstol cubano José Martí: ser cultos para ser libres.

En este sentido, retomo una noción amplia de cultura, como tejido de las distintas expresiones artísticas de la sociedad. Entiendo que dichas manifestaciones permiten a las personas drenar hechos sociales e íntimos, tanto al momento de producirlas como al interpretarlas. El arte es, así, catártico.

Asimismo, reconozco que, como novata en Twitter, desconocía su alcance, sus mañas, sus círculos algorítmicos. Así, descubrí que este aprendizaje sería díptico: arte y redes. Podrá parecer limitado, sin embargo, convencida estoy de que es un formato informativo que permite su consumo a las velocidades y expectativas de la actualidad, demostrando que no podemos entender, hoy, comunicación sin redes sociales.

Finalmente, la sensibilidad del artista a la realidad social es motor de la denuncia. Cada artista, casi mago, convierte esa oscuridad en algo estético, divino, digno de admiración. Más allá de contemplar, en el arte admiramos aquello que nuestros sentidos se niegan a ver diariamente. Ese es el poder del arte y, por ello, estoy convencida de que su difusión no es mero consumo de esparcimiento o evasión a la vida cotidiana; no puede serlo. Aún menos en tiempos revueltos como el presente, donde es imperativo un arte –no solo estético, si no social– que nos interpele y nos provoque ser críticos. Es más, veo que existe una naturaleza política en el arte, cuyo producto prevalece tras generaciones, es capaz de narrar la identidad de nuestro país y, por qué no, de transformar la realidad.

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