Los sueños que la
pandemia postergó

En septiembre de 2020, cuando apenas superábamos los meses más difíciles de la pandemia, Yuly Esmir decidió retornar al Centro Infantil Municipal Flor de Alely.

Llevó consigo cepillos de dientes, dentífricos, jaboncillos y barbijos.

Acompañada de otras tres compañeras, Yuly retomó parte de sus tareas que habían sido interrumpidas con la llegada de la COVID-19 al país y la imposición de una cuarentena estricta.

Durante varias semanas orientó a “sus niños”, como les dice, en cómo prevenir el contagio del nuevo coronavirus a través de una higiene adecuada y el uso correcto del barbijo.

Junto a los pequeños, sus madres y padres también recibieron la orientación de Yuly.

De alguna forma, Yuly sentía que volvía a la normalidad. Atendía a los niños, les preparaba alimentos (con las raciones secas que habían sobrado algunos meses atrás). Cumplía con su labor de educadora y facilitadora. 

Excepto por un detalle: durante los casi tres meses que retornó a su trabajo en el centro Flor de Alely, en la zona de Villa Pagador, Yuly no recibió ninguna remuneración.

“Les hemos abierto las puertas. Se les ha dado sus barbijitos, sus cepillitos, se hacían el lavado de manos, hemos comprado alcohol. Las mamás se sentían felices, porque también les hemos dado apoyo escolar”, cuenta entusiasmada Yuly.

 

Pero la crisis sanitaria y económica la acechaba. Yuly gastaba su dinero en pasajes, alimentación, alguno que otro insumo para atender a los niños. Además, entregaba su tiempo y esfuerzo sin recibir nada a cambio.

Pese a su cariño por los niños y su vocación de servicio, no pudo continuar con ese ritmo.

Yuly tuvo una oferta de las madres para seguir trabajando a cambio de una pequeña retribución económica, pero tuvo que rechazarla para evitar posibles conflictos con la Alcaldía de Cochabamba, la principal responsable de los centros infantiles.

Yuly tiene 34 años y es madre de una niña. Antes de la pandemia trabajaba como “facilitadora de procesos” en un centro municipal que atiende a más de 50 niños en la zona sur de Cochabamba.

Desde hace más de un año Yuly se dedica a vender muñecas hechas en goma eva por las calles de Cochabamba. Al igual que muchas de las madres con las que trabajaba en su centro, se vio obligada a trabajar como vendedora ambulante.

Desde hace más de un año Yuly está desempleada.


Mujeres apoyando a mujeres

“Facilitadora de procesos” es el nombre técnico que utilizan las funcionarias para referirse a las mujeres que, como Yuly, trabajan en los centros infantiles municipales.

Según información proporcionada por la Secretaría de Desarrollo Humano del Gobierno Municipal de Cochabamba (GAMC), se necesitan 120 facilitadoras y manipuladoras de alimentos para atender los 29 centros que dependen de la Alcaldía.

21 de ellos están ubicados en zonas populares y son muy requeridos por madres y familias de escasos recursos.

Según nos explica Yuly, la mayoría de las mujeres que acuden a los centros son jóvenes. Trabajan como vendedoras ambulantes, cocineras, obreras y estudiantes. La mayoría dirigen hogares monoparentales.

“La mayoría son separadas, viudas, unas cuantas deben tener familia”, precisa Yuly.

Datos del Instituto Nacional de Estadística muestran que el 81.6% de los hogares monoparentales en el departamento de Cochabamba están sostenidos por mujeres.

Esto equivale a unas 81 mil familias.


Guarderías y mejores empleos

MH., quien nos pidió mantener su nombre en reserva, es una de esas mujeres cabeza de familia. Es madre soltera y vendedora ambulante.

Tampoco quiere compartir su edad, pero con seguridad no supera los 30 años. Trabaja vendiendo frutas sobre una carretilla por el centro de la ciudad.

Desde 2020 no sabe donde dejar a su niña que acaba de cumplir tres años. “Está inquieta, no se puede vender. Hay que atenderle también”, cuenta casi con resignación.

M.H. comenzó a recurrir a los servicios de los centros infantiles municipales en 2019, para poder trabajar y sostenerse económicamente. Con la llegada de la pandemia perdió esta opción y ahora debe llevar a su hija envuelta en un aguayo mientras recorre la ciudad.

Antes del nacimiento de su hija, M. H. trabajaba como empleada doméstica, “cama adentro”.

Pero todo cambió después de su embarazo. “No te quieren agarrar cuando estás con wawa”, nos dice con pena e insistiendo en que las autoridades deberían abrir los centros infantiles cuanto antes.

Según el informe Tiempo para el cuidado. El trabajo de cuidados y la crisis global de desigualdad, publicado por OXFAM en enero de 2020, el apoyo con servicios de guardería para las mujeres influye directamente en la calidad de sus empleos.

“En aquellos países donde los Gobiernos ofrecen apoyo a los servicios de guardería, ya sea a través de la provisión directa o de subvenciones, el 30% de las mujeres tiene empleos remunerados, frente al 12% en los países que carecen de políticas de este tipo”, se lee en el documento.


Una ley pionera

Fue precisamente en febrero de 2019 que el Concejo Municipal de Cochabamba aprobó la ley municipal 380 de Corresponsabilidad en el Trabajo de Cuidado no Remunerado para la Igualdad de Oportunidades.

En la primera semana de marzo, la norma también fue promulgada por el “alcalde suplente temporal” Iván Tellería.

Aunque esta ley representa un hito a nivel nacional y regional, al ser la primera en su tipo en el país y una de las pocas en la región, está lejos de ser un referente replicable. 

La 380, entre otras obligaciones, establece que el GAMC debe garantizar “la accesibilidad física, económica, territorial y temporal a los servicios de cuidados, en función a la demanda”.

Desde hace más de un año, esta responsabilidad no es asumida por la Alcaldía.

Los centros infantiles municipales representan solo uno de los pilares de la norma, pero son uno de los principales ejes de acción en cuanto a políticas de corresponsabilidad en las tareas de cuidado. Incluso a nivel nacional.


La pandemia y los cierres

En un análisis de 2019 del Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza, se detalla que la inversión en igualdad y equidad de género de los municipios de Bolivia está principalmente orientada a programas y proyectos sobre corresponsabilidad en el cuidado de la familia (57%).

En esta inversión se incluyen, especialmente, programas de atención y cuidado de la niñez, guarderías municipales, internados, entre otros.

En el caso del departamento de Cochabamba, los fondos destinados por los municipios a políticas de corresponsabilidad equivalen al 1.18% de sus presupuestos de inversión. En 2019, estos recursos fueron ejecutados en un 93.24%.

Con la pandemia estos pequeños avances se vieron trastocados.

Por ejemplo, según detalló de manera escrita la secretaria de Desarrollo Humano de la Alcaldía de Cochabamba, Jhenny Rivero, en 2020 el presupuesto para los centros infantiles comunitarios familiares fue de 6.5 millones de bolivianos.

Estos recursos, dice Rivero, fueron revertidos y devueltos al Estado. Con los centros cerrados, los fondos no pudieron ser utilizados.

Para este año, el presupuesto de los centros es de 4.3 millones de bolivianos. 2.2 millones menos que la gestión anterior.

Desde la Secretaría de Desarrollo Humano dicen que aún esperan la autorización del Servicio Departamental de Salud para reabrir los centros. Es decir, esa inversión, destinada a un servicio de corresponsabilidad de cuidados, también está en riesgo de perderse.


Trabajos de cuidado precarizados

“Millones de bolivianos” suena a una inversión importante. Pero si desgajamos la cifra, lo cierto es que las trabajadoras de los centros infantiles municipales están más que precarizadas. 

Reciben una paga inferior al salario mínimo nacional. No tienen contratos formales, no cuentan con ningún tipo de beneficio social, nunca tuvieron un aguinaldo. 

Ni siquiera pueden llamarle “sueldo” a su remuneración, porque, según explican, se trata de una especie de “bono”. 

Yuly explica que hasta 2019 recibieron 448 bolivianos de la Gobernación y 1,032 de la Alcaldía. Menos de 1,500 bolivianos por jornadas de más de ocho horas.

Es como si los trabajos de cuidado, ejercidos mayoritariamente por mujeres, no tuvieran el valor que merecen ni siquiera enmarcadas dentro una normativa municipal o un ámbito institucional. 

Las “facilitadoras”, como las llaman desde las oficinas municipales, prefieren reconocerse como educadoras. Pero su labor es mucho más compleja.


Trabajos de cuidado, los mil oficios

Tabie Mamani tiene más de 20 años de experiencia en trabajos de cuidado dedicados a niños. Comenzó su carrera muy joven. En el camino quedó viuda y debe hacerse cargo de su hija sola. 

Tabie dice que la labor de las educadoras en los centros infantiles municipales es integral. “No llevan un letrero en la frente con un título”, pero hacen de médicas, enfermeras, psicólogas, trabajadoras sociales. 

Las educadoras colaboran con las madres para poner al día las vacunas de los niños, en los trámites para los certificados de nacimiento, gestionan convenios con centros médicos aledaños. 

La lista de tareas que desempeñan parece inagotable y cada una es fundamental para las familias que acuden a ellas. 

Tabie cuenta que la atención que brindan comienza a las 07:30 de la mañana y puede extenderse hasta las 18:00. Más de ocho horas de trabajo que son retribuidas con el equivalente a un salario por media jornada.

“Le damos esa oportunidad a la mamá, de que pueda venderse, pueda estudiar y pueda trabajar”, dice entusiasmada Tabie. 

Cuando habla de las madres, Tabie repite que están agradecidas y felices con el trabajo de las educadoras en los centros infantiles municipales. 

“Ahora con la pandemia, todo el tiempo me llaman preguntando cuándo van a empezar (‘las clases’)”. Las mamás trabajadoras que de alguna manera se beneficiaban con los servicios de las educadoras se sienten perjudicadas y frustradas. 

“No sé dónde dejarle a mi hijito”, le dicen algunas mamás a Tabie. Otras le cuentan que deben salir a vender a las calles con sus niños amarrados a las carretillas o sus cochecitos con mercadería.


Redistribución de los trabajos de cuidado

Cuando las funcionarias de la Alcaldía, e incluso las educadoras como Yuly o Tabie, hablan sobre los centros suelen poner la mayor parte de su atención en el cuidado de los niños. “La protección de la infancia”.

Hablan muy poco sobre las repercusiones positivas que tienen los centros y esta redistribución pública de las responsabilidades de los cuidados en la vida de las mujeres. O lo hacen de manera tangencial, secundaria.

Pese a que la ley municipal 380 está específicamente orientada a esta problemática, como su propio nombre lo evidencia: “Ley de Corresponsabilidad en el Trabajo de Cuidado no Remunerado para la Igualdad de Oportunidades”.

El valor de la norma y los servicios de cuidado que ofrecen los centros infantiles municipales, en el imaginario de sus principales protagonistas, sigue girando en torno al cuidado de la infancia, antes que en una inversión en igualdad y equidad de género.

Esta inversión no es caprichosa. Según la cartilla Tiempo de cuidado de OXFAM, las mujeres en Bolivia invierten casi el doble de su tiempo, cada día, en trabajos domésticos y de cuidado, en comparación con los hombres.

Esta cantidad de tiempo se incrementa si sus hogares no cuentan con servicios básicos (agua potable, electricidad, alcantarillado), tal como sucede en buena parte de las zonas periurbanas de Cochabamba.

Esta imposición desigual de trabajos de cuidado no remunerados sobre las mujeres bolivianas repercute directamente en sus posibilidades de estudiar, encontrar mejores fuentes de empleo, ejercer una ciudadanía plena y tener una participación política dentro sus comunidades.

Por supuesto, también degrada su bienestar físico, mental y emocional.

La distribución desigual de las tareas de cuidado atrapa a las mujeres en un circuito de pobreza e injusticias.

Sin respuestas

Aunque las autoridades ediles siguen sin encontrar alternativas para reinstalar los servicios de cuidados para los hijos de las madres trabajadoras, comerciantes y estudiantes de las zonas más alejadas de la ciudad, ya se tiene prevista la reapertura de la Ludoteca Municipal.

Esta ludoteca está ubicada en el centro de Cochabamba. Según nos cuentan Yuly y Tabie, este espacio generalmente es ocupado por gente que cuenta con recursos económicos y no atiende las necesidades de la población más vulnerable.

La jefa del Departamento de Promoción de la Infancia, Raquel Nogales, explica que la ludoteca podría estar disponible a partir de la segunda semana de julio. La atención podría alcanzar a unos 10 niños, según sus estimaciones.

Casi nada, comparado con los más de mil que recibían los 29 centros repartidos estratégicamente por todo el municipio. Todavía menos si comparamos esa decena con los más de 70 mil niños menores de cinco años que viven en esta ciudad.

No obstante, este podría ser un primer paso importante para la restitución del funcionamiento de los centros infantiles municipales.

Nogales explica que, de momento, trabajan en el reacondicionamiento de los centros, la capacitación a su personal en medidas de bioseguridad y la implementación de protocolos para una posible reapertura.

Pero todas estas medidas se esconden tras un velo de incertidumbre: estando a mitad de 2021, luego de más de un año del cierre de sus actividades, desde la Alcaldía aún no saben si podrán reabrir los centros infantiles municipales.


"Nuestros derechos"

Yuly cuenta que recientemente participaron en varios talleres en los que discutieron sobre las implicancias del patriarcado y los derechos de las mujeres. Son temas en los que comienzan a trabajar con mucho entusiasmo. 

Las áreas de conocimiento de las educadoras de los centros nunca dejan de expandirse. 

Pero incluso antes de la pandemia, cuando trabajaban activamente en sus centros, las educadoras como Yuly o Tabie hacían mucho más que brindar cuidado a bebés y niños. 

Por ejemplo, incentivaron el uso de métodos anticonceptivos entre las madres que dejaban a sus niños en los centros. Trataban de romper los tabúes respecto a su sexualidad con los que llegaban. 

Hablaban con ellas sobre la autonomía de sus cuerpos y el derecho a una maternidad deseada y voluntaria.

En otras ocasiones, prevenían situaciones de vulnerabilidad y violencia, brindando orientación a aquellas mujeres que aparecían por las mañanas con sus niños y algún signo de posibles agresiones. 

O alertaban a las madres sobre situaciones de riesgo en la seguridad de sus hijos en sus hogares. Las educadoras de los centros infantiles también son agentes clave en la prevención de abusos sexuales en niñas y niños. 

No olvidemos que la violencia sexual contra la infancia en su mayoría es perpetrada al interior mismo de la familia o el círculo más inmediato.

El rol de las educadoras en sus comunidades es integral y fundamental para apalancar transformaciones que permitan transformar las vidas de las madres con las que trabajan y la de los niños que atienden.

Su trabajo influye directamente en la igualdad de oportunidades en favor de las mujeres de las zonas populares y la reducción de las brechas de género que las condenan a un bucle de pobreza y exclusión.

Ellas están conscientes de su impacto. Por eso buscan, desde hace más de un año, alternativas para atender a los niños. Nunca dejaron de movilizarse. 

En algún momento, incluso, propusieron trabajar en brigadas móviles para brindar apoyo a las familias de los niños que asistían a los centros. 

Por ahora, pese a tener las manos atadas y golpeadas también por los efectos de la pandemia, aún no pierden las esperanzas de volver a sus centros para trabajar por sus comunidades.

Seguirán luchando para que su trabajo sea reconocido como merece, nos dicen.

Texto: Michelle Nogales

Edición: Mijail Miranda

Reportería: Michelle Nogales, Brenda Molina y Mijail Miranda

Videos: Michelle Nogales y Mijail Miranda

Fotos: Muy Waso, Alcaldía de Cochabamba y Asociación de Educadoras de Centros Infantiles Municipales de Cochabamba

Edición web: Michelle Nogales

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