Éxito e identidad: mujeres trans que redefinen su camino en Bolivia
En América Latina, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la expectativa de vida promedio de las mujeres trans es de 35 años. En Bolivia, cinco de cada diez personas trans tienen ingresos menores a mil bolivianos al mes y apenas tres de cada diez logran terminar el bachillerato. Sin embargo, Mia Sofía Vargas y Nathaly Michelle Huarayo construyen, cada una a su modo, una vida que desborda esas estadísticas. Sus historias muestran lo que es posible cuando hay decisión propia, redes de apoyo y espacios seguros.
Nota de transparencia: Este contenido es fruto de una alianza de colaboración interinstitucional sin fines de lucro y bajo criterios de cooperación. No responde, necesariamente, a los lineamientos editoriales de Muy Waso.
Cuando Mia Sofía Vargas estaba a punto de terminar la universidad, su nombre legal aún no coincidía con su verdadera identidad. En los registros institucionales seguía apareciendo uno que ya no la representaba. Este detalle bastó para convertir un logro de años de esfuerzo en una frustración burocrática.
En Bolivia, la Ley 807 de Identidad de Género (2016) permite a personas trans mayores de 18 años cambiar su nombre y datos en documentos públicos y privados mediante un trámite administrativo ante el SERECI.
Sin embargo, según el informe “Desiguales ante la Ley” de la Defensoría del Pueblo (2023), una parte significativa de las personas trans encuestadas aún no había realizado el cambio en su documentación, enfrentando barreras económicas, institucionales y de información. En ese marco, el logro de Mia no fue solo académico.
“Graduarme de la Universidad fue otro gran momento en mi vida porque tenía mucho miedo, pensé que nadie me iba a contratar, y que iba a ser una abogada más… pero la verdad es que todo el año pasado estuve trabajando en cosas formales donde la gente me veía y reconocía quién era”.

El apoyo de sus amigas de la Casa Trans y de su familia fue clave. Gracias a esa red, no solo logró concluir sus estudios, sino también realizar su cambio de nombre legalmente dentro de su universidad. Esa experiencia abrió camino: a través de la experiencia de Mia, esa casa de estudios privada creó un instructivo para ayudar a otras personas trans en el mismo proceso.
Para Mia, el éxito no era encajar en un molde ajeno: “El poder aportar a la sociedad y el poder ser feliz. Yo estoy muy agradecida con lo que he vivido estos años siendo una mujer trans”.
Y su experiencia respalda esas palabras. Entre sus logros está haber impulsado políticas públicas vinculadas a la población trans y haberse convertido en la primera funcionaria pública del ámbito judicial en ser visiblemente trans en Bolivia. Además, su participación en el Fondo Internacional Trans (ITF) —la única organización global de financiamiento liderada por personas trans— amplió el alcance de su trabajo al ámbito regional.

“Salir de la cueva”
También en Cochabamba, Nathaly Michelle Huarayo recuerda el momento en que fue echada de su hogar, luego de decidir comenzar con su transición.
“Fue como salir de una cueva”, dice. Alistó su maleta para dejar la casa familiar que le cerraba las puertas, sin recursos y en un entorno que no siempre era seguro.
Para sostenerse, tomó decisiones cotidianas que marcaron la diferencia: buscar trabajos eventuales, organizar sus gastos, priorizar lo indispensable, rodearse de personas que respetaran su identidad. “Una de mis herramientas es el ahorro, el ahorro es muy importante y me sirvió mucho”, recuerda.

No es un detalle menor. Según el informe de la Defensoría del Pueblo, casi cuatro de cada diez mujeres trans viven en alquiler y menos de tres de cada diez cuentan con vivienda propia. En un contexto donde la estabilidad habitacional no está garantizada, ahorrar no es solo una práctica financiera: es una forma de sostener la autonomía.
En el ámbito laboral, las cifras revelan un contraste engañoso. Si bien un 72% de las personas LGBTI encuestadas declararon tener alguna ocupación —frente a un 24% inactivas y un 4% desocupadas—, al desagregar por identidad de género el panorama cambia: en personas trans y no binarias, cinco de cada diez tienen ingresos menores a Bs 1.000 mensuales, menos de 150 dólares.
“Tuve muchas dificultades con el dinero al inicio de mi transición. Pero ahora no, una de mis herramientas sería el ahorro ya que me sirvió mucho”, comenta Nathaly.

Estudiar pese a las adversidades
Haber iniciado su transición, sostenerse económicamente y proyectarse hacia la universidad son logros que adquieren otra dimensión a la luz de los datos.
Según la encuesta de la Defensoría, de cada diez personas consultadas, apenas tres lograron concluir el bachillerato y al menos una no terminó la secundaria. Un 26% declaró tener educación superior incompleta. Casi la mitad —cuatro de cada diez— no asistió a ningún centro educativo el último año, principalmente por falta de recursos económicos
En un contexto donde muchas personas trans interrumpen sus estudios por falta de dinero o por discriminación, que Nathaly se proyecte hacia la universidad desafía las estadísticas.
También el 53% de las personas LGBTI encuestadas reportó haber sufrido algún tipo de discriminación, siendo las personas trans no binarias y las mujeres trans los grupos más afectados, según el mismo informe de la Defensoría del Pueblo.
Redes que sostienen
Frente a las dificultades, ambas han desarrollado estrategias que van más allá de lo individual. Para Mia, una de las claves es su red de confianza:
“El poder consultar con personas cercanas a mí, tengo un círculo selecto de personas en las que confío y considero mejores amigos y bueno algunas son pares que son mujeres trans, otras son parte de mi familia y otras son amigos que he hecho con el tiempo”.
Personas que, como ella menciona, “me han permitido dar lucidez a mis decisiones a lo largo de mi vida y cuando tengo una dificultad”.
Mia también aborda un tema poco explorado en los relatos sobre la comunidad trans: la espiritualidad. Entre sus estrategias está “consultar con Dios y mi lado espiritual”, ya que pertenece a la religión católica: “es importante tener fe y a pesar de lo que piense la gente, tener principios y valores, que eso puede venir de cualquier lado, una religión, un estilo de vida. Pero en mi caso es la religión católica y consultar con Dios lo que hago”.
Las Casas Trans: puntos de referencia

En el proceso de sostenerse como persona trans en Bolivia, el entorno importa tanto como la decisión individual. Ahí es donde las Casas Trans cumplen un papel fundamental. Estos espacios funcionan como centros comunitarios frente a la exclusión social, institucional y laboral.
La primera abrió en Santa Cruz en 2021 por iniciativa de las propias mujeres trans; desde entonces se han establecido en La Paz, Cochabamba, Trinidad y, más recientemente, en Oruro, donde se inauguró una nueva sede el 28 de octubre de 2025. Se prevé la expansión a Potosí, Sucre y Pando.
De acuerdo con una investigación publicada en Muy Waso, estos espacios brindan orientación legal, acompañamiento psicológico, atención médica y formación para la autonomía económica.
Solo en 2024, la Casa Trans de Santa Cruz atendió a 1.110 personas, la de Cochabamba a 457 y la de La Paz a 1.012. Más que números, estas cifras muestran la magnitud de la demanda y el rol que cumplen frente a las brechas que persisten en el acceso a derechos.
Nathaly representa a muchas mujeres trans jóvenes que atraviesan una etapa inicial de construcción personal y profesional. Su fortaleza no se mide en cargos públicos, sino en la claridad con la que ha decidido priorizar su bienestar, su identidad y su autonomía, en un contexto donde sostener esas decisiones ya constituye un logro.
Contar desde el respeto
Las historias de Mia y Nathaly coinciden en algo más: la manera en que los medios cuentan sus vidas importa.
Nathaly espera que se deje de narrar desde la transfobia y el morbo: “También tenemos un corazón, somos humanas y también sentimos”.
Mia cuestiona el amarillismo que reduce a las mujeres trans a titulares violentos o caricaturescos, sin respetar siquiera sus pronombres: “Nuestra vida se acerca más a la que vive una mujer cisgénero y por distintas circunstancias, requiere un valor que tiene que ser reconocido con el título de ‘la’ mujer trans”.
Durante años, la presencia de mujeres trans en los medios bolivianos estuvo marcada por el sensacionalismo o la violencia, reforzando estereotipos. Contarlas desde el respeto implica reconocer que detrás de cada avance individual existen redes colectivas y luchas silenciosas: una madre que aconseja, amigas de la comunidad que acompañan en cada etapa.
El éxito, para estas mujeres, no se construye en solitario.
Este contenido fue elaborado en el proceso de capacitación y mentoría “Narrativas Diversas 2.0”, orientado a promover la igualdad de género y la inclusión a través del periodismo constructivo, con el apoyo de la Deutsche Gesellschaft für Internationale Zusammenarbeit (GIZ) GmbH, en articulación con la DW Akademie y en el contexto del proyecto ProIgualdad.
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