Un feminismo peligroso: cuando se jerarquizan las opresiones

Detalle de "La Educación" (1960) de Miguel Alandia Pantoja. Foto: Dominio público

«Si el feminismo no se hermana urgentemente con la clase trabajadora, difícilmente podrá seguir denominándose como una lucha antipatriarcal», comenta Sofía Gabriel en nuestro nuevo sector de opinión y discusión Tribuna Libre.

No puede interesarme, en absoluto, ninguna postura social y política si es que no está antes atravesada por disputas de clase.

Que a los feminismos «apolíticos» se les dé muy bien por tildar a los movimientos populares de patriarcales es, precisamente, el impulso de borrado de todas las ramas que existen. Es la posesión de la verdadera disputa entre estos feminismos y los grupos obreros que buscan organizarse en partidos para enfrentarse al capitalismo desde el ala política.

El concepto de que sea urgente encontrar una despatriarcalización sistemática dentro de estos movimientos es sobreentendido. El error lo dan al confundir la búsqueda de esa despatriarcalización como un sinónimo de feminismo.

Se vuelve un deber hablar de la forma en la que el neoliberalismo coopta los movimientos de resistencia cada vez que el posmodernismo, apoyándose en la pérdida progresiva de conciencia de clase, fragmenta de manera reaccionaria las identidades.

Negar a la clase trabajadora el agruparse en partidos políticos en una sociedad profundamente colectiva, esperar una revolución social que anule las jerarquías de clase e intentar comprender las estructuras de los movimientos comunitarios según el contexto coyuntural, mientras se reduce todo a patriarcado, es literalmente la encarnación de la burguesía convertida en movimiento dentro del feminismo.

Que solo identifiquen patriarcado en estos sectores populares organizados debería decirnos mucho sobre cómo jerarquizan opresiones. Al hacer esto no pueden, o no quieren, identificar que la mujer obrera no está atravesada únicamente por el patriarcado.

Qué violentos y peligrosos se han vuelto los feminismos inmersos solamente en sí mismos como principales fronteras de lucha y carentes totales de horizontes políticos. La revolución social también está relacionada con la organización del proletariado en agrupaciones y partidos políticos.

Rechazar estos principios de organización en esta sociedad económicamente condicionada, desconoce totalmente la necesidad impuesta a lxs trabajadorxs por su vida cotidiana y su actividad productiva. Así se amplía la mitología del «individuo autónomo» que destruye las posibilidades que tienen las bases sociales de agruparse en función colectiva, con el fin de oponer un frente al fascismo en los terrenos políticos.

Esta fetichización anárquica dentro de la izquierda por perder y perpetuar la derrota es lo que fervientemente les hace creer que con el autosabotaje de “no construir”, ni ejercer el poder estatal, pueden mantener un sentido de “pureza” mítica que les ha transmitido la superestructura ideológica religiosa que vino con el advenimiento del colonialismo y el capitalismo temprano.

Les molesta que la clase trabajadora no haya construido aún un paraíso socialista y que se preocupe más por tomar medidas para asegurar su propia supervivencia. Les molesta que el pueblo tenga que organizarse en un aparato estatal revolucionario para construir los mecanismos necesarios y así evitar su subyugación nuevamente.

Debe exigirse todo desde lo antipatriarcal y el derrocamiento del sistema opresor sexo-género desde la lucha de clases, sí. Pero pedir que dentro de los instrumentos colectivos se priorice el feminismo llega a ser muy peligroso: significaría excluir a las compañeras obreras y campesinas.

No se nos debe olvidar que también el feminismo romántico e individualmente blanqueado fue parte del golpe de Estado.

Los movimientos sociales y populares buscan también una liga de fuga fuera del feminismo desde la despatriarcalización al ser este un espacio muy violento para las mujeres obreras, pobres, racializadas, trans, putas.

A las estructuras proletarias les falta esa fuga de despatriarcalización, no feminismo. Y al feminismo le falta una reivindicación urgente de batallas sociales que interpelen sus prerrogativas de clase.

Los orígenes del feminismo toman a la mujer blanca de primer mundo como sujeto político para defenderse de la reproducción de jerarquías autoritarias que los hombres blancos de su misma tanda social imponían, poniéndolos a ellos mismos como referentes de igualdad.

Este mismo feminismo burgués es el que se enfada cuando se habla de la necesidad de reconocer al Estado como herramienta y como símbolo de relaciones enfrentadas de clase. Un Estado que no puede extinguirse de la noche a la mañana, sino una vez que estas relaciones sociales hayan cambiado de raíz.

Si el feminismo no se hermana urgentemente con la clase trabajadora, difícilmente podrá seguir denominándose como una lucha antipatriarcal.

La praxis revolucionaria implica tomar posiciones que pueden parecer moralmente contradictorias, pero que son la única solución para alcanzar transformaciones estructurales.

Mientras dentro del movimiento feminista se continúe excluyendo y agrediendo a compañeras que optaron por la izquierda partidista, el feminismo continuará siendo un espacio seguro solamente para algunas mujeres.

Mientras no sea un espacio seguro para todas las mujeres, el feminismo continuará siendo irrelevante para las mujeres obreras del sur global.

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