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«Pepe Le Pew cancelado», ¿por qué se viralizan estos debates?

Viñeta a propósito del debate sobre Pepe Le Pew. Ilustración: The Freckled Finger

¿Por qué algunos debates nos obligan a librar batallas encarnizadas en las redes sociales? ¿Quiénes y cómo controlan la economía de nuestra atención? Es momento de preguntarnos por qué nos importan más los memes de Pepe Le Pew antes que temas realmente urgentes.

De toda la información y el ruido que circulan por internet, siempre hacemos una selección, supuestamente libre, a partir de la cual elegimos formarnos una opinión. Pero lo cierto es que la reflexión debería apuntar no únicamente al tema sobre el que opinamos, frecuentemente en «público» en nuestras redes, sino a la propia forma en la que ese tema reclama nuestra atención.

Prácticamente nada de lo que sucede en las redes, ningún debate que, súbitamente, cobra una relevancia desmesurada, obedece a una casualidad. Hay una economía de la atención y hay diversos intereses pugnando por administrarla. Todo el tiempo.

Quizás un primer paso para ser una usuaria crítica de las redes sería pensar por qué determinado debate —con frecuencia, polarizado y polarizante— reclama nuestra atención. Por qué ese debate se le ha impuesto a la opinión pública y ha cobrado esa relevancia, que la gran mayoría de las veces oscurece otros temas, generalmente, mucho más urgentes.

Además, como el debate en cuestión les genera tráfico a las webs que deciden publicar cualquier aspecto relacionado, los medios de comunicación, hambrientos por aumentar el flujo de visitas, entran de lleno en el debate.

Esto es lo que está pasando con el tema de las caricaturas (Mr. Potato, Lola Bunny, Pepe Le Pew). Una cuestión, en apariencia, banal. Sin embargo, lo cierto es que los debates culturales funcionan muy bien como mecanismos polarizadores.

La masiva producción cultural que ha generado el propio debate —memes, metamemes, artículos, vídeos nostálgicos, etc.— nos indica que, obviamente, se ha visto que este tema es útil para polarizar la opinión pública y, en consecuencia, se ha invertido cantidad de recursos para viralizar este tema que, más allá de su relevancia para la sociedad, súbitamente se ha vuelto urgente.

Mucho más urgente que, por ejemplo, la violencia misógina en la red que no deja de aumentar y que constituye una amenaza real para la vida de las mujeres.

Pero, casualmente, vemos que este «inocente» debate ha cobrado una inusitada relevancia en los días cercanos al 8 de marzo, fecha internacional de la lucha de las mujeres. Y no nos engañemos, este debate cultural entra de lleno en una estrategia de ataque al feminismo, como suele pasar con gran parte de los discusiones sobre la llamada cultura de la cancelación.

Por fuera de la postura puntual que adoptemos en estos temas, lo cierto es que suelen ser debates que se usan para atacar al feminismo, generando una opinión pública polarizada y reactiva ante cualquier crítica que pueda enmarcarse en temas propios de la «ideología de género».

Muchos eligen pronunciarse sobre el peligro de esta «amenaza totalitaria», pero no dicen nada sobre las demandas centrales, y de orden absolutamente vital, que constituyen el motor del feminismo.

Por ejemplo, deberíamos estar analizando mucho más el crecimiento exacerbado de la violencia misógina en las redes. Y deberíamos preguntarnos si al compartir memes ocurrentes sobre los Looney Toons, que —oh! sorpresa— suelen compartir también las cuentas trolls que atacan sistemáticamente a cuentas de mujeres y colectivos feministas, no estamos siendo absolutamente funcionales a los discursos que alimentan esa violencia digital, que además, en muchos casos, llega a ser delictiva.

Hace poco ha salido un preocupante informe, que señala que 3 de cada 4 periodistas mujeres han sufrido violencia digital y que, durante la pandemia, la tendencia va en aumento.

¿Por qué estos datos y las denuncias de las continuas agresiones en red que sufren las mujeres no se han «viralizado», aunque muchas veces impliquen que se están cometiendo delitos a la vista de todo el mundo? ¿Por qué en el espacio digital latinoamericano se está hablando más de Pepe Le Pew o Lola Bunny, y no del aterrador ataque —con fotos de mujeres muertas (repito, mujeres muertas)— que sufrieron el 8 de marzo dos escritoras latinoamericanas en una clase en Zoom?

Entre otras cosas, porque no hay granjas de bots ni ejércitos de trolls haciendo memes sobre la violencia digital, ni siguiendo estrategias estudiadas de cómo dirigir la atención de la población en general hacia determinado tema.

Es más, los memes viralizados desde determinadas instancias —generalmente, bastante difusas— lo que hacen es dirigir los debates, y las emociones que estos generan, hacia una polarización sobre temas muchas veces irrelevantes, que logra desplazar a la más absoluta periferia de nuestra atención cuestiones de orden vital.

Pero es que el tema de las caricaturas funciona muy bien, no solo porque la relevancia que cobra en el debate público oscurece otros temas bastante más urgentes, sino porque condiciona a la opinión pública respecto a otros temas mucho más graves que denuncia el feminismo, como la violencia misógina digital y su relación directa con otros tipos de violencia.

Basta analizar la dinámica de muchos temas y memes, su circulación masiva en los días cercanos al 8M, para deducir que este «contenido», que se convierte en un «argumento de peso» contra los excesos de la «dictadura» feminista, tiene la clara función de generar una opinión pública reactiva frente a las demandas feministas.

Es decir, estos debates no solo desplazan a la periferia de la agenda comunicativa y crítica temas como la violencia digital machista, sino que predisponen a la gente a tener una opinión negativa sobre todos los temas que le «suenen» feministas, porque seguramente lo que este movimiento busca sea censurar y quitarnos la libertad de expresión. ¿Dónde vamos a parar?

Así, mediante una viralización polarizada se logra banalizar debates serios y quitarles el lugar urgente que deberían ocupar en la opinión pública, súbitamente atrapada en una defensa nostálgica de los Looney Toons.

La única solución es mantener una actitud crítica hacia nuestra propia atención y preguntarnos todo el tiempo:

¿Por qué me interesa este debate?

¿Por qué se está viralizando este debate?

Si tengo tiempo, puedo hacer un rastreo rápido, a través de determinados hashtags o palabras que se repiten, para ver qué tipo de cuentas, además de usuarios reales, comparten memes sobre este tema.

Si veo actividad sospechosa —una cuenta manifiestamente troll entrando de lleno en el debate, cuentas matrícula (muchas de ellas bots) recién creadas compartiendo memes frenéticamente— es bastante probable que haya un interés grande como para invertir medios, es decir, mucho dinero, en que ese debate cobre relevancia.

¿Dónde se inserta este debate para que merezca la pena la inversión? ¿Quién está imponiendo el marco?

¿Qué otras noticias o debates se han dado en este tiempo y han requerido mucha menos atención de mi parte o directamente ninguna? ¿Por qué?

¿A qué posturas políticas beneficia este debate?

Finalmente, es curioso que estos debates culturales se planteen como si, en última instancia, lo que estuviera en juego fuese la libertad de expresión, cuando lo cierto es que esos mismos debates nos están quitando las herramientas para tener una opinión libre que expresar.

Es decir, habría que preguntarse si está dinámica mayoritaria de las redes no reduce radicalmente las posibilidades de tener una opinión no condicionada y dirigida por intereses de los que muchas veces no somos ni siquiera conscientes.

Los memes, muchas veces, funcionan como fábricas industriales de argumentos empaquetados, que luego empleamos de forma completamente acrítica, confundiendo consignas con argumentos.

Por ejemplo, un argumento fast food, expresado en memes, en el debate de las caricaturas es:

Pepe Le Pew vs Bad Bunny

Pepe Le Pew vs Puka, Bruja del 71….

Obviamente, estos memes se han compartido de forma masiva, generando un goce cognitivo en aquellos que piensan que compartiéndolos son «ocurrentes» y están asentando el argumento definitivo en ese tema que, de pronto, parece urgente para todo el mundo.

Aunque probablemente la gran mayoría lleve muchos años sin haber pensado en Pepe Le Pew o en Lola Bunny, y ya no digo cuántos sin haber visto los episodios que ahora se recuerdan en un arranque de nostalgia.

La nostalgia, por cierto, funciona muy bien como herramienta de polarización, al igual que como aliciente de consumo, que es a lo que estos debates frecuentemente nos llevan: no hay otra opción que consumir el «a favor» o el «en contra». Y esta relación -consumo/polarización- es fundamental, entre otras cosas, para entender lo que realmente implica la economía de la atención.

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