Fotograma del documental "Cuando ellos se fueron" de Verónica Haro
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Cineclubcito siempre, siempre, nos trae grandes estrenos. Esta vez, a menos de un mes de su ingreso a salas ecuatorianas, el documental ‘Cuando ellos se fueron’, de Verónica Haro llega al país. Cinco ciudades podrán disfrutar de una película de memorias, reencuentros, sonrisas y mucha emoción.

Mariana Ríos

La directora ecuatoriana Verónica Haro registra la vida cotidiana de ocho mujeres mayores que son las únicas habitantes de un pequeñísimo pueblo del sur de Ecuador. El documental será proyectado en las funciones del Cineclubcito durante el mes de marzo.

La vejez llega inexorable para todos, cuando el tiempo y la contingencia así lo permiten. Los cuerpos se deterioran aun cuando la cultura de esta época intente controlarlos y alargar la vida artificiosamente. En palabras de la poeta paceña Mónica Velásquez :

“[…] nadie envejece en una sociedad anti-age ni muere tranquilo tras una fila interminable de máquinas que respiran y laten por uno”.

En la película de Verónica Haro, Cuando ellos se fueron (2018), la vejez de ocho mujeres viudas, las únicas habitantes de un pueblo ecuatoriano de 12 casas llamado Plazuela, es la imagen de otra vejez posible: la que no se entrega al control, sino que se acompaña con todo el cuerpo: en la soledad y los recuerdos, en la ausencia y las canciones que se bailan después de ser solicitadas en un programa de radio, en la energía de quien trepa árboles para cosechar sus frutos, extrae miel de las colmenas, lleva flores a las tumbas de los que ya no están y camina de la mano de sus amigas.

No es posible ignorar la vida en la edad avanzada y a pesar de que nuestro miedo a la muerte nos empuje a olvidar nuestra condición inevitable, la vejez necesita ser resignificada. Eso, precisamente, es lo que hace Haro en su opera prima, un retrato de la vejez de las mujeres que quedaron solas, cuando todos los demás se fueron.

Las historias de las ocho protagonistas se entrelazan con la de Haro porque suceden en el pueblo en el que nacieron su bisabuela, su abuela y su madre. El film comienza con el relato de la directora, quien recuerda la emoción de las vacaciones cuando visitaba a sus abuelos -Rosario y Rosalino- y no necesitaba nada más para ser feliz que estar ahí, junto a ellos. Las tardes de domingo de juegos con los demás nietos del barrio, el recuerdo del carrito de helados que llegaba de sorpresa y el temor que sentía ella al saber que su estadía llegaba a su fin.

Haro dice que, originalmente, la idea de la historia contemplaba a su abuela como protagonista del relato de aquel pueblo de mujeres viudas. Sin embargo, Rosario falleció antes de que su nieta pudiera empezar a contarla y tuvo que pasar un tiempo para que el relato se reencontrara. La película comenzó a filmarse el 2013, en los lugares que fueron parte de su infancia, en las casas vacías habitadas hoy sólo por mujeres y que tienen marcado el paso de los abuelos fallecidos hace mucho tiempo, de los hijos que vuelven alguna vez de visita y de los nietos que recrean el lugar en su memoria.

Plazuela es un pueblo tan pequeño y olvidado que da la impresión de que el tiempo se ha instalado entre los amplios ambientes de las casas, en las fotografías antiguas que cuelgan en paredes altas, en los jardines tomados por plantas y por animales que se encuentran cerca de calles poco concurridas.

Las imágenes de Haro son fotografías que registran las horas del día de cada una de las ocho abuelas. En la soledad, el día transcurre con un sinfín de actividades para las mujeres que se quedaron y que todavía hacen de aquel pueblo su hogar. “No tengo tiempo para estar triste”, dice Gloria, una de sus protagonistas, “todos me preguntan, ¿solita no estas triste? No tengo tiempo para entristecerme”, dice y continúa preparando la comida para alimentar a sus animales. Más tarde seguro estará acompañada por una vecina, prepararán la cena y cantarán canciones.

Pese a la soledad, ninguna de las abuelas quiso abandonar Plazuela para acompañar a sus hijos en otros lugares. Ese es su barrio, “a mí me parece bonito, no sé a las demás personas”, dice Lucrecia, otra de las mujeres, quien lava las papas que ha recogido de su jardín y luego junta la leña para cocinar.

Las reuniones en el pueblo aún mantienen la energía del pasado. La música y el baile acompañan a las mujeres que comparten su vejez como ellas quieren, las que todavía esperan al eterno carrito de los helados que continúa visitándolas por las tardes, las que cantan boleros románticos, “pasillos” como se dice en Ecuador.

“Por todo lo que hicimos tendrás que recordarme”, canta Lucrecia delante de la cámara. En un lugar tan pequeño que ni siquiera aparece en los mapas, el reencuentro con la vejez es agradable.

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