Uso de barbijos también salva vidas y previene contagios por COVID-19

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¿Sabías que si nueve de cada diez bolivianxs usáramos barbijos podrían evitarse miles de infecciones y muertes por COVID-19? Imaginate si guardamos distancia y evitamos aglomeraciones innecesarias. Las vacunas escasean en todo el mundo y van a tardar en aplicarse. ¡No descuidemos la prevención!

Vayamos por partes.

Primero: no hay vacunas suficientes para países como Bolivia. Toda Latinoamérica recibe muchas menos dosis de las que necesita. Las naciones más ricas acaparan las dosis y amenazan con prolongar la pandemia más de lo que se podría imaginar.

Segundo: como han dicho lxs expertxs desde 2020, las vacunas no son una solución fácil ni rápida a la pandemia.

Las vacunas pueden darnos un grado de esperanza, pero debemos ser pacientes y, sobre todo, no descuidar las medidas de cuidado colectivo más respaldadas por la ciencia: ventilar los ambientes cerrados, mantener la distancia social, usar barbijos de manera constante y, dentro lo posible, evitar aglomeraciones.

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En nuestro contexto, es mejor tomarle la palabra al subdirector de la OPS, Jarbas Barbosa, quien dice que la “respuesta inmediata siguen siendo las medidas de salud pública” (todas las que mencionamos antes, además de lavarse las manos con jabón de manera constante).

Ojo al dato: según una proyección del Institute for Health Metrics and Evaluation si el 95% de la población en Bolivia utiliza barbijos de manera rigurosa, hasta finales de mayo podrían evitarse alrededor de 10 mil nuevas inefcciones y hasta el 31 de julio se salvarían unas tres mil vidas.

Si aún tienes dudas sobre la efectividad de los barbijos en la prevención de la COVID-19, revisá este material interactivo (¡impresionante!) del New York Times: «Las mascarillas funcionan. En serio. Te mostraremos cómo».

Cansaditas

Pero no vamos a negarlo. Estamos cansadas. Claro que sí. Llevamos un año de encierros, precauciones, prohibiciones y lo más bajo de la politiquería. Agota, obvio. Pero quienes están realmente cansados son lxs ancianxs que, luego de hacer largas filas, día a día, retornan a sus casas sin poder vacunarse y con el riesgo de un contagio entre tanto trajín.

Como es habitual, nadie se responsabiliza y el culpable siempre es el contrincante político. Sin una estrategia clara para implementar un plan de vacunación masiva, sin la disposición política ni las herramientas logísticas, sin transparencia respecto a la asignación de dosis, sin información clara y oportuna para la ciudadanía, la vacunación contra la COVID-19 en Bolivia es un hoyo de incertidumbre.


Una incertidumbre que también se alimenta de reacciones tardías ante crisis como las que se viven en las zonas fronterizas con Brasil y que podrían rápidamente comprometer el sistema sanitario de todo el país.

Hace solo una semana, la OPS informó que “en ningún lugar (del mundo) las infecciones son tan preocupantes como en Sudamérica”. En ese mismo comunicado puso la alerta sobre Bolivia.

Las autoridades bolivianas, como el ministro Jeyson Auza, dicen que todo bien, todo nice. Llevan casi un mes sin poder confirmar si la variante P.1 está en Bolivia y cuál es su alcance. Y así siguen reaccionando a la pandemia de manera improvisada.

La directora de la OPS, Carissa Etienne advirtió que “en esta pandemia, el sentido de autosuficiencia y (pensar) que todo está bien lleva a más casos (…) actúen ante el primer signo o señal de que los casos están en aumento, no esperen a estar abrumados”.

El mal show de las vacunas

En nuestro país, como en casi todo el resto del mundo, la vacunación vino, además, en un pack en el que se combinaron escándalos de corrupción, desigualdad en el acceso, instrumentalización política y una pésima gestión logística.

La llegada de los primeros lotes de vacunas fue transmitida como si se tratara de un espectáculo: convirtieron una responsabilidad con la salud pública en un show. Durante la primera fase de la vacunación, Luis Arce se paseó por el país repartiendo “dosis de esperanza” que ahora escasean.

En esa lógica, los aparatos comunicacionales del MAS y sus opositores inoculan la idea nociva de que las vacunas son una solución milagrosa a la pandemia. Este uso político de la inmunización podría provocar una idea equivocada de seguridad y estimular que las medidas de bioseguridad se relajen entre la población.

Algo parecido a lo que sucedió en Chile, donde el Gobierno de Sebastián Piñera, en un ambiente preelectoral, instaló una narrativa exitista sobre la vacunación. Sin embargo, la exitosa campaña de vacunación se dio de cara contra una explosión epidemiológica provocada por una disminución de la prevención alentada desde el Estado.

Con ese falso triunfalismo, con un mensaje poco claro hacia la gente, Chile volvió a un confinamiento para el 97% de lxs chilenxs, pese a que el 23% de su población ya se encuentra vacunada. Bolivia aún no supera el 2% de personas completamente inmunizadas. Hagan las cuentas.

Los medios y la «agenda» antivacunas

Los grandes medios de comunicación no lo hacen mejor. Brindan información imprecisa, confunden términos, generan una sensación de paranoia y desconfianza frente a las escasas vacunas que llegan al país.

Este tampoco es un problema exclusivo de Bolivia, pero sí parece ser un problema difícil de resolver.

Pero los centros de investigación hacen esfuerzos por combatir la desinformación que se genera desde los massmedia.

Frente a la ola de cuestionamientos a la vacuna Astrazeneca, la Universidad de Cambridge publicó una comparativa de los riesgos frente a los beneficios en tres escenarios de contagio. En personas mayores a 30 años el riesgo de internarse en una UTI por COVID-19 se reduce considerablemente.

También se difunde información que deja muy claro que hay más posibilidades de morir por COVID-19 que por una trombosis provocada por la Astrazeneca, o que los anticonceptivos tienen hasta 100 veces más probabilidades de provocar un trombo frente a la vacuna y que hay una lista de al menos 300 fármacos vinculados con condiciones similares.

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