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Muy Waso, periodismo del futuro
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«No tienen tiempo de pensar sobre diversidad sexualidad: están defendiendo su territorio»

Resistencias de los pueblos indígenas de tierras bajas

Edgar Soliz GuzmánEscrito porEdgar Soliz Guzmán
05/09/2025
guardado en Mujeres y diversidades
Tiempo de lectura: 16 mins.
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Las diversidades sexuales y, en general, la sexualidad en sí misma es un tema del que poco se habla. Los pueblos indígenas de tierras bajas tienen una serie de resistencias frente a las diversidades sexogenéricas. Sobre ellas conversamos con Alejandra Menacho, una persona no binaria y pansexual.

Alejandra se identifica como moxeña trinitaria y ha vivido su infancia en estancias ganaderas de comunidades indígenas en Trinidad, Beni. Sus reflexiones parten de una postura crítica a las comunidades indígenas como espacios de reproducción de violencia machista y patriarcal contra las mujeres y las sexualidades desobedientes.

Las comunidades de tierras bajas, dice, reproducen e imponen una cruel distribución de los roles de género, lo que lleva al silenciamiento de las diversidades sexuales y de género. Toda esta violencia creada por el colonialismo e instalada en los usos y costumbres de las comunidades indígenas, pervive hasta la actualidad.

Asimismo, sobre la herencia indígena, el idioma materno se va perdiendo en procesos migratorios. Ya no se enseña el idioma porque hay una carga de vergüenza en el ser indígena que pervive en el imaginario social a la hora de encarar la migración en la urbanidad y el “progreso” del mundo capitalista. Todavía hoy, lo indígena, traducido a insultos como “chori”, “indígena”, “patapila”, marcan ese gesto de vergüenza en las comunidades indígenas migrantes en las periferias de las ciudades.

Ahora, la urgencia en las comunidades indígenas es la tierra. No se está pensando en sexo, sexualidad y género. Hoy, desde las organizaciones indígenas, se está luchando por evitar que las transnacionales ocupen sus tierras y las comunidades sean desplazadas.

Colonialismo y heterosexualidad obligatoria

Movimiento Maricas Bolivia (MMB). ¿Qué piensas sobre la invasión española, el colonialismo posterior, su falso proyecto civilizatorio, que impuso las categorías de sexo y género, masculino, femenino, heterosexualidad obligatoria en las comunidades indígenas del oriente boliviano?

Alejandra Menacho Noza (AMN). No puedo hablar exactamente de lo que fue. Creo que la colonización fue horrible en todos los pueblos sudamericanos, latinoamericanos. En el pueblo moxeño ha perjudicado bastante. Esto de la distribución de los roles de género, por ejemplo. No se habla de las otras almas. En el oriente boliviano se habla de almas: el alma de ser mujer o de ser hombre, como identificación de género.

Tejer el cuerpo con el territorio

Hay leyendas en el oriente, en Beni, sobre alguien que entra al río y sale convertido en mujer o en hombre. Esas cosas se escuchan más que todo como mitos y leyendas. Lo que se percibe dentro de los territorios moxeños es que hay esta cruel distribución de los roles de género y hay una exclusión al identificarte como parte de la población LGBT.

El racismo también está presente dentro de las familias. En la época de la colonización se decía que los españoles eran quienes ponían los apellidos a las y los indígenas. Entonces, la identidad, a partir de los apellidos, ha sido una imposición colonial.

Mi madre, socióloga, me comentó que los pueblos indígenas de aquellas épocas no teníamos nombres ni apellidos. Se podía llamar a un niño o niña como tronco, como árbol, como una hierba, cosas simbólicas, según la época en que nacía. Los nombres son coloniales.

Hubo esta mezcla a la que nos hemos adaptado y acostumbrado. Adoptamos formas de exclusión, de discriminación y las hemos normalizado en los pueblos indígenas.

Se considera que las y los indígenas son los «naturales», que no hay maldad ni discriminación. Pero sí las hay. En aquellas épocas, territorialmente había pleitos entre comunidades y eso se nota hasta ahora en las rivalidades de los barrios de Trinidad. Hay ese límite mental y territorial visible. Esas son consecuencias de la colonización.

MMB. ¿Recuerdas algún nombre sobre sexualidades desobedientes en lengua moxeña? ¿cómo se dice lesbiana, marica, travesti? ¿Cómo ha sido ese reconocimiento, conocimiento de la bisexualidad y la pansexualidad en tu vida?

Alejandra Menacho Noza (AMN). Es algo con lo que no estoy muy familiarizada. Pero sí se escucha como ruido, como chisme: “ese de ahí es mano quebrada, afeminado. No puedo decir con exactitud si hay una palabra dentro del pueblo moxeño o la lengua moxeña para describir a la diversidad sexual o a las personas diversas. Yo ya [crecí escuchando] una carga peyorativa de marica o de lesbiana, de machorra o la que quiere ser hombre, eso es usualmente lo que se escucha en el barrio, en el colegio, en la familia. Más que todo: “tu hijito salió amanerado”, para referirse a una persona homosexual o a un marica. Eso es lo que puedo recordar que se habla mucho en el barrio y no es nada bien visto.

MMB. En la actualidad, ¿se puede hablar de sexo, sexualidad, género en las comunidades indígenas del oriente? ¿Se pueden desmontar esas categorías coloniales impuestas por la invasión española?

AMN. Hay intentos para hablar de estos temas. Pero también hay resistencia dentro de las comunidades indígenas, tanto en la chiquitana, las guarayas y las moxeñas. De ahí vengo. No se puede hablar de sexualidad, o de diversidad sexual [y de género].

Recién de vieja he aprendido que hay este término para referirnos a la población LGBT. En los colegios, en la casa, [en la familia], nadie habla de eso. Damos por normal o natural la heterosexualidad [obligatoria]. Tampoco se puede hablar de sexualidad abiertamente, [o sobre] un acto sexual. Es como un pecado mortal. Tampoco se habla sobre lo heterosexual o su educación sexual. Hay una sensación de vergüenza.

Cuando hay reuniones de amigas o cuando entran al chaco, algunas mujeres empiezan a hablar [de sexualidad], pero entre ellas. Delante de sus esposos no hablan.

Algo que se nota mucho en las comunidades indígenas del oriente boliviano es que las mujeres no  levantan la voz cuando hay un hombre. Cuando hay un líder, un cacique, las mujeres no hablan. Es él quien habla. Cuando se va el cacique, ellas empiezan, son unas loritas.

Es raro encontrar a una mujer indígena que alce la voz por encima del hombre. La mayoría de las veces las mujeres son muy sumisas.

Fui a una comunidad chiquitana y ellas comentaban que no podían hablar porque el cacique era la única persona que podía determinar  qué ONG entra a trabajar ahí, con qué tema y con qué familia. En las comunidades indígenas también hubo división [política partidaria], esas divisiones están en los territorios y se discuten, pero la sexualidad como tal es difícil. Tengo entendido que hay organizaciones feministas, organizaciones que hablan de derechos humanos, de equidad de género, que intentan trabajar los temas de sexualidad, pero son rechazadas la mayoría de las veces.

Es muy difícil hablar de estas temáticas, pero hay intentos y eso es algo muy rico que está pasando en los territorios del oriente boliviano.

MMB. ¿Qué significa hoy ser indígena de tierras bajas en la migración a la urbanidad cruceña? 

AMN. ¿Realmente yo soy indígena? Siempre sentí que había una diferencia cultural en mis facciones, en mi color de piel, dentro de mi barrio. Además, por lo que me enseñó mi madre, entiendo que pertenecemos a  la nación indígena moxeña. Cuando emigramos, salimos de nuestro territorio de Trinidad a Santa Cruz, vi otras diferencias. El considerarte indígena sigue siendo una vergüenza en la ciudad.

Desde que me involucro en las asambleas indígenas, las asambleas feministas, hay esta exclusión todavía: «¿Por qué te dices indígena si vos vives en la ciudad? ¿Por qué te dices indígena si no hablas [tu lengua originaria]? ¿Por qué te dices indígena si ya no tienes nada que ver con tu territorio?”

 

Alejandra Menacho en el bosque con vestimenta urbana pero sosteniendo un traje típico de tierras bajas
Elementos urbanos e indígenas se superponen en los procesos migratorios

Ser indígena ahora es muy complejo, nos enfrentamos a una adversidad de exclusiones, de discriminaciones, de juzgamientos, [por el hecho de usar la palabra indígena, por el hecho de ser estudiante, licenciada, por el hecho de ser un poquito blanca], se discute [y cuestiona] la forma de tu cuerpo que no se parece a un indígena, tu color de piel, tu forma de hablar. Justamente, al ser migrante adquiero [otros] modismos, lenguajes y formas de hablar de los territorios a donde voy.

Algo curioso que me pasó cuando era niña: tenía 11 o 12 años, mi madre me llevó al territorio indígena Iviato, donde están los sirionós, y dice que yo hablaba sirionó. Cuando regresé a Trinidad, porque terminaron las vacaciones, mis compañeros y compañeras me decían: “vos chori, indígena, patapila, ándate al monte”, incluyendo mis propios primos.

Yo no entendía por qué [usaban] esas palabras hirientes, o trataban de encasillarme en el lugar de la vergüenza. Hay bastante violencia cuando uno migra a la ciudad. La gente te clasifica y excluye. También te colocan el sombrero de la vergüenza; o sea, si utilizas el atuendo o las trenzas [indígenas], te discriminan.

Hay todavía una norma colonizadora que todo el tiempo intenta borrar lo que somos, intenta borrar nuestra cultura. En mi familia ya lograron borrar el idioma moxeño, nuestra generación ha perdido toda la esencia de la cultura moxeña.

MMB. ¿Qué consecuencias conllevan los procesos de migración para una persona indígena de tierras bajas? ¿Hay racismo en el ambiente y el activismo LGBTIQ+ cruceño?

AMN. Migrar es difícil porque uno traslada su cultura a otra, que es totalmente adversa y diferente a la nuestra. Yo no quería venir a vivir a la ciudad de Santa Cruz porque percibía el racismo en todas partes, en la calle, en los restaurantes, etc.

He escuchado historias donde las y los indígenas no podían pasar por la plaza 24 de septiembre, porque eran esclavizados y usaban cierta vestimenta.

No era bien visto que un indígena cruce por la plaza principal. Eso también pasaba en Trinidad: la misma forma de exclusión, zonas reservadas a la gente extranjera, blanca, de familias pudientes, de apellidos poderosos en la ciudad.

Alejandra abraza la vestimenta tradicional de tierras bajas

Se sienten, se perciben la exclusión y el racismo que sufrimos las indígenas cuando migramos, cuando queremos estudiar, cuando queremos relacionarnos. Por ejemplo, hay lugares en Santa Cruz que yo no piso porque me siento incómoda. No me siento bien cuando voy a Equipetrol, me siento como si fuera otra o estuviera viviendo en otro planeta. Siento que no soy yo, la incomodidad genera que yo salga de ese espacio. Prefiero ir a Los Pozos, al Mercado Barrionuevo, lugares que se acerquen a mi economía. También me gustan mucho las chicherías, me siento cómoda en esos espacios.

MMB. ¿Y el racismo en el ambiente LGBTIQ+?

AMN. Hay bastante racismo dentro de la población LGBTIQ+. Imagínate ser marica, ser indígena, no binaria, etc. Entonces, hay una triple carga que te cruza, no te sientes cómoda en varios espacios. El racismo es un tema que está latente aquí en Santa Cruz y dentro de todas las organizaciones LGBTIQ+ se implanta esta discusión.

Hace dos años, justamente, me invitaron para hablar de este tema. Ellas contaban esto de los insultos que hay dentro de la población, el tema de ser un poquito más oscuro u oscura, de pensar diferente, de considerarte indígena.

MMB. ¿Por qué los indígenas de tierras bajas, cuando migran a las ciudades como Trinidad, Cobija o Santa Cruz, se desentienden de lo indígena, de su comunidad, de su lengua, etc.?

AMN. Tiene que ver con toda la colonización que hemos sufrido, la alienación, que estamos tan conectados, globalizados en todo, que ya somos una mezcla de todo. Por eso decía al principio de mi presentación que me considero mutante porque surgen los cuestionamientos:

“¿Cómo una indígena se va a teñir de choco?, ¿Cómo una indígena va a hacerse punk?, ¿Cómo una indígena va a olvidar su idioma?”

Pienso que ya somos una mezcla de todo, pero sin perder el origen de donde salimos. Tiene que ver con la carga negativa. El hecho de que vos medio que hablas guaraní o guarayú se ve extraño en una ciudad. Tiene que ver con esa carga de la exclusión, de la vergüenza, de que incluso tu idioma ya no te va a servir en la ciudad.

Hablar moxeño no me sirve. No me ayuda a encontrar un trabajo. No me ayuda a relacionarme con otro, con vos, que sos quechua o aymara. Tiene que ver con la adaptabilidad de cada individuo. Creo que por eso se han ido perdiendo las cosas, la globalización te arrastra a que cumplas esos roles, y no hay otra cosa. Ahora es aprender inglés el desafío. Los indígenas ahora hablan inglés, porque nos estamos adaptando, porque estamos sobreviviendo, porque necesitamos vivir dignamente, tener una casa, etc.

MMB. ¿Cómo ves el horizonte o el futuro de las luchas indígenas y de la disidencia sexual?, ¿hay una agenda en común?

AMN. Yo veo ese futuro incierto. Las comunidades u organizaciones indígenas siguen defendiendo el territorio porque todavía hay explotación a la tierra.

Mamá soya, la tierra que nunca tuvimos.

Las y los compañeros [indígenas] no tienen tiempo de pensar sobre sexualidad o sobre género: están defendiendo su territorio.

Eso significa un pedazo de tierra para cosechar, para producir, para subsistir, para criar bien a sus hijos y sus hijas. En eso están preocupados los compañeros y a veces es difícil conectar las causas de la población LGBTIQ+. Tampoco es fácil conectar causas de las mujeres, como la despenalización del aborto. Aunque se practica el aborto con yerbas, pero se hace por debajito, con temor, arriesgando la vida.

Las compañeras y compañeros indígenas están preocupados porque no entren las transnacionales a quitarles sus territorios. Cuando pasa eso, las transnacionales desplazan a las familias y eso significa despojo permanente. No solo agarras tu maletita, tu ropita, arrastras a tus animales y a tus plantas a otro territorio. Es completamente diferente, no conoces el territorio, [no sabes] si es productivo, si es fértil, si se puede plantar cebolla, o lo que sea.

Es complejo reconectar las causas en este momento, pero se intenta cada vez. Lo digo porque lo he intentado de manera personal. Pertenecí a una organización de jóvenes indígenas en la ciudad que se llamaba Red JIASC. He intentado hablar de los derechos de las mujeres porque desde ese lugar lucho ahora. Entonces, tengo que defender el lugar de donde estoy situada en este territorio, pero no querían hablar sobre [población] LGBTIQ+.

Hubo una discusión feísima con un compañero afroboliviano que decía: “¿por qué pones esa bandera de maricas?, eso en los pueblos indígenas y afrobolivianos no debemos hablar, esa es otra agenda, que lo haga esa gente”. Ese espacio se volvió tan tóxico que yo decidí salirme y fue donde conecté con las maricas, con las trans.

Me sentí cómoda en ese lugar y por eso fundé La Pesada Subversiva. Allí repensamos muchos temas, con apertura a hablar desde el lugar indígena, trans, no binario, marica, machorra. Hay una pluriculturalidad que se siente. No se siente eso en otros espacios, ni en las comunidades indígenas, ni en las organizaciones sociales indígenas.

Sí hubo un intento [en las organizaciones indígenas], pero me dijeron: «Ahora no compañera, no es el momento de hablar de estos temas». Yo me pregunto: ¿cuándo es el momento, cuándo va a suceder eso?.

Hay divisiones de las luchas [sociales]. Es bien notorio: hay asambleas indígenas, pero nadie de la población LGBTIQ+ va porque dicen “que se organicen las indígenas”. Recién hubo asamblea del movimiento LGBTIQ+, es cerrada, y nadie puede ir de las comunidades indígenas. Entonces, ¿en qué momento podemos conectar si hay estas marcadas diferencias en nosotras como líderes y lideresas?

Cuesta instalar estos discursos, estos diálogos. Las mujeres indígenas u organizaciones feministas lo intentan y son echadas de los espacios territoriales indígenas.

Conozco casos de organizaciones feministas que han intentado entrar a la chiquitana, por ejemplo, y se sienten amedrentadas y vigiladas por los líderes [indígenas]. Creo que ese horizonte que tanto anhelamos las transfeministas, las disidencias sexuales, va a tardar.

También hay marcadas diferencias en los tres movimientos (las mujeres, las indígenas, la población LGBTIQ+) y todas cruzan por el mismo problema: decimos «nosotras somos primero», «No, nosotras somos primero»,  «esto es importante», «no, esto otro es importante». En realidad, todo a la vez es importante, el patriarcado, el sistema colonial capitalista nos hace mierda a la misma vez. Es lo único en lo que estamos en sincronía.

 


 

Entrevista a: Alejandra Menacho Noza.
Acción fotográfica: Mamá soya, la tierra que nunca tuvimos.
Redacción: Edgar Soliz Guzmán
Producción audiovisual: Movimiento Maricas Bolivia.

 

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Edgar Soliz Guzmán

Edgar Soliz Guzmán

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