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“Un libro para que las niñas lean en privado”. En 1868 se publicó por primera vez en inglés Mujercitas, de Louisa May Alcott, que se convirtió en un fenómeno cultural imparable. Tomado de El legado de Mujercitas, construcción de un clásico en disputa, un extracto del análisis de la profesora Anne Boyd Rioux.

Anne Boyd Rioux

Una razón por la que tantos lectores varones se han sentido incómodos con Mujercitas (y quizá la razón más importante para que la lean) es que invierte la mirada entre personajes femeninos y masculinos como pocos textos literarios han logrado hacerlo. Según Carolyn Heilbrun: “quizá sea el único mundo de ficción en el que un grupo de muchachas son contempladas con envidia por un joven solitario”. Por primera vez, las chicas están en el centro y los varones, en la periferia. Las hermanas March conversan sobre muchos temas que no tienen nada que ver con los varones, así que Mujercitas pasa de manera airosa el test de Bechdel. Un hombre dijo que leyó Mujercitas cuando era joven, precisamente para ver desde adentro cómo pensaba y actuaba el sexo opuesto, y cree firmemente que todos los varones deberían leerlo.

Cuando Laurie le dice a Jo que él, básicamente, es un voyeur que espía por las ventanas de las March (“es como mirar una pintura, en la que se ve el fuego y a todas ustedes alrededor de la mesa junto a su madre”), se supone que deberíamos sentir pena por él. “No tengo madre, ¿sabes?”, dice de manera bastante patética y Jo, en ese instante, decide hacerlo miembro honorario de la familia. Pero para los lectores masculinos, la posición de Laurie, tan cercana con respecto a sus vecinas, puede resultar inquietante. El académico Jan Susina cree que los varones sienten que quedan fuera del texto porque los personajes masculinos (incluidos Laurie, John Brooke, el señor March y el señor Laurence) habitan el lugar que los personajes femeninos han ocupado siempre en la literatura masculina: en la periferia mirando hacia adentro. Sostiene que “Alcott sitúa al lector masculino en el rol de Laurie, el forastero con suerte, a quien se le permite observar en silencio las acciones de las mujeres”. Básicamente, Susina cree que “Alcott infantiliza a los personajes masculinos”. En mi opinión, lo que quiere decir es que la autora los castra, al menos, de acuerdo a las nociones convencionales de masculinidad. Susina parece haber sentido lo mismo cuando cursó Literatura Infantil en la universidad y leyeron Mujercitas: “el equilibrio de poder cambió” porque todas las estudiantes mujeres conocían el libro, pero ninguno de los hombres lo había leído. Dice: “Las mujeres de la clase se convirtieron en la voz de la autoridad. Los estudiantes masculinos fueron efectivamente silenciados”. Susina se da cuenta de que la experiencia fue valiosa para él, como futuro profesor de Literatura Infantil que tendría una mayoría de estudiantes mujeres en las clases. Sin embargo, no puedo evitar pensar que también fue una lección útil para todos los estudiantes varones de la clase sentirse forasteros por primera vez. La mayoría de las estudiantes mujeres se han sentido así en las clases de Literatura, al leer libros, en su mayoría, sobre hombres y con escasas oportunidades para hablar con “autoridad” sobre lo que motiva a los protagonistas masculinos.

Sin embargo, no todos los lectores varones sienten que Mujercitas los excluye, como cree Susina. Para el director de biblioteca Philip Charles Crawford, Mujercitas fue fundamental en su infancia; fue el primer libro en el que se vio reflejado. A diferencia de Susina, Crawford sí se identificó con Laurie porque él tampoco disfrutaba de los deportes y prefería jugar con niñas. Jo y Laurie fueron una “revelación” para él. “Eran todo lo que la sociedad me decía que yo no debía ser. No eran convencionales en cuanto a los roles de género, una marimacho y un debilucho que eran capaces de expresar sus identidades de género de manera no tradicional y salirse con la suya”. Alcott representa en los personajes de Jo y Laurie el género como algo fluido, algo que es necesario aprender pero que puede modificarse e incluso rechazarse hasta cierto punto. Jo no tiene ningún problema en ocultar su deseo de ser varón; a Laurie lo burlaban en la escuela (los varones lo llamaban Dora) y Jo no solo lo bautiza Laurie o Teddy, de manera afectuosa, sino que además está decidida a convertirlo en una de sus hermanas. Durante el transcurso de la novela, vemos la lucha de Laurie por ajustarse a las expectativas convencionales pautadas para un joven: él anhela ser músico mientras que su abuelo quiere que se haga cargo del negocio familiar. Mujercitas es el texto perfecto para estudiar con los alumnos de qué modo se construye el género y cómo, muchas veces, es impuesto desde afuera y no desde adentro (algo que ellos ya saben de manera innata, pero que rápidamente se les enseña a pasar por alto). Crawford también ve una aceptación similar de masculinidades y feminidades alternativas en libros como El jardín secreto y Las hermanas Penderwick; sin embargo, lamenta que ninguno de ellos ayude a niños y niñas a enfrentar las burlas y la intimidación a la que, inevitablemente, lleva el inconformismo de género.

Por desgracia, esa intimidación también puede aparecer cuando los varones leen Mujercitas, y no solo proviene de sus pares. El escritor Luis Negrón relató la dolorosa experiencia de haber sido descubierto leyendo el libro cuando era niño. Fue el primer libro que sacó en préstamo de la biblioteca y, como muchos otros lectores antes que él, pasó horas leyéndolo, completamente atrapado por la historia. Cuando su padre regresó a la casa de manera inesperada, Negrón le mostró con orgullo el libro, pero su padre enfureció. “¿Estás criando a un marica?”, le gritó a la madre de Luis. Después de una acalorada discusión, el padre volvió a marcharse, dejando a la madre para que desquitara su cólera contra el hijo. Ella le gritó: “¡Marica! ¡Mujercita!”, le arrancó el libro y lo hizo pedazos. Otro hombre gay que declaró, de manera abierta, su amor por Mujercitas, por suerte sin castigo, fue Leo Lerman, hijo de judíos inmigrantes y editor de Condé Nast. En 1973, escribió acerca de su profundo afecto hacia el libro en la revista Mademoiselle, con el título “Little Women: Who’s in Love with Louisa May Alcott? I Am” (‘Mujercitas: ¿Quién está enamorado de Louisa May Alcott? Yo lo estoy’). De acuerdo con un crítico cinematográfico, Mujercitas fue “ampliamente popular” entre los hombres y muchachos gay, en especial, después de que Katharine Hepburn interpretara a Jo en la película de 1933.

Quizá debido a eso, otros hombres que admitieron haber leído Mujercitas lo consideraban un libro tan prohibido que podían comparar su lectura a espiar material sexual ilícito. El escritor Tracy Kidder tenía catorce años cuando se enamoró de Mujercitas y quedó “absolutamente cautivado”, pero tenía temor de que alguien se enterara, así que “lo mantenía en secreto como si fuera una revista pornográfica”. El editor y crítico Charles McGrath también trató de ocultar el libro cuando lo leyó en cuarto grado. Había quedado “deslumbrado” con Hombrecitos, por eso decidió leer el libro anterior, pero “como el título daba a entender que era un libro para niñas, forré mi copia con papel marrón, sin darme cuenta de que el hecho de cubrirlo hacía que pareciera aún más vergonzoso. La gente podría haber pensado que llevaba ‘Látigos de lujuria’ o ‘Escuela de sadomasoquismo’”. Como adultos, al menos, los hombres quizá puedan permitirse actuar con más libertad. El escritor irlandés Sean O’Faolain pensaba que si lo atrapaban en su estudio leyendo Mujercitas “podía mostrarlo, a lo sumo, ensayando una sonrisa autocrítica o encogiéndome de hombros, como diciendo: ‘A mi edad…’ y escapar sin ninguna vergüenza”.

Hay también niños y hombres que se sintieron mucho menos incómodos por su interés en Mujercitas. Por ejemplo, dos ediciones anotadas de Mujercitas que circulan en la actualidad fueron editadas por hombres, John Matteson y Daniel Shealy, dos de los más importantes expertos en Alcott. Al igual que Susina, ambos leyeron el libro por primera vez cuando eran adultos, pero algunos hombres declaran haberlo leído cuando eran niños, por ejemplo, el crítico cinematográfico Roger Ebert, el actor Gabriel Byrne (su madre se lo leía) y el exjuez de la Corte Suprema, John Paul Stevens. George Orwell recordaba cuánto habían sido influenciadas sus primeras impresiones sobre los Estados Unidos por las lecturas de su infancia, que incluían dos libros que adoraba: Mujercitas y Buenas esposas. El crítico australiano Peter Craven recuerda de manera vívida cómo, a los ocho o nueve años, “mi mejor amigo se me acercó en la escuela primaria y me contó que había leído un libro muy bueno”, Hombrecitos, a lo que Craven contestó rotundamente: “Es un libro para niñas”. Su amigo no estaba de acuerdo y, a pesar de que aún tenía dudas, lo leyeron “con gran regocijo” y después continuaron devorando “a gran velocidad, todo el corpus de obras clásicas de Louisa May Alcott”, incluido Mujercitas. Aún cree que “si alguna vez en la historia universal hubo un libro para niñas, ese es Mujercitas y sus secuelas”, pero no tiene miedo de admitir que disfrutó leyéndolo. De manera similar, el presentador de la BBC Melvyn Bragg leyó primero Los muchachos de Jo y después tuvo el valor de leer Mujercitas. Más tarde descubrió que muchos hombres admitieron haberlo leído, “a pesar de que la mayoría lo decía mascullando que sus hermanas o primas lo habían dejado abandonado por ahí… o que la maestra los había ‘obligado’ a leerlo en la escuela”. El operador político James Carville, también conocido como Ragin’ Cajun, leyó Mujercitas en la escuela pero no modera en absoluto su experiencia. Considera al libro uno de sus favoritos de la infancia. Cuando lo leyeron en voz alta en su clase de cuarto grado, se emocionó hasta las lágrimas.

Otros hombres que han leído Mujercitas en algún momento de sus vidas son el novelista Michael Dorris, que citó el consejo del profesor Bhaer a Jo (“escribe sobre lo que conoces”) cuando describió su propia práctica literaria; Stephen King, que se refirió a él en su reseña de A Long Fatal Love Chase para The New York Times, con citas y descripción de escenas; y Julian Fellowes, quien, cuando lo acusaron de haber tomado prestada una escena del libro para Downton Abbey, admitió haberlo leído unos años antes. El escritor de best sellers John Green va más allá que ninguno y cuenta a Mujercitas entre sus influencias literarias y dice que “no entiende por qué se supone que los varones no deben leerlo”.

En el imaginario popular, la idea de un varón leyendo Mujercitas es cómica, como lo demuestran las referencias humorísticas que se han hecho en la televisión acerca de la novela. En Porridge, una comedia de la BBC muy popular de los años setenta ambientada en una prisión, Fletcher vende a otro preso una copia de Mujercitas, convenciéndolo de que es un “clásico erótico” sobre “mujeres pigmeas hambrientas de sexo” en el sur de Malasia. En un episodio de Friends de 1997, Joey lo lee por una apuesta. Después de que Rachel abre el congelador y descubre El resplandor, el libro favorito de Joey –que esconde ahí cuando se asusta–, ella le dice que lo leerá si él también lee su libro favorito, Mujercitas. El episodio termina mostrando a Rachel guardando Mujercitas en el congelador porque Joey se asusta cuando se entera de que Beth va a morir. En un episodio de Los Simpson de 2011, Bart Simpson también lee Mujercitas cuando le piden que le lea a Lisa un cuento antes de dormir. Cuando se traba con las palabras, Lisa le enseña a leer. Después, mientras está absorto en el libro, lo enfrentan unos matones en la escuela. Uno de ellos pregunta a Bart de manera maliciosa: “¿No te diste cuenta de que ‘mujercitas’ es otra forma de decir ‘niñas’?”. Lo obligan a leerlo en voz alta y, al final, quedan atrapados con la historia. Finalmente, en un episodio de Girls de 2013, Ray, un personaje conocido por su falta de ambición (masculina), trata de que Hannah le devuelva su ejemplar de Mujercitas. Su madrina se lo había regalado y había escrito en la parte de atrás del libro un consejo que él necesita con urgencia. Irónicamente, Hannah había dejado el libro en el apartamento de su novio hipermasculino.

Bromas aparte, si coincidimos con que es importante para los varones que, al menos, de vez en cuando, lean libros sobre niñas, en particular esos donde las niñas aparecen como individuos y no como extensiones de la vida de los varones, entonces Mujercitas es el texto ideal. Jane Roland Martin, en su libro The Schoolhome: Rethinking Schools for Changing Families (‘Escuela y hogar: cómo repensar la escuela para familias en proceso de cambio’), recomienda que los varones lean Mujercitas, con la siguiente argumentación:

dado que la habilidad para comprender el punto de vista del otro es un elemento básico de la moralidad, es inadmisible (y diría que absolutamente inmoral) privarlos de la oportunidad de identificarse con la otra mitad de la humanidad. […] ¿Cómo es posible que los varones respeten a las niñas si nunca se los alienta a ver el mundo como lo ven las niñas?

Quizá los varones incluso reconozcan que, después de todo, no son tan diferentes de las hermanas March. Así se sintió Mark Adamo cuando leyó Mujercitas y se identificó con los sentimientos de Jo cuando Meg se casa. Adamo también sintió que perdía a su hermana, con quien tenía una relación muy cercana, cuando ella se comprometió. Al final, entendió que el libro hablaba sobre la búsqueda del equilibrio entre el temor a ser vulnerables y la necesidad de amor. “Tiene mucho que ver con las emociones adultas”, dijo en los comentarios del compositor que acompañan su ópera. Su capacidad de ver a Jo no como a una “niña”, sino como a una persona como él, le permitió escribir una ópera sobre ella, que la crítica recibió con grandes elogios.

Si mantenemos a Mujercitas en privado, casi como un rito de iniciación para que las niñas guarden la obra en secreto junto con sus libros sobre la pubertad y los cambios corporales, ¿no estamos diciendo que trata exclusivamente sobre la identidad femenina y que, por ende, no habla sobre la identidad de los “estadounidenses”? Quizá por eso rara vez se la menciona como candidata para la gran novela estadounidense y nunca formó parte del programa de lectura Big Read del National Endowment for the Arts, que ha patrocinado 1.225 programas de un mes en ciudades de todo el país. (Tom Sawyer, por supuesto, sí se leyó en el marco de este programa). Más aun, ¿no estamos diciendo también que la experiencia femenina debería permanecer en privado? ¿Que no tiene lugar en el discurso público, es decir, que los hombres no deberían saber nada al respecto? Cuando relegamos Mujercitas a la lectura hogareña y solo para niñas, perdemos la oportunidad de involucrarnos en los debates más amplios que plantea el libro acerca del género y de lo que significa crecer. Mujercitas es uno de los textos más valiosos que tenemos para ayudar a los lectores, jóvenes o viejos, hombres o mujeres, a pensar los problemas complejos de la formación de la identidad y la maduración, y el lugar que ocupa el género en el desarrollo de estas. Entonces, ¿por qué razón les decimos a los varones que no es un libro para ellos?

Vía Eterna Cadencia

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