Es julio de 2025 y Javier «Chicharito» Hernández —ese hombre cuyo único y valorable mérito evidente es haber movido una pelota con cierta destreza durante algunos años— decide ilustrar al mundo sobre el orden natural de las cosas.
«Mujeres: están fracasando», dice desde su automóvil lujoso con la solemnidad de quien ha descubierto el fuego.
«Encarnen su energía femenina cuidando, nutriendo, recibiendo, multiplicando, limpiando, sosteniendo el hogar que es el lugar más preciado para nosotros los hombres.»
La coincidencia es tan perfecta que da risa: pocas semanas después, ocho candidatos presidenciales bolivianos —todos hombres, qué sorpresa— se sientan frente a las cámaras para debatir sobre el futuro de un país donde las mujeres son más de la mitad de la población.
Y hablan de ellas en los mismos términos que Chicharito: como si fueran un problema a resolver, un grupo vulnerable a proteger, una fuerza laboral para administrar el negocio familiar eficientemente.
El manual del hombre proveedor
Hay algo inquietante en observar cómo los hombres con micrófono desarrollan una certeza inquebrantable sobre lo que las mujeres necesitan, quieren y deben hacer.
Es un fenómeno que trasciende fronteras: lo mismo da un delantero mexicano en las horas bajas de su carrera que ocho aspirantes a presidir Bolivia (con trayectorias igual de decadentes).
El discurso es idéntico, apenas cambian los matices. Chicharito lo pone en palabras simples: las mujeres deben «permitirse ser lideradas por un hombre».
Los candidatos bolivianos, más sofisticados en las formas aunque no en el fondo, prefieren verbos como «proteger», «ayudar», «beneficiar».
Pero el mensaje es el mismo: nosotros proveemos, ustedes reciben.
¿Qué dicen los números?
Los números son despiadados en su elocuencia.
En el más reciente debate presidencial boliviano, ocho hombres se enfrentaron en pugnas pueriles durante más de 120 minutos sin hablar del futuro de 11 millones de habitantes.
Las mujeres fueron mencionadas 57 veces en total, aunque de manera superficial y estereotípica.
Hagamos las cuentas: aparecemos cada dos minutos, pero solo para ser carne de cañón entre acusaciones y adornitos de igualdad tecnócrata. Menciones sin sustancia que esconden un silencio sistemático.
Cuando Chicharito dice «no le tengan miedo a ser mujeres», está articulando exactamente lo mismo que los candidatos bolivianos expresan con sus frasecillas genéricas y su uso utilitario de las violencias que enfrentamos a diario. Porque las mujeres que cuestionan el poder y el orden patriarcal les dan miedo.
Mejor que se queden en roles complementarios, auxiliares, decorativos. “Nostros proveemos, nosotros las cuidamos”.
Las madres, las víctimas y las emprendedoras
Eduardo del Castillo habla del programa «No estás sola» para madres trabajadoras. Samuel Doria Medina ofrece capacitación para «emprendedoras». Rodrigo Paz propone un «salario universal de la mujer» (que engañosamente asegura tener dentro de su programa de gobierno).
Todos enmarcan a las mujeres en tres categorías que Chicharito resumió magistralmente: las que cuidan (madres), las que sufren (víctimas) y las que pueden ser útiles económicamente desde el hogar (emprendedoras).
Es la misma taxonomía que el futbolista mexicano explicó en sus videos virales: «Ustedes, mujeres, tienen que aprender a honrar la masculinidad», mientras «nosotros estamos aquí con ganas de amarlas, cuidarlas, respetarlas y proveerlas». Los candidatos bolivianos usan un lenguaje más pulido pero la estructura es idéntica: nosotros proveemos/protegemos/decidimos, ustedes reciben/agradecen/obedecen.
La diferencia es que Chicharito fue sancionado por la Federación Mexicana de Fútbol, criticado por la presidenta Claudia Sheinbaum y abandonado por patrocinadores.
A los candidatos bolivianos, en cambio, nadie los cuestiona. Se nos obliga a tomar partido por ellos y su simulación democrática.
Es el privilegio de la política: puedes decir exactamente lo mismo que un futbolista enajenado por discursos masculinistas conservadores, pero si lo envuelves en propuestas y planes de gobierno, queda como visión de Estado.
El silencio sobre lo que importa
Los datos son contundentes: Bolivia registró 84 feminicidios en 2024, un aumento del 3.7% respecto al año anterior. La Fiscalía atendió 51.770 casos por violencia de género en 2023. El presupuesto destinado a combatir la violencia contra mujeres se redujo 76% en 2025.
¿Mencionó alguno de estos datos algún candidato? No.
¿Habló alguien de derechos reproductivos en un país con altas tasas de embarazo adolescente y las trabas sistemáticas en el acceso a Interrupción Legales del Embarazo? Tampoco.
¿Se refirió alguno a la economía del cuidado que sostiene la sociedad? Ni de casualidad.
Es más fácil hablar de «madres solteras que necesitan ayuda» o de «reducir el consumo de alcohol» que cuestionar un sistema que sostenemos con la sobrecarga de las tareas de cuidado en medio de la crisis.
Es más cómodo prometer «apoyo a emprendedoras» que cuestionar por qué las mujeres ganan 26.5 % menos que los hombres por el mismo trabajo.
Es más elegante ofrecer «protección» que abordar por qué 8 de cada 10 mujeres en cargos de decisión sufren violencia política.
¿Y las mujeres indígenas?
Chicharito, en su delirio patriarcal, habló de «mujeres» en general. Una simplificación digna de un “simp”. Pero los candidatos bolivianos hicieron algo peor: invisibilizaron completamente a las mujeres indígenas en un país plurinacional.
Andrónico Rodríguez, quien se presenta como representante campesino, las menciona de manera tangencial y solo para hablar de «normativas», «protección de derechos» y una “inclusión” con tintes coloniales.
Esta omisión es reveladora en un país que cuenta con lideresas y luchadoras sociales, emergentes y con amplia trayectoria. Pero estas voces parecen ser poco conocidas para una izquierda de Palacios de Gobierno y Asambleas lujosas.
Entre todos los candidatos, es más fácil hablar de madres, «empresarias» o emprendedoras —un concepto peligrosamente normalizado para referirse a la precariedad laboral— antes que de sistemas comunitarios de cuidado o formas propias de organización social impulsadas por mujeres.
La violencia machista, el alcohol y la comodidad
Cuando Samuel Doria Medina reduce los feminicidios a un problema de alcoholismo, está haciendo exactamente lo que Chicharito: convertir la violencia estructural en una falla individual.
«Atacar el problema del consumo excesivo del alcohol», propone, como si los feminicidios fueran accidentes de tránsito.
Esta despolitización de la violencia machista es el núcleo del problema.
Chicharito al menos es explícito en su machismo: quiere que las mujeres «honren la masculinidad» y acepten ser lideradas. Los candidatos bolivianos son más sutiles, pero aún más patriarcales: hablan de violencia como si fuera un fenómeno meteorológico, algo que pasa, no algo que se produce y reproduce desde el ejercicio del poder.
De 538 casos de violencia política contra mujeres, solo 10 llegaron a sentencia ejecutoriada: una tasa de impunidad del 98.1%. Pero ningún candidato menciona estos números.
Es más cómodo hablar de «protección» en abstracto que de impunidad en concreto.
El poder explicado desde el coche o el hotel de lujo
Hay algo revelador en que Chicharito haya grabado sus videos desde un automóvil. Es la metáfora perfecta del poder masculino: móvil, privado, con capacidad de alejarse cuando las cosas se complican.
Los candidatos bolivianos, desde sus atriles en un hotel de lujo, reproducen la misma lógica: hablan desde una posición de exterioridad, como quien observa un problema ajeno e impone soluciones técnicas.
Cuando Chicharito dice «nosotros no conocemos el cielo sin ustedes», está articulando la misma dependencia emocional que los candidatos expresan con sus propuestas paternalistas: necesitamos que existan para cuidarlas, pero no que interpelen nuestra potestad sobre el destino del país.
El síndrome Chicharito
Chicharito terminó pidiendo disculpas después de las sanciones, las críticas y la pérdida de patrocinadores. Dijo que «reflexionaría» y que buscaría «expresarse con mejor claridad». Es el script perfecto del hombre que aprendió que hay formas más elegantes de decir lo mismo.
Los candidatos bolivianos, no se disculparán por nada.
Su armadura patriarcal está tan normalizada e institucionalizada que pasa como una propuesta de gobierno más.
Al final, el síndrome Chicharito no es es de un futbolista mexicano que perdió la cabeza en las redes sociales. Es sobre un sistema social y político que produce dinámicas patriarcales con naturalidad y sin vergüenza.
La diferencia entre el delantero y los presidenciables no está en lo que piensan sobre las mujeres, sino en qué tan bien han aprendido a venderlo.




