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La poesía boliviana que rehuye de los circuitos tradicionales siempre suele encontrarse un lugar para destellar y resquebrajar códigos, formas y discursos. El 2018 ha sido un año positivo para los poetas bolivianos jóvenes. Te presentamos tres títulos infaltables en tu colección más wasa.

Giovanni Bello

Me parece que estos últimos dos o tres años la producción de poesía nacional ha pasado por un buen momento. Como siempre, lo difícil para el público externo es encontrarla. Hubo abundancia de ediciones de pequeño tiraje, pero a falta de un solo título, voy a reseñar muy brevemente tres que son de relativa fácil obtención y que además son una buena muestra del fenómeno.

Ferro de Roberto Oropeza ganó el Premio de Poesía Joven de la Cámara del Libro de La Paz hace dos años. Oropeza tiene en su haber varias publicaciones, pero me parece que Ferro es, hasta el momento, lo mejor que ha escrito. Me recuerda mucho al Fabián Casas de los míticos Tuca y El Salmón. Mucho silencio, muchas imágenes construidas con precisión y solvencia, mucha nostalgia. También están la figura del padre o la madre desaparecidos. Justamente este año pude leer recién la poesía completa de Casas, y no creo equivocarme al aseverar que ese tono slacker a la sudamericana es nomás el antecedente más claro de la lacrimosa poesía adolescente de internet que tanto abominan los críticos ahora. Claro, a eso hay que sumarle, en el caso de Casas, el budismo zen de Boedo, y en el de Oropeza, el peso trágico de la historia nacional, encarnado en la evocación de los trenes que nunca parten o que nunca llegan.

Los años dorados es el segundo libro de poemas de José Villanueva. Como ya escribí en otro lado, a diferencia de los poemas de Toma de nombre, su primer libro, estos se sienten mucho más entrecortados, y, si cabe, mucho más violentos. El slacker noventero da paso al punky neocostumbrista de la Bolivia millenial. Las contradicciones éticas, estéticas, pero fundamentalmente políticas parecen ser la preocupación y el goce de este libro, que fue publicado de forma independiente por el autor en la editorial Gran Elefante este año.

Finalmente, Masochístics, de Cesar Antezana, y el Premio Nacional de Poesía que recibió hace poco, son la confirmación de que en el margen de los tradicionales circuitos clase-medieros literarios del país se está conformando un espacio creativo que amenaza con repolitizar el acto de la escritura. Personalmente celebro ese hecho, y, aunque la intención erótica de estos poemas no me interpela tanto, no dejo de apreciar la alta intensidad poética de algunos de sus momentos.

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