Resistencia Juvenil Cochala: monos con navajas en una bomba de tiempo

Presumen tener más de cinco mil motoqueros en sus filas, listos para el enfrentamiento contra machos igual de patriarcales y desaforados. ¿Qué sucede cuando un grupo de choque se convierte en una célula parapolicial? ¿Qué sucede cuando convierten a un adolescente violento en una voz autorizada? Miedo, violencia y destrucción. 

«No vamos a pelear con estas hijas de puta, pero necesitamos ayuda en Cala Cala», esas son sus órdenes. Pese a que muchos de los audios en los que instruye las acciones de sus «escuadras» se filtraron antes, habla sin desparpajo: está consciente de su impunidad. Ciertos sectores urbanos cochabambinos lo arropan como un hijo predilecto, a pesar de su perfil más bien dado al pandillerismo, como el de muchos de sus colaboradores.

Durante los conflictos postelectorales, los medios de comunicación locales se encargaron de construir una narrativa en la que se reivindicaba y ponderaba su «liderazgo» frente a una organización que revelaba muy temprano su carácter violento, casi delincuencial. Entonces se lo conocía como «Yaz», a secas. Con el tiempo, tomó mayor protagonismo y con sus fuerzas consolidadas como un aparato parapolicial, perdió vergüenza y decidió hacer público su nombre. Lo mismo sucedió con su círculo más cercano.

Fue capaz de memorizar un par de consignas políticas que va hilando con torpeza cada vez que tiene enfrente alguna cámara. Pero su naturaleza lo traiciona. Cada tanto lanza una amenaza, se esfuerza en resaltar su hombría, es incapaz de articular más de cinco palabras sin hablar de su fuerza bruta y su potencial destructivo.

Refleja muy bien el espíritu de un colectivo articulado y movilizado por el odio clasista y racista. Sin embargo, su torpeza no podría ser de ninguna forma el sostén de un grupo irregular cada vez mejor armado, organizado y que, recientemente, presumió tener más de 5 mil motoqueros en sus filas. Quienes lo controlan se divierten soltándole la cadena, pero le reacomodan el bozal cuando comienza a incomodar. Lo cuadran.

Su organigrama es militar, se distribuyen la ciudad zonificándola y consolidando escuadras. Tienen sus «bases» con «municiones» distribuidas en distintos puntos de Cochabamba. Su argot es el de la guerra. En su lógica estamos en medio de un conflicto cuasi bélico. De ahí su peligrosidad. Pero hay más. Coordinan acciones y reciben información de autoridades y fuerzas policiales. Cuanto este tipo de información se filtra, no tienen ningún reparo en confirmarla. Se sienten protegidos.

«No vamos a pelear con estas hijas de puta», dice Yassir Molina, pero segundos después complementa las órdenes: «vamos a tener que ir a la Plaza (14 de Septiembre), alístense todos, con los de la plaza vamos a pelear». Horas después, publicará un video en el que intenta mostrarse conciliador, heroico, noble. Pero su naturaleza lo traiciona otra vez. «Para mí los cobardes y maricas son ustedes», lanza con la homofobia característica del macho violento.

En el mismo video, con un gesto adolescente, llama a sus «enemigos» -a esos machos que desde el otro extremo también intentan demostrar su fuerza y resolver las tensiones sociopolíticas a puños y bala (esos que sí son demonizados por la opinión pública y los medios)- a concertar una pelea: «puño a puño, pecho a pecho».

Un adolescente violento, formado en artes marciales, con adiestramiento militar básico, al frente de una tropa también imberbe, de motoqueros enajenados y con todo tipo de armas (caseras, de fuego, contundentes, cortopunzantes). Monos con navajas en el núcleo mismo de una bomba de tiempo. Ese es el verdadero problema, el verdadero peligro de la Resistencia Juvenil Cochala.

Las «hijas de puta» a las que hace referencia con desdén Molina son diversos grupos de colectivas feministas organizadas para exigir la desarticulación y procesos penales en contra de su célula parapolicial. Son las primeras que se atreven a hacerle frente al peligroso grupo de choque, que cuenta con la venia de los sectores más conservadores de la sociedad cochabambina y boliviana, además de la protección de sus padrinos políticos y económicos.

Sin ningún tipo de horizonte ideológico, los monos con navajas responden únicamente a su olfato, cada vez mejor entrenado: sabuesos de sangre y billetes. Guiños con Jeanine Áñez, fotografías con Arturo Murillo, placas conmemorativas desde el Gobierno transitorio, pero también candidaturas con Creemos (de Luis Fernando Camacho) y «hermandades» con figuras de la Unión Juvenil Cruceñista (UJC). Monos con navajas bailando con el que mejor les sonríe: una bomba de tiempo, incluso para quienes los organizan, entrenan y financian.

Un adolescente violento, verborrágico e impulsivo como referente de una lucha que insiste en llamarse «democrática», pero que muestra un rostro cada vez más retrógrado, fascista y antipopular.

Si el Movimiento Al Socialismo, las corruptelas de sus cúpulas sindicales y sus alevosos grupos de choque eran antidemocráticos, la consolidación de organizaciones como la RJC y la rearticulación operativa de la UJC, con siniestros personajes como Camacho en un frente y Branko Marinkovic acariciando el poder desde el mismo Palacio, son un directo atentado contra la democracia y las conquistas sociales de las últimas décadas (que no son patrimonio de ningún partido político ni patronato sindical, como quieren hacer ver desde los medios masivos).

En diciembre de 2019, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (un órgano principal de la OEA), en las recomendaciones de su informe preliminar sobre el conflicto postelectoral pidió «desmantelar los grupos armados particulares que han ejercido la violencia contra la población civil en todo el país, del bando que sean». Sin embargo, en los últimos meses lo que se ha visto es el robustecimiento de estas organizaciones parapoliciales, incluso con acciones coordinadas con las fuerzas represivas del Estado, en términos logísticos y organizativos.

Esta dinámica patriarcal de ejercer la fuerza para imponer un ordenamiento social, no hace más que exacerbar un clima de tensión y detona reacciones igual de torpes, machistas y violentas en el otro extremo, ese que fue alimentado por la retórica paternalista y criminal de Raúl García Linera y otras figurillas de ese calibre.

Desde el poder tensan los hilos de sus monigotes para volver a sembrar odio, miedo y violencia. Mientras estemos más polarizados, mientras la construcción del «enemigo» que nos impongan esté más difusa, mejor se acomodan las fichas en su disputa por el trono. Por eso alimentan a los monos con navajas, por eso engordan la bomba de tiempo, porque nos quieren aterrorizadxs.

Para las feministas, queda claro con la manifestación en contra de la RJC, que el miedo dejó de ser una opción.

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