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«Nunca fui Palermo», un cuento futbolero de Gabriel Mamani Magne

Gabriel Mamani Magne

Imagen referencial. Foto: Pixabay

El escritor Gabriel Mamani fue el invitado de la última sesión de nuestras Charlas Wasas. Allí conversamos un poquito sobre uno de los últimos cuentos que escribió. 

Como andamos con una fiebre futbolera (Copa América, Eurocopa, el anuncio de la transmisión de la Champions League de mujeres por YouTube) aquí les compartimos el último trabajo de Gabriel: fútbol, goles, penales, racismo, los 90. 

No vi en vivo el penal fallido de Mbappé, pero me dolió igual. Si hay un mojón histórico que marca un antes y un después en la vida de un futbolero, es un penal decisivo. El penal en el último minuto. Los doce pasos de una tanda de desempate. Fotógrafos, aquí una idea: capturar las expresiones de un hincha antes y después de un penalti vital.

Si es gol.

Si no es gol.

La alegría de millones de personas viajando en una pelota. En algunas ocasiones, el mundo entero viajando en esa pelota.

El planeta transformado en un balón.

Me acuerdo del penal que Jara falló contra Brasil en 2014. ¿Se imaginan un mundo en el que Brasil sufría un Mineirazo? ¿Hubiese dolido menos que el 7 a 1? Yo apoyaba a Chile, no lo niego. Quién diría que, pocos años después, pisaría y me enamoraría de ese país al que le deseé tantas lágrimas.

Los penales de Palermo. Era el 4 de julio de 1999 y yo vi el partido en la casa de mi tía Mary. Palermo falló tres penales contra Colombia y con esos no-goles se erosionó lo que se vislumbraba como un futuro tipo Ronaldo o Batistuta. Su peinado estaba de moda (las puntas del cabello teñidas de rubio), y de un día para el otro ninguno de nosotros, niños con ínfulas de goleadores, queríamos más ese corte.

Nunca he pateado un penal en un partido oficial. Nunca he sido Palermo. Y es aquí donde quería llegar.

Tenía diez años y estudiaba en el American School, un colegio particular en el que yo era uno de los más pobres. Tengo lindos recuerdos de ese colegio. Buenos amigos. Futsal en el recreo. Las clases de inglés (el nivel era muy bueno, algo que no vi ni siquiera en la secundaria). Jugaba bien, más que bien. Mi timidez me impedía realizar las gambetas que creía que podía hacer, pero era cumplidor: llegaba temprano a los partidos, era generoso con los pases, siempre convertía por lo menos un gol.

Un buen número 6.

El Mundial de Francia 98 estaba por jugarse y las esperanzas sudamericanas eran, además de Argentina y Brasil, Colombia y Chile. La dupla Sa-Za y la victoria de los chilenos sobre Inglaterra en Wembley en un amistoso habían borrado cualquier tipo de patrioterismo en nosotros y decidimos que nuestro equipo se llamara Chile. Más de un profesor nos miró raro. Un padre de familia, cuyo rostro aún recuerdo y creo reconocer en algún pez gordo del gobierno, dijo que éramos traidores.

El mejor del equipo era Barriga. No era su apodo; era su apellido, que en los hechos no tenía nada que ver con su contextura: Barriga era flaco, elástico y corría como venado. Era moreno, el más moreno del curso. Le decíamos “africano” o “betún” y él callaba y sufría en silencio.

Éramos niños, teníamos costras en las rodillas, eran los noventas: Bolivia no se sabía india.

Otro notable del equipo era Lizarazu. Era alto, rígido como monolito, la misma expresión enigmática todo el tiempo: una Mona Lisa de diez años. Era torpe, mal jugador y tan tímido como yo. A mí me caí a bien, aunque no negaré que me alegraba cada vez que erraba en una jugada.

La cosa era así: luego de Lizarazu, los más bulleables éramos Barriga y yo. Pero Barriga, pese a ser el más moreno en un mundo de morenos que no querían ser morenos, era el 9, el goleador, y su papá lo traía y recogía en un coche brillante. Yo, en cambio, era un 6 que venía a pie desde su polvorienta casa en la avenida Periférica.

Si Lizarazu se rebelaba, el blanco de las burlas sería yo. La infancia es una selva en la que uno busca modos de sobrevivencia. El mío era ver fracasar a Lizarazu.

El rival más duro era Holanda, un equipo que estaba compuesto por, en teoría, los mejores jugadores de mi curso. Los derrotamos 5 a 4 y con un jugador menos (Barriga hizo todos los goles). Contra Camerún, metí dos golazos, uno de cabeza y el otro de larga distancia, y horas más tarde, lo recuerdo bien, de camino a casa, encontré un billete de diez bolivianos y mi felicidad por haber metido aquellos goles era tanta que me compré un bolo de un peso y le regalé el resto a un hombre que tocaba zampoña a cambio de monedas.

En el cuarto o quinto partido, nos tocó jugar contra Argentina. No sé por qué, pero cuando me acuerdo de esos días siempre hacía sol. (Las nubes aparecieron a medida que me acercaba a la adultez). Fue un partido fácil. Los argentinos eran de un grado menor al nuestro y sus piernitas me hacían pensar en las patas de mi perro Choco.

Me gustaba imaginarme como Marcelo Salas o Gabriel Batistuta. El patio de mi casa era de tierra y yo jugaba solo frente a mi pared y, en mi imaginación, marcaba golazos. Calentaba. Me sentía en un estadio. Aquí un dato inexplicable: aunque a mi familia debía luchar ferozmente para que la plata alcanzara hasta fin de mes, recuerdo que mi padre me había llevado a todos los partidos de Bolivia en las eliminatorias. Quizá sea uno de esos fenómenos tan típicos de nuestras clases medias-bajas: una clase que lucha por imaginarse alta, o al menos media, que sufre para pagar el alquiler pero insiste en tener cable e inscribir a sus hijos en colegios particulares.

Lo cierto es que tenía fresca en la memoria el verdor del pasto, el colorido de las camisetas y el grito de gol de cincuenta mil espectadores. Claro que lo que teníamos en el colegio era lo contrario: una cancha gris de cemento y una hilera de padres que, más que apoyarnos, nos intimidaban. Poco importaba. Pronto llegaría el partido decisivo, ese que nos llevaría a semifinales, y yo imaginaba que metía el gol de la victoria, que mis amigos me abrazaban, que la gente aplaudía y, claro, que algún cazatalentos me miraba desde las gradas y me fichaba para jugar en el The Strongest.

Pasó así por poco. Por muy poco.

No recuerdo el nombre de nuestro rival. Así que lo llamaré Bolivia. Uno de nuestros jugadores se había enfermado y no nos quedó más remedio que suplantarlo con Lizarazu. Fue un partido duro. Los de Bolivia eran un año mayores que nosotros y la diferencia de tamaño ya se notaba. De hecho, uno de sus jugadores estaba repitiendo el curso, de modo que su contextura era la de un casi adolescente.

Me tocó convertir el primero. Pura chiripa. Barriga pateó desde media cancha y el balón impactó contra el poste. El portero quedó tendido en el intento de atajo. Un defensor de Bolivia se disponía a patear la pelota fuera de la cancha, pero resbaló. Solo tuve que correr y empujar el balón frente al arco vacío.

El cazatalentos de la gradería ya me había puesto el ojo.

Bolivia nos empató a los dos minutos. Luego de eso, todo fue un monólogo de ellos. Y de paso, Lizarazu que no ayudaba. Los balones resbalaban en sus pies. Era temeroso a la hora de encarar a los atacantes. Nada de eso, sin embargo, fue tan desastroso como lo que ocurrió en el segundo tiempo: Barriga y un boliviano se jalonearon las camisetas, se insultaron; el árbitro los expulsó.

El gigante reprobado de Bolivia aprovechó para hacer de las suyas. Un balonazo suyo impactó en la cara de nuestro número 2. Abusivo de mierda, me hubiera gustado decirle, pues el pobre 2 lloró por unos minutos y su mamá tuvo que entrar al campo de juego para consolarlo.

Y así llegamos a los últimos minutos del partido. Nuestro arquero lanzó la pelota hasta media cancha y un compañero logró agarrarla. Su padre, un maniático experto en bajarle la autoestima durante los partidos, le gritó que me pasara al balón a mí, pues estaba libre por la derecha. El balón llegó a mis pies. Corrí a toda velocidad con el gigante dando zancadas detrás de mí. Quise patear al arco, pero el gigante forcejeó conmigo. No me di cuenta de que había entrado al área chica de los rivales hasta que caí al suelo.

Penal.

En la tele suelo ver que a algunos jugadores que se alegran cuando un árbitro marca un penalti a favor de su equipo. A mí me entró pavor. Sin Barriga en la cancha, el encargado de patear sería yo. Es más, antes de salir de la cancha, Barriga me había pasado el cintillo de capitán, con lo cual, oficialmente, era a mí al que le correspondía tomar las decisiones. Observé el cielo limpio, ese cielo tan limpio al que jamás había visto de otro color. Pensé en la gloria y en el cazatalentos, pero al tiro el miedo y la posibilidad del fracaso se asomaron como el gigante boliviano cuando me perseguía para evitar que marcara.

Miré a Lizarazu. Le dije que se acercara. Le susurré algo al oído. Barriga gritaba, enloquecido, desde el margen de la cancha. No lo escuché. Le entregué la pelota a Lizarazu como quien entrega una granada a punto de estallar, y no quise mirar.

Igual miré. Algo que no he comentado: si bien Lizarazu parecía un monolito o una Mona Lisa, sus movimientos eran los de un perezoso. Caminaba casi en cámara lenta. Y en cámara lenta se acercó al balón, y en cámara lenta el balón viajó hasta el arco, y en cámara lenta la bola hizo un sombrerito y se insertó en la red. Nos alegramos y abrazamos a Lizarazu. Creo que fue el día más feliz de su vida.

Terminó el partido y la alegría de la victoria se transformó en otra cosa. Solo con ese gol, Lizarazu había escalado en la pirámide animal y ahora la presa era yo. Bebimos refresco en las graderías. Nos cambiamos. Barriga se sacó la camiseta para ponerse otra ropa, y fue en ese momento en que el instinto de supervivencia operó en mí: le eché refresco sobre el torso desnudo y me burlé de su piel y lo insulté con toda la rabia y estupidez con la que los noventa nos habían educado.

Nunca fui Palermo. Tampoco el Loco Abreu frente a Ghana.

Tan solo fui otro monstruo de los años noventa.

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