Imagen referencial del uso de un teléfono celular | Pixabay
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¿Qué lugar ocupan en el imaginario colectivo cada uno de los videos de odio que difundes para reforzar tu punto de vista? ¿Esta dosis de «pornoviolencia» es culpable del violentohoyo en el que nos hundimos? ¿Estás dispuestx a reflexionar sobre el uso irracional de tus redes sociales?

Valeria Canelas

Lo que ha pasado hoy en El Alto ha sido terrible.

Estoy segura, porque he leído algún testimonio, que mucha gente ha pasado miedo y angustia ante una turba de gente que se hizo violentamente con el poder de administrar la libre circulación.
De esta forma, se creó, al igual que en algunos puntos de bloqueo en Santa Cruz, una suerte de frontera arbitraria en la que unas personas tenían el poder sobre otras, impunemente.

Cada día que pasa, este conflicto muestra lo peor de nosotros. Lo fácilmente que caemos en la lógica de la turba furiosa y lo dispuestos que estamos a establecer espacios de excepcionalidad en los que podamos ejercer el poder despóticamente sobre otros.

Es nuestra versión nacional y más descarnada de la dialéctica del Amo y el Esclavo. Necesitamos someter al otro para que así nos reconozca como amos y señores de nuestra democracia, en la que nuestros votos valen más que los de los otros.

Lo sucedido esta mañana también muestra otra cosa que es fundamental tener en cuenta: el papel de envenenamiento masivo de la convivencia que están jugando las redes sociales.

Vi que en El Alto había gente que quería que las personas de Santa Cruz se arrodillaran para pasar por su violenta frontera espontánea. Esto evidentemente era una venganza, una respuesta llena de odio al vídeo que circula en redes en el que se humilla terriblemente a una mujer gremialista cruceña, que acaba de rodillas y suplicando piedad entre lágrimas, como seguramente le exigieron los amos de la frontera con la que se topó.

Es decir, hoy en El Alto querían hacer justicia y obligar a personas que nada tenían que ver con el ataque a la mujer en Santa Cruz a pasar por la misma humillación.

Esta retroalimentación, que incluso genera la repetición perversa de los gestos del desprecio, debería llevarnos a todos y a todas a una profunda reflexión ética acerca del papel que estamos desempeñando al mostrar y compartir obsesivamente esos vídeos, como si fueran simplemente argumentos que refuerzan nuestra postura.

Sin embargo, son mucho más que eso, son una irrupción violenta en nuestra sensibilidad, que acaba adormecida e incapaz de sentir piedad por un cuerpo que sufre, a menos que ese sufrimiento alimente nuestro odio. Son nuestra dosis diaria de pornoviolencia, son nuestro aprendizaje de nuevos métodos de maltrato. Son, a este punto, nuestro alimento cotidiano para odiar a ese otro que rabiosamente queremos someter.

Esos vídeos nos están convirtiendo a todos en potenciales maltratadores, en sujetos violentos e incapaces de convivir con quién piensa y vota diferente, en potenciales tiranos indolentes.

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