Obra "Choque" / Foto: Alejandro Loayza
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Hoy, en medio del encierro obligado por el Estado y el avance del coronavirus, se celebra el Día Internacional del Teatro. Para no desperdiciar la ocasión, tuvimos una charla íntima con la dramaturga cochabambina Claudia Eid, sobre su compañía El Masticadero y también sobre el teatro hecho por mujeres.

María Gabriela Flores

Claudia Eid es fundadora y directora del elenco teatral independiente El Masticadero de la ciudad de Cochabamba. Sus obras se presentaron en festivales nacionales e internacionales como el Bertolt Brecht, el Premio Nacional de Teatro Peter Travesí, el Festival del Mercosur, y Festival de Teatro Iberoamericano ¡Adelante!

Entre sus obras más reconocidas están «Desaparecidos», “La Partida de Petra”, “Posible pozo”, «El deseo de dios» y “Princesas”.

Hace poco, el 11 de marzo, el elenco cumplió 15 años. En todo ese tiempo, Eid y su compañía han desarrollado obras que, en muchos casos, combinaron artes escénicas diversas, danza y performance.

A lo largo de su trayectoria, sus preocupaciones, obsesiones y temáticas han ido consolidándose, tocando con una mirada muy refrescante y aguda la violencia, el machismo y la construcción del género en sociedades como la boliviana.

-¿Cómo nació El Masticadero? ¿Cúal fue la inquietud para crear un nuevo grupo de teatro?

El Masticadero nació como un colectivo de artistas de varias áreas en 2003, cuando montábamos la obra Tierra con Kiknteatr. La idea era que sea también una productora de obras de varios artistas, pero no llegó a desarrollarse como proyecto. Cuando me separé de Kiknteatr tomamos el nombre con el elenco con el que dirigí mi primera obra, Desaparecidos.

La idea de crear un nuevo grupo de teatro era comenzar a explorar una forma de hacer y decir propia, con una dirección que no sea asfixiante, como sucedía a veces en Kiknteatr, por lo menos esa era mi idea. Desde entonces trabajamos y seguimos trabajando.

Sin duda a momentos yo, como directora, me pongo asfixiante, pero el desafío para mí también está en concientizar eso y tener la libertad de ir errando para seguir aprendiendo. Tengo la suerte de que los artistas con los que trabajo entienden eso y tienen la capacidad de expresarlo cada vez que no están de acuerdo con el camino que tomamos. Tengo la suerte de que confían en mí, aún cuando yo misma no llego a confiar (risas).

-«El Masticadero», ¿a qué hace referencia? ¿Por qué les pareció que ese era el nombre?

Masticadero hace referencia al proceso, a la acción de masticar ideas e imágenes que pueden derivar o no en espectáculos. Varias veces tratamos de cambiar el nombre pero no tuvimos éxito, porque ya nos vemos y somos El Masticadero.

Somos eso que se mastica, que se procesa dentro de un cuerpo vivo y parece que tenemos la capacidad de escupir cuando es necesario.

Me refiero también a que muchas veces nuestros procesos quedan en proceso y entendemos que es parte de un camino.

-‘Desaparecidos’ fue la primera obra que presentaron como El Masticadero, ¿recuerdas cuáles fueron esas palabras entre el grupo minutos antes del estreno?

Fue el 11 de marzo de 2005 cuando estrenamos Desaparecidos, en una parte del jardín del Centro Patiño.

Supongo que lo que nos dijimos antes de entrar a escena juntos fue “mucha mierda”. Pero es difícil recordarlo.

Recuerdo, sí, que ese día de estreno tuvimos una pelea entre nosotros, normal ante la tensión de estrenar una obra. Esa pelea hizo que doblegáramos nuestra atención en el escenario.

Recuerdo, también, que esa función salió bien para mí y que mi madre y uno de mis hermanos estaban entre el público. Eso me resultaba muy emotivo.

-¿Cómo estaba la gente al finalizar aquella primera obra? ¿Qué comentarios recibieron?

La memoria me falla, recibimos felicitaciones, pero eso siempre sucede después de una función, por educación o por costumbre.

Lo rico fue que después nos siguieron pidiendo la obra, cuando la presentamos en el Festival Internacional de La Paz, en 2006, se me acercó una mujer para regalarme un libro que ella había escrito sobre su hermano desaparecido en dictadura. La obra no habla directamente de dictaduras, pero ese momento fue lindo porque sentí que los actores y la obra habían significado algo para ella que iba más allá de nosotros.

En estos 15 años, Desaparecidos es el texto que más ha viajado con o sin nosotros, sobre todo sin nosotros, incluso ha sido traducido al portugués.

Obra «Princesas» / Foto: Sofía Orihuela

-En El Masticadero priorizan las obras propias, escritas y dirigidas por ustedes mismas. ¿Qué historias querían y quieren contar?

Sí, parte de nuestras consignas es priorizar textos propios, porque entendemos que es importante el desarrollo de una dramaturgia propia y porque nuestro trabajo sale de nosotros mismos. Es difícil hablar de algo o cuestionar las cosas desde otra posición que no sea la nuestra, suena ombliguero, pero no sería honesto.

Esa posición puede ser buena, mala, cuestionable, pero es la más honesta que hemos encontrado y, aunque suene raro, es la menos pretenciosa para nosotros. Queremos contar nuestras historias. Sin duda es eso y cuesta darse cuenta.

-Varias de sus obras abordan historias con altas dosis de realidad y experiencias vitales, una especie de teatro documental. ¿Qué realidades les inquietan desde ese espacio?

Más que documental, nuestro trabajo es autoficcionado. Las realidades que nos inquietan, como decía antes, son las que tenemos a mano. Trabajamos normalmente entre mujeres y con personas de la comunidad gay o trans. No por una cuestión políticamente correcta, sino porque esos somos y solo desde ahí nos toca alzar la palabra.

-¿Dentro del teatro hay uno «hecho por mujeres»? ¿Crees que es un teatro diferente, con otra mirada? ¿Hay un enfoque, por decirlo de algún modo, «femenino»?

Sin duda, hay una diferencia en los procesos de mujeres o en los procesos que no son dirigidos por hombres heterosexuales.

Las reflexiones son distintas. Ni mejores ni peores, solo distintas. Hay una intimidad que es muy agradable y apasionante.

Sí, hay otro enfoque, no sé si sea un enfoque “femenino” porque las mujeres, gays, trans, etc. también somos machistas, pero hay una fragilidad expuesta que es capaz de romperlo todo. Hay más facilidad para cuestionarse y errar y para mí eso significa más libertad.

-¿Has encontrado tu propia voz en otras obras teatrales realizadas por otras mujeres?

Es difícil responder esto cuando todavía no sé cuál es mi voz, está en proceso esa búsqueda.

Admiro muchísimo el trabajo de otras mujeres y siempre recurro a ellas en los procesos creativos. Me gustan los textos de Sarah Kane, admiro mucho el trabajo de Lola Arias, solo por nombrar un par. Pero, además, contemplo y trato de robar la frescura y valentía de actrices como Lía Michel, Isabel Fraile, Bianca Shallow, Paola Salinas, Elena Filomeno, Piti Campos y hay muchas más que tengo el privilegio de conocer, pero también admiro el trabajo de muchos hombres.

Entiendo que aún estamos en el momento en que los géneros binarios nos hacen pensar en femenino y masculino, pero esa división no es tan importante para mí, en este momento, el género no hace un trabajo mejor.

Creo que hay una humanidad que es más interesante y ahí, donde esta se quiebra, es donde podemos encontrarnos.

Obra «Princesas» / Foto: Claudia Eid

-¿Cuáles han sido las mayor alegrías que te ha dado tu carrera como directora y actriz de teatro?

Pues, que nuestras obras hayan llegado más lejos de lo que alguna vez pensamos. Habernos presentado en el Cervantes en Buenos Aires o que hace unos meses hayamos podido estar en el Festival Adelante en Heidelberg, Alemania.

También haber llevado una obra con temática gay y trans (El deseo) a Punata y que al salir el público nos haya llenado de rosquetes dulces, que comimos con mucho gusto en el trufi que nos devolvía a casa.

Pero, sobre todo, encuentro satisfacción cuando encontramos algo juntos en un ensayo o en una función.

Una imagen que siempre tengo presente es cuando hacíamos las lecturas del texto de Desaparecidos y en algún momento los actores paraban y había silencio porque algo nos había conmovido. No atribuyo eso al texto, lo atribuyo al momento que estábamos creando juntos, a la conexión que teníamos y a las necesidades de cada uno, que estaban siendo satisfechas juntos.

Para mí, eso es el teatro: esa comunidad que hace magia con nada, que toca la humanidad con silencios.

 ¿El teatro es tu otra voz?

No sé. El teatro es mi forma de vida. No sé si tengo otra voz, no sé si tengo una voz. Pero en el teatro he encontrado un camino que no quiero dejar.

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