De la clandestinidad a las apps de citas: 30 años de resistencia homosexual en Bolivia
Desde una redada policial en los años 90 hasta las aplicaciones de citas de hoy, las personas gay en Bolivia han cambiado la forma en que se conocen, se organizan y luchan por sus derechos. Esta crónica recorre ese camino a través de testimonios personales y datos concretos, y muestra porque la libertad de ser quien eres sigue siendo, para muchos, algo que no todos pueden permitirse.
Nota de transparencia: Este contenido es fruto de una alianza de colaboración interinstitucional sin fines de lucro y bajo criterios de cooperación. No responde, necesariamente, a los lineamientos editoriales de Muy Waso.
Ser gay en Bolivia hoy no es lo mismo que serlo hace treinta años.
Los espacios cambiaron, las leyes cambiaron y la forma de encontrarse con otros también. Pero algunos obstáculos siguen siendo los mismos.
Esta es la historia de ese recorrido, contada a través de quienes lo vivieron.
Según un informe defensorial de 2023, el 53% de las personas con orientaciones diversas en Bolivia ha sufrido algún tipo de discriminación. Estos hechos, según el mismo documento, ocurren principalmente en espacios públicos, dentro del ámbito familiar y en lugares comerciales o de ocio (bares, discotecas, etc.).
Una noche difícil del olvidar

El 3 de junio de 1995, la policía irrumpió en la discoteca Cherry’s de La Paz. El pretexto fue una denuncia sobre supuesto tráfico de drogas, pero lo que ocurrió esa noche fue otra cosa: alrededor de 100 hombres fueron detenidos y obligados a sentarse en el piso durante 16 horas sin que nadie les explicara el por qué.
Willmer Marcelo Galarza Mendoza, diseñador gráfico y activista, estuvo ahí. Recuerda que la policía obligó a los más jóvenes a llamar a sus familias, lo que hizo que muchos tuvieran que revelar su orientación sexual sin quererlo, bajo presión y miedo. Las celdas albergaban el doble de personas de lo permitido.
Para Galarza, esa noche fue una señal clara de lo que le podía costar a alguien ser abiertamente gay en Bolivia: el trabajo, la familia, la seguridad.
Muchos optaron por construirse una identidad falsa para protegerse, algo que era habitual en una época donde reconocer la propia orientación sexual podía destruir una vida entera.
Cuando la ley empezó a cambiar
Durante la siguiente década, varios activistas decidieron que la resistencia tenía que organizarse. Galarza presidió el Comité de las Diversidades Sexuales y de Género en Cochabamba entre 2007 y 2010, y desde ese espacio, de manera colectiva, se trabajó para lograr avances concretos.
El primero fue el Decreto Supremo 189 de 2009, que estableció el 28 de junio como el día para visibilizar la lucha contra la discriminación por orientación sexual. Un año después llegó la Ley 045 contra el Racismo y Toda Forma de Discriminación, que por primera vez penalizó los actos de odio en Bolivia.
Sin embargo, la ley y la realidad no siempre van al mismo ritmo.
Según una encuesta de Ipsos, prácticamente solo una persona de cada 10 apoya las muestras públicas de afecto de personas LGBTIQ+.
Para Galarza, hay otro problema al interior de la misma comunidad que también le preocupa: muchos jóvenes de hoy desconocen las luchas que hicieron posibles sus derechos actuales.
La visibilidad, dice, se ha reducido en muchos casos a una cuestión de los vínculos sexoafectivos, quitándole su profundidad política.
Ser gay en la era digital: libertad y nuevas formas de exclusión

Hoy, gran parte de la vida social y afectiva de las personas gay ocurre en internet. Aplicaciones como Grind, (que cumplió 16 años en 2025) y que tiene más de 14,5 millones de usuarios activos al mes en todo el mundo, cambiaron la forma de relacionarse. Pero también trajeron nuevos problemas.
Juan Pablo Vargas Rollano, licenciado en Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés, es directo:
“Ser abiertamente gay es un privilegio en la sociedad boliviana, un privilegio que no todos tienen”.
Para quienes no cuentan con un entorno seguro, actuar con discreción sigue siendo una forma de protegerse.
Vargas Rollano señala que aplicaciones como Grindr esconden una forma de violencia que pasa desapercibida porque se disfraza de atracción.
Esa violencia aparece en perfiles que rechazan a personas por su origen étnico o su apariencia con frases como “no me escriban cholos” o “no nenitas”, presentándolo como un simple gusto personal. Para él, se trata de una “violencia completamente normalizada”.
Parte del problema, dice, está en que Bolivia no tiene una educación sexual que enseñe a entender el consentimiento. Sin esas herramientas, muchos hombres terminan sin poder aceptar su propia homosexualidad, o en situaciones de abuso porque nadie les enseñó que tienen derecho a decir no o a denunciar distintas formas de discriminación o abuso.
De los aretes a los algoritmos

La forma en que las personas gay se conocían también cambió radicalmente. En los años 90, todo dependía de los lugares físicos: la plazuela San Sebastián en Cochabamba, el Reloj de la Pérez Velasco en La Paz. Como no había cámaras en los teléfonos ni redes sociales, los mensajes eran gestuales.
Vargas Rollano recuerda que usar un arete en la oreja derecha o en la izquierda era una señal que comunicaba roles sexuales sin necesidad de decir nada.
Con la aparición de sitios como Boliviagay.com en 2001, todo empezó a moverse hacia lo digital.
Para Sondre (seudónimo de un usuario habitual de estas plataformas), espacios como WhatsApp y Telegram complementan lo que comienzan las aplicaciones de citas, y un emoji —una berenjena, un durazno, una bandera de arcoíris— puede decir en segundos lo que antes requería toda una coreografía de gestos y miradas.
Pero la inmediatez también trae nuevas presiones. El intercambio de fotos se ha convertido en un filtro que muchas veces decide si una conversación continúa o no, dependiendo de si alguien cumple con estándares de belleza hegemónicos.
Este contenido fue elaborado en el proceso de capacitación y mentoría “Narrativas Diversas 2.0”, orientado a promover la igualdad de género y la inclusión a través del periodismo constructivo, con el apoyo de la Deutsche Gesellschaft für Internationale Zusammenarbeit (GIZ) GmbH, en articulación con la DW Akademie y en el contexto del proyecto ProIgualdad.
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