Las caídas de agua y las nacientes se encuentran en lugares recónditos. Alimentan a ríos más caudalosos. Foto: SBDA
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Los habitantes de un pueblo en Bolivia luchan por conservar una de las áreas protegidas con mayor riqueza natural y cultural del mundo. Hasta ahora han hecho frente a la minería, la deforestación y los asentamientos humanos ilegales. Pero no han podido contra el fuego.

Rocío Lloret Céspedes/La Región

No quedó nadie.

En la plaza del pueblo, donde grandes y chicos alistaban el homenaje a la patria, ni siquiera quedó el cura.

Los niños empezaron a correr. Los adultos los siguieron. Algunos subieron a sus vehículos. Los que aún estaban en casa salieron en cuanto oyeron el repique de campanas.

De pronto, aquel pueblo apacible –rodeado de bosque tupido- quedó vacío.

Las caídas de agua y las nacientes se encuentran en lugares recónditos. Alimentan a ríos más caudalosos. Foto: SBDA

—Ese día estábamos desfilando cuando escuchamos decir: ‘están pasando camiones con gente para avasallar el Valle de Tucabaca’. Mary Pacheco tomó el micrófono: “Gente de Santiago, se están entrando al Valle de Tucabaca, ya saben lo que tenemos que hacer. Vamos a la tranca’. Yo le dije al padre Eusebio: ‘padre, por favor, abra la torre, vamos a tocar las campanas’. Nosotros dijimos, que no vayan los chicos, pero se fueron corriendo. Llegaron y se agarraron de las manos, así evitaron que pasen los camiones.

Muchos años después, Delicia Justiniano –maestra de escuela- recuerda aquel 6 de agosto de 2011 en Santiago de Chiquitos, como una fecha memorable. Una de tantas para proteger el agua dulce de la Reserva Municipal de Vida Silvestre Tucabaca. Su casa.

Desde entonces y mucho antes, la gente de Roboré –Santa Cruz, al este de Bolivia- libró batallas contra la minería, la deforestación, los asentamientos humanos ilegales y otras amenazas en esta área protegida.

Este año, como consecuencia de esos y otros factores, el fuego arrasó con 4,2 millones de hectáreas –dos veces la superficie de El Salvador- en el departamento. Casi de inmediato, tras las elecciones presidenciales del 20 de octubre, sobrevino una revuelta popular, que derivó en la renuncia del presidente Evo Morales. Hay quienes opinan que esta fue una de las causas. “Los incendios le pasaron factura”, se oye decir en el pueblo.

Delicia Justiniano, quien estuvo en la lucha de 2011 contra asentamientos ilegales, durante la caravana de este año.

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Santiago de Chiquitos es la única comunidad que está dentro del área protegida. Situada a 12 kilómetros de Roboré, uno de los cinco municipios que conforman la Chiquitania boliviana, la separan 640 kilómetros de Santa Cruz y 232 de la frontera con Brasil.

De clima cálido-tropical, tiene más de 1.600 habitantes: indígenas chiquitanos, gente de Roboré y otras partes de Bolivia; extranjeros. Entre sus calles de arena, casas de techo alto, amplios patios con árboles frutales y aves de corral; hay hoteles confortables, hostales, alojamientos, viviendas que se convierten en posadas los fines de semana y feriados. Los otros días, silencio de monasterio, quietud. Un sol tremendo.

Los más de 40 grados que marca el termómetro en verano, obligan a buscar sombra o –mejor- refrescarse en caídas y pozas de agua naturales, en medio de una borrachera verde que inunda el paisaje. Al anochecer, el ambiente es fresco, con esa sensación de humedad que se impregna al cuerpo. Cuando amanece, trinares de pájaros de las más diversas especies se mezclan con el canto de los gallos, la alegría de niños que van a la escuela, repiques de campanas.

Desde los miradores -‘La antesala del cielo’, como los llaman- se ve la inmensidad de esta reserva natural de 263 mil hectáreas. Para llegar al más alto, hay que caminar 45 minutos de sinuosa cuesta. Nunca algo valdrá tanto la pena.

Las serranías de Santiago, Chochís y el Valle de Tucabaca custodian esta inmensidad que se funde con el cielo. En el interior, 12 ríos proveen agua a 22 mil habitantes del municipio, los bañados de Otuquis y el Pantanal boliviano, en el límite con Brasil. Todo un ecosistema que da vida a más de 1.500 especies de plantas y otro tanto de animales.

Vista aérea de Santiago de Chiquitos, la única comunidad que está dentro del área protegida. Foto: SBDA

En Bolivia, poco se conocía de este lugar formado por bosque Cerrado y bosque seco chiquitano. Este último, considerado el último bosque seco tropical mejor conservado del mundo. Para Santa Cruz, Santiago de Chiquitos era un destino más de descanso en días festivos.

Pero en noviembre de 2018, el país puso los ojos en Roboré. Sus habitantes cortaron el tránsito por las dos vías que conectan con Brasil: la carretera Bioceánica y los rieles del tren. Lo hicieron indignados, porque el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) autorizó la creación de una comunidad dentro de la reserva forestal municipal El Paquió, aledaña al Valle de Tucabaca. Más de 30 familias no solo tenían documentos para asentarse, sino que habían talado 60 hectáreas de árboles; el equivalente a 84 canchas de fútbol.

La Policía intervino. Hubo detenidos, destrozos en la oficina de Roboré. Finalmente, se anuló la concesión, pero todavía hoy no existe presencia policial en el lugar.

En ese momento se visibilizó un movimiento ciudadano, cuya resistencia data de hace varios años.

“Yo creo que de la década de los 90”, dice Sixto Angulo.

La iglesia del pueblo, con motivos chiquitanos, acoge a los habitantes cada domingo. Es un pueblo muy religioso.

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La primera vez que Sixto fue a Roboré era 1994. Por entonces, se llegaba en un tren de varios vagones, que partía de Santa Cruz a mediodía y arribaba casi 10 horas después.

Delgado, tez cobriza y cabeza rapada, Sixto conoce bien la zona y es miembro de la Fundación Boliviana para la Conservación del Bosque Chiquitano (FCBC), una organización no gubernamental.

Para él, la apropiación que siente la gente de Roboré con su entorno tiene que ver con tres factores: su nivel de contacto con la naturaleza, los liderazgos que se forjaron con el imaginario de esos sitios y el hecho de que el movimiento poblacional es muy estable. La gente se va, pero vuelve a trabajar por su región.

En general, el boliviano se enorgullece mucho del sitio donde nació. En este caso, ese sentimiento está basado en la idea de vivir en un lugar lleno de agua, vegetación endémica y fauna diversa. Una joya para el turismo.

El balneario municipal de Roboré. Muchos de estos lugares reciben agua natural. Foto SBDA

“En Roboré la gente no tenía idea de qué tan importante era su reserva, pero sabía que había que cuidarla. Los estudios que se hicieron sobre mariposas, murciélagos, plantas endémicas solo llegaron a reforzar aquello que ya sospechaban”, secunda Julio César Salinas, coordinador de la FCBC.

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El Valle de Tucabaca, en medio de este esplendor hay 1.500 especies de plantas, muchas de ellas endémicas. Foto: Doly Leytón

Que Tucabaca sea un área protegida es fruto de la decisión de Roboré. Una decisión que empezó a gestarse en los años ‘90, tomó forma en la década de 2000 y se consolidó en 2015.

En 20 años pasó de ser una Reserva de Inmovilización Natural (RIN), a convertirse en la Reserva Municipal de Vida Silvestre Tucabaca y la Unidad de Conservación del Patrimonio Natural (UCPN) Tucabaca. Blindada por una ley municipal y otra departamental.

“Nadie vino de afuera a decirles lo que tenían que hacer. Nadie les dijo: ‘esto es un ecosistema digno de protección’. Tucabaca nació con identidad y ese es un elemento que permite comprender por qué la defiende tanto el ciudadano de Roboré”.

Diego Gutiérrez –estatura prominente, rizos canos, voz potente- dirige la Sociedad Boliviana de Derecho Ambiental (SBDA). En su momento, acompañó los procesos jurídicos que dieron sustento al pedido popular.

Con claridad recuerda que allá por 1995, Bolivia acarreaba una crisis de tenencia de tierras, desde la Reforma Agraria (1953). Como consecuencia, la distribución se hacía con fines políticos. “Se había titulado 112 millones de hectáreas cuando el país tiene 109”, ironiza. En ese contexto, tener una RIN ya era un logro.

Pero en el año 2000 vencía el plazo para definir qué hacer con esa reserva. La gente pedía que se convierta en área protegida municipal, cuando le Ley de Medio Ambiente (1992) solo contemplaba áreas nacionales y departamentales.

“Ellos no querían que sea nacional, porque iba a estar a cargo del Sernap (Servicio Nacional de Áreas Protegidas), que ya había definido las 22 áreas con las que deseaba quedarse. Tampoco querían que sea departamental, porque asumían que era suya, no de todo el departamento”.

Con el dilema a cuestas, se solicitó tanto a la FCBC como a la SBDA que encontraran sustentos técnicos y legales para hacer oír su voz. En ese momento las alcaldías tenían competencia en desarrollo humano y conservación del medio ambiente. Ese fue el argumento legal para crear la reserva, mediante una ordenanza municipal de 2001.

En los hechos, Gutiérrez reconoce que la legislación boliviana no contemplaba esta figura; fue la decisión de los habitantes la que le dio legitimidad.

Las reuniones de vecinos no suelen ser numerosas. Sin embargo, cuando se toman determinaciones, estas son cumplidas por la mayoría.

En 2009, con la puesta en vigencia de una nueva Constitución Política del Estado (CPE), los gobiernos departamentales y municipales autónomos adquirieron ciertas competencias que les permitían promulgar leyes.

De forma inédita, dos años más tarde, la primera que aprobó el concejo de Roboré fue la ratificación de Tucabaca como área protegida municipal. Cuatro años después la Gobernación de Santa Cruz hizo lo propio, basada en la potestad que le daba la Carta Magna, de conservar y promocionar el patrimonio natural. Así promulgó la ley 098/2015, que declara como UCPN a la citada reserva.

“Si no fuera por Tucabaca, no hubiera áreas protegidas municipales en el país, porque quien planteó el conflicto jurídico en el nivel nacional, ya en el año 2000 fueron ellos. El roboreseño le dijo al Gobierno nacional: ‘señores, este es nuestro territorio y lo queremos conservar’. De allá les dijeron, ‘no’, entonces vino el departamento y ayudó a Roboré para que siga en la batalla”.

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La mañana del 6 de agosto de 2011 Santiago de Chiquitos vivía una fiesta. Uniformes blancos. Ropa de gala. Zapatos de tacón. Calzados bien lustrados.

Niños y jóvenes esperaban su turno para desfilar por el día de Bolivia. Sus maestros los miraban con recelo. Los padres se afanaban en tomarles fotos.

En la tarima, autoridades locales aguardaban el paso de militares, escolares, maestros, guardaparques.

La gente estaba contenta, pero susceptible. Días antes habían oído el rumor de la llegada de un grupo de personas ajenas a Roboré, que tenían la intención de asentarse en el Valle de Tucabaca. Por tanto, todos sabían qué hacer cuando escucharan el repique de campanas de la iglesia.

El primer mirador, desde aquí se alcanza a ver la extensión del Valle de Tucabaca, pero hay otro, más alto todavía. Foto: Steffen Reichle

En la tranca de ingreso a la reserva solo quedaban dos custodios del cuerpo de protección. Uno de ellos dio la voz de alerta. Como la gente estaba reunida en la plaza, no tardó en emprender la corrida hacia el lugar. El guardaparques que se quedó, mientras tanto, trataba de frenar el avance de seis u ocho camiones cargados con gente; los testimonios varían respecto a la cifra.

Cuando Mary Pacheco, la dueña del hotel Beula, tomó el micrófono para hablarle a los santiagueños, muchos ya habían partido. Delicia Justiniano, la profe “Chilo”, la secundó en el pequeño discurso y rápidamente se fue a tocar las campanas.

De pronto todos corrían en una dirección. Al llegar a la tranca se encontraron con gente que defendía su derecho a tomar posesión de la tierra, porque decía que era dotación fiscal. Tenían palos; los otros, también. “Somos bolivianos, decían, pero yo les contesté, si fueran bolivianos, no habrían venido porque ustedes nos han sacado del acto dedicado a la patria, para pasarse por encima de nosotros”, recuerda la maestra.

En ese momento los santiagueños se tomaron de las manos y evitaron el ingreso de los camiones. Luego sobrevino un bloqueo en la carretera Bioceánica y el triunfo sobre su territorio.

En el pueblo, mucha gente describe ese día como “emocionante”, “bonito”, “histórico”, porque marcó no solo una de las primeras luchas de la defensa de Tucabaca, sino que refleja que puede haber muchas discrepancias entre los habitantes, “pero, ¡ay! que nos quieran tocar el Valle”.

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Esta investigación fue realizada por www.laregion.bo en el marco del Fondo Concursable Spotlight VII de Apoyo a la Investigación Periodística en los Medios de Comunicación, que impulsa la Fundación Para el Periodismo con el apoyo del European Journalism Centre.
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