La escritora cruceña Giovanna Rivero, autora de '98 segundos sin sombra' | Foto: vía Palabra Viva
¡Comparte ahora!

La montereña Giovanna Rivero es una de las representantes bolivianas en el X Encuentro Iberoamericano de Escritores en Cochabamba. Si aún no la leíste, es tu oportunidad de acercarte a su última novela. ¡Lecturas wasísimas!

Mijail Miranda Zapata

“Cuento los segundos importantes, los segundos en que sucede o va a suceder algo radical”, explica Genoveva. 98 de esos segundos corresponden al tiempo en el que, al medio día, nuestras sombras desaparecen, dejándonos solos y suspendidos en un limbo de vértigo y felicidad. Este descubrimiento, esta manía por el detalle y su trascendencia, son los que dan pie a la última novela de la escritora cruceña Giovanna Rivero (Montero, 1972).

El relato de 98 segundos sin sombra (Editorial El Cuervo, 2016) se construye sobre una sola voz, sostenida página a página con gran consistencia y vigor. Rivero la consigue moldear con tal naturalidad que bien podríamos citar a Samuel Johnson, al referirse a la prosa de John Dryden: “Diríase que cada palabra cae al azar, aunque siempre cae en el lugar debido”. Esta cualidad, en el desarrollo de la narración, encaja perfectamente con el tono de la joven protagonista, de mente y emociones ágiles, capaz de resolver complejos puzzles filosóficos, religiosos, morales e incluso políticos, con movimientos y sentencias certeras e intuitivas.

Con el fondo jubiloso de Freddy Mercury y su “Bohemian Raphsody”, en 98 segundos sin sombra se proyectan imágenes poderosas, aterradoras, enternecedoras, recargadas de un misticismo sui generis, crudo, descarnado y también despreocupado. (“Imaginé a Madre con enormes grilletes en los tobillos, una reina vulgar en esta Babilonia, una especie de Laurita Vicuña de los infiernos”). Trazos violentos sobre un lienzo de sabiduría prístina, rabiosa, a veces naíf, mas nunca fútil.

Caught in a landslide.

Genoveva, la protagonista, está a punto de concluir el colegio. Vive en Therox, una ciudad intermedia permeada por el narcotráfico y que apenas comienza a conocer el asfalto. Sus días transcurren entre la modorra de este pueblo que parece ajeno a los movimientos del planeta tierra, la tragedia de su familia, la represión escolar y el refugio salvador de algunos pocos afectos y un diario llenado casi compulsivamente.

Sin aparentes puntos de fuga, sufriendo un encierro asfixiante, Rivero propone desde su escritura un ejercicio de desdoblamiento que permite a su personaje permanecer dentro la fortaleza en la que cumple la condena de haber nacido y, a la vez, habitar las periferias del país, el mundo, la familia, el sexo, su generación. Genoveva es una outsider por antonomasia, una fiel militante de la (auto)exclusión, una extraterrestre que consigue tomar distancia y obtener una perspectiva desde fuera. Por eso mismo, es capaz de ofrecer reflexiones tan lúcidas como brutales.

Así, Rivero sitúa su discurso en un péndulo hipnótico que se desplaza entre la libertad y la reclusión -Eros y Tánatos-, con gran intensidad, pero sin perder la armonía. Un flujo en el que el personaje principal, Genoveva, se descubre como una mente mordaz y luminosa, con una sonoridad desgarbada e incisiva. En ese vaivén, además, lo prosaico y lo celestial se suceden sin quiebres, como si los límites entre ellos no existieran. “Mi vida es la imposibilidad. La caca de Dios. Excremento sideral”, apunta Genoveva.

Therox, el reclusorio, es una urbe naciente y enferma, desahuciada prematuramente, habitada por seres también moribundos. Pero la muerte no llega y en la desesperación silenciosa de la espera, el aire se contamina con signos y sonidos que sumidos en el tedio y el aislamiento van perdiendo su razón de ser. Como si la vida fuera una lenta agonía, hecha para rellenar de palabras extraviadas. Genoveva parece descubrirlo y decide subvertir este orden, con un sencillo gesto, similar al que da nombre a la novela: desvanecerse, aunque no sin antes destruirlo todo.

Desde su mirada -configurada por su edad y sus implicaciones, su forma de experimentar su feminidad y cuestionar la de su entorno, la suma de sus aversiones y afectos-, consigue evidenciar ya no los rasgos del patetismo con el que los cuerpos -físicos, psicológicos, sociales- que habitan 98 segundos sin sombra se descomponen, sino los códigos que lo median y subyacen. Y es ante esta certeza, la de un manto mórbido e impertérrito ciñendo a sus protagonistas, la ciudad, la familia, la iglesia, la escuela, incluso la palabra, que Genoveva decide luchar, primero, y abolir, luego, lo preestablecido: comenzar de nuevo. Pero antes, deberá experimentar un recorrido de aprendizaje: develamientos y autoexploración. Y lo hace a través del camino más tortuoso posible: el de la palabra.

Gotta leave you all behind and face the truth

Genoveva encarna una avidez desmesurada por aprehender cada una de las voces y experiencias que la circundan. Un impulso desaforado por capturarlo todo, procesarlo y destilarlo. Las comillas que pueblan página a página 98 segundos sin sombra son el reflejo de una necesidad por registrar lo que se dice y hace alrededor, pero también aislarlo, mantenerlo al margen y urdirlo solo en la medida en la que esto le permite cimentar su propia y nueva lengua.

Pero esta voracidad también propicia una desesperación en medio del caos de palabras que estorban, que no nombran nada, pero inundan todo (“Patético es una de las pocas palabras leales del lenguaje”). ¿Qué salida tiene la protagonista cuando el mundo a copado de sinsentidos hasta lo innombrable? Descreimiento, destrucción, refundación. El descontento como arma de supervivencia. Ya con el espíritu desenfundado, Genoveva se decide a dar el gran salto. La desesperación como detonante del génesis.

Henry Miller decía que “la imaginación es la voz del atrevimiento. Si hay algo realmente divino en Dios, es eso. Se atrevió a imaginar el todo”. Y esa es Genoveva, una deidad en ciernes, que ante la imposibilidad de un escape concreto a su realidad, replantea su forma de entender el mundo, para adecuarlo a sus ambiciones.

Entonces, no estamos frente a la historia de una fugitiva, sino ante la búsqueda de una evanescencia, una desaparición, un retorno a esa ausencia que alguna vez fuimos, al silencio original, un paso atrás de la creación, el lugar en el que Genoveva puede, y es capaz, de formar su propio universo, a su imagen y semejanza, con enojo y violencia, esa alquimia alegre de la adolescencia.

Adolescencia entendida como un espacio sagrado en el que se le permite crear sus propios mitos, sin ataduras, siempre bajo el manto de la sorpresa, la desconfianza y también la ingenuidad. Un territorio en el que la única religión admisible es la que encarna rebeldía; genuina, íntima e indescifrable. Cuando el cinismo y la ironía eran actos reflejos, incontrolables, involuntarios y, por eso mismo, hermosos. Nada que ver con los gestos rebuscados y sosos que tentamos con el paso de los años. Belleza, dolor y rabia, acaso los únicos hilos con los que se teje la esperanza.

Anyway the wind blows 

Es posible afirmar que la travesía de Genoveva y la escritura de su diario no se desarrollan como una sucesión relatos, sino como un compendio de disquisiciones, opúsculos y ensayos, capaces de abordar con la misma sagacidad temas tan disímiles como el fracaso guerrillero de la Higuera, lo indescifrable desarmado desde la brujería y el esoterismo, los abortos clandestinos de la adolescencia, su sexualidad confusa y latente, o las características de la vida extraterrestre y un posible futuro en Ganímedes. Una vorágine de ideas e imaginación.

Estos ensayos, los que llenan el diario de Genoveva y nos son ofrecidos a través de Rivero, crecen como una enredadera, sus ramas se bifurcan, florecen, se infartan, se deshojan, pero siempre en franca progresión, invadiendo ora con ferocidad, ora con ternura, las paredes derruidas de un edificio que se niega a desplomarse –en franca alegoría a su ciudad, infestada por el narcotráfico y sus excesos; a las utopías sociales heridas de muerte por su propia vocación suicida; a instituciones, como la iglesia, la escuela o la familia, resquebrajadas por su propio peso y el brote de nuevas formas de entender el mundo. Quizás esa sea la estrategia de la adolescente (y la novelista), inundarlo todo de la propia voz -sus ramas, flores y espinos-, hasta fundirse con el paisaje y desaparecer en él y poder, al fin, ser y partir hacia otras formas de existencia.

“‘Érase una chica’, ese era el título más bonito del mundo sobre mi misma”, dice Genoveva, como presintiendo en la evanescencia una verdadera forma de felicidad.

Mientras va dejando la vida que llevó hasta ese momento, con una nueva brisa acariciándole el rostro, en sus adentros, la imagino recitando a Cristina Peri Rossi:

Babel, desnuda,/palpa, toca, roza, empuja, oprime:/sus manos son las palabras/de un mudo/que en el terror del silencio/sabe que hay un secreto.

Así se desvanece Genoveva: entregada a la incertidumbre, pero también a la revelación.

98 segundos sin sombra es, sin duda, la novela que muchos hubiéramos querido escribir y Genoveva es la adolescente que muchos quisiéramos (volver a) ser.

Twitter: @mijail_kbx

¡Comparte ahora!