Payasitos se organizan para enfrentar olvido estatal e informalidad

Hay sectores económicos escondidos entre la informalidad laboral y el ninguneo del Estado que fueron duramente golpeados por la pandemia.

Los payasos y artistas de fiestas infantiles en La Paz y El Alto se organizan para reivindicar su oficio, dialogar con las autoridades y cuidarse en medio de la emergencia. 

Pasó casi un año desde aquella “celebración” del 31 de agosto de 2020.

Las restricciones más rígidas de la pandemia se habían levantado y la Asociación de Payasos y Artistas de Fiestas Infantiles de Senkata decidió festejar con un viaje a la Apacheta, un espacio al aire libre que funciona como parada entre La Paz y Copacabana.

Quisieron ir allí, donde las wawas se acomodan a lado de la carretera con la esperanza de recibir regalos, ropa y algunas monedas de los turistas y viajeros que recorren ese camino.

“Eran muchos niños —cuenta el payaso Chocolatín—. Uno se me acercó corriendo y me abrazó con una fuerza que yo sentí que me decía ‘tanto tiempo no te he visto’”.

Con el recuerdo, los ojos de Chocolatín se ponen llorosos. Se esfuerza por contener las lágrimas. Su nombre es David Ramos y trabaja en el arte de hacer sonreír desde 2014.


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David queda desplazado de a poco y Chocolatín va tomando color. Se acomoda en la silla, se toca la cara, vuelve a sonreír. Es una ráfaga de anécdotas. “Estamos mejor”, repite, sin animarse a recordar del todo el 2020.

Fue un año difícil para los payasos, poco trabajo y muchas carencias: cambiaron los malabares circenses por malabares económicos.

David Ramos, artista de fiestas infantiles que trabaja bajo el nombre de Chocolatín.

Cuando Chocolatín recibe la pregunta de cómo hicieron para sobrellevar las dificultades de la cuarentena rígida reacciona como un interruptor. Pasa de encendido a apagado. La seriedad le frunce el ceño y comienza hablando de su mamá.

“Nadie estaba preparado para esta situación en cuanto a lo económico y psicológico. En agosto y septiembre ya se ha sentido más. Nuestros vecinos fallecieron y no podíamos acompañarlos por temor a los contagios”, cuenta Chocolatín.

“He tenido que salir a buscar trabajo, porque soy el hijo mayor y mi papá no estaba en La Paz. Él es transportista y se quedó (varado) en Cochabamba”, agrega.

Con todas las fiestas infantiles canceladas y cualquier otra actividad restringida, la pregunta de todos los días entre los payasos era “qué podemos vender hoy”.

Así es que Chocolatín cambió los globos de colores, los zapatos grandes y su nariz colorada por chuño remojado en baldes, gelatinas en bolsa y dulces.

Economía informal, antes y después

El Fondo Monetario Internacional, en su informe Economías sombrías en todo el mundo: ¿qué aprendimos en los últimos 20 años?, calificó a Bolivia como la segunda economía informal más grande de Sudamérica, ubicándola en el puesto 17 entre los de 150 países que se incluyeron en el estudio.

Con la llegada de la pandemia al país, la situación fue especialmente difícil para los rubros y oficios que se desarrollan en la informalidad. Como es el caso de los payasos y otras artistas dedicados a la animación de fiestas infantiles.

Según el Observatorio Laboral del Banco Interamericano de Desarrollo, entre marzo de 2020 y mayo de 2021, el empleo en el sector de las actividades artísticas fue el tercero más afectado por la pandemia, con una caída del 26.93%.

Por otra parte, como se observa en el documento COVID -19 en Bolivia: En la senda de la recuperación del desarrollo del PNUD, entre julio de 2019 y el mismo mes de 2020, Bolivia incrementó su tasa de desempleo urbana del 4.7% al 11.8%.

Actualmente, se calcula que dos millones de bolivianos en edad de trabajar están sin empleo. La mitad de ellos perdieron sus fuentes laborales en los meses de cuarentena rígida, según el Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (CERES).

En ese contexto nació la Asociación de Payasitos de la zona Senkata. Tienen menos de un año de vida y 22 personas inscritas. Chocolatín es su presidente.

En medio de la emergencia sanitaria, estos profesionales de la sonrisa necesitaban unirse para pedir ayuda a las autoridades y, en caso de recibirla, organizarse para que las entregas sean justas.

Esta pequeña asociación es parte del Comité Nacional de Artistas y Payasos, donde están registradas unas dos mil personas. La mayoría son jóvenes estudiantes.

Organización y “protestas”

“Nos llegaban cartas de asociaciones de todo el país para que nosotros, en La Paz, llevemos a la Presidencia”, cuenta Yoel López, actual presidente de la Asociación de Payasitos y Artistas de Fiestas Infantiles de La Paz.

Además de los payasitos, incluyen a titiriteros, magos y pintacaritas (artistas que maquillan a los niños con motivos infantiles). Hay 514 de estos trabajadores registrados oficialmente en La Paz y cinco mil a nivel nacional.

“No hubo un (solo) Presidente que reciba a los payasitos, como hacen con mineros, comerciantes y otros trabajadores”, reclama Yoel.

El dirigente calcula que enviaron unas 20 cartas solicitando reuniones con autoridades nacionales para exponer las necesidades del sector.

“Los payasitos no vamos a protestar con huelgas de hambre o tomando instituciones, porque somos educadores y eso no lo vamos a hacer. A lo sumo podemos marchar, como hicimos el Día del Niño por los casos de infanticidios”, explica Yoel y detalla que estas son “reglas” que tienen en su institución.

Yoel también es periodista de radio. Esa fuente laboral es la que le permitió pasar con más tranquilidad los días de cuarentena rígida.

Solidaridad inesperada y olvido estatal

“Yo lo quiero mucho y todos lo respetamos, lo queremos desde antes de que nos ayudé”, dice Chocolatín sobre el futbolista boliviano Marcelo Martins.

El delantero de la selección boliviana tiene todo el cariño de los payasitos en El Alto por haber enviado más de 300 canastas con víveres. Lo hizo sin que nadie se lo pidiera.

Las gestiones se hicieron a través del hermano del deportista profesional y el apoyo llegó en el momento más crítico: durante los meses de agosto y septiembre los ahorros de muchos payasitos se iban como agua entre los dedos.

En ese punto, muchos de los dirigentes ya estaban llamando a todas las instituciones posibles en busca de solidaridad.

Comenzaron tratando de contactar a la exministra de Culturas Martha Yujra, poco antes de la desaparición de esa cartera gubernamental. Pero nunca encontraron respuestas.

Algo así viene sucediendo desde hace más de 15 años con la Ley del Artista. Pese a las precariedades y vulnerabilidades a las que se ha visto expuesto el sector artístico, sigue sin avistarse siquiera la discusión de la norma.

Las sonrisas de Lanita

Cuando trabaja de payasita, Vilma Condori Franco lleva el nombre de Lanita.

Ella recuerda una niñez tranquila, juegos, amigos, la escuela y fiestas de cumpleaños.

Recuerda también que, en lugar de reír a carcajadas con los shows de entretenimiento infantil, ella analizaba uno a uno los trucos, las rutinas y las canciones que usaban los que, años después, serían sus colegas.

Mientras jugaba con unos peluches pensó que su nombre tenía que ser así de suave.

Vilma se casó con otro payaso y llegaron a trabajar juntos. Pero ella quería ir un poco más allá en el negocio del entretenimiento: toda fiesta infantil necesita globos, una piñata, arreglos y más.

Vilma y su esposo juntaron capital, ella organizó todo y, desde entonces, tienen una tienda en la zona de Senkata dónde puede ir a trabajar con sus dos niñas.

“A los clientes yo les atiendo, les explico los paquetes y si quieren (el servicio) ya no más, o quieren payasita mujer, pues, yo voy”, explica Vilma.

La tienda de cotillones de Vilma pudo desaparecer durante la pandemia. Pero ella se dio modos de sostener el negocio. Una estrategia fue abrir la tienda todos los días, sin falta, cuando las restricciones se levantaron.

Así garantizaba, explica Vilma, que los clientes reciban el mensaje de que «nuestra atención es constante».

En sus palabras, Vilma enaltece el oficio de los payasitos. Cuando quiere volver a ser una niña, Vilma llama a Lanita y deja que ella tome el control por unas horas.

“Me siento feliz en este trabajo. Pero fueron difíciles esos días (de la cuarentena). Junto a mi esposo salíamos a vender, no dejamos de trabajar. Vendimos chuño remojado según el peso que podía cargar”, rememora el 2020.

Lanita está afiliada a la Asociación de Payasitos de Senkata.

David Ramos (Chocolatín) y Vilma Tapia (Lanita), en una tienda en la zona de Senkata, El Alto.

Menosprecio al oficio

Alex Ayala en su libro Ser payaso es cosa seria hace una emotiva exploración en la vida de los payasos bolivianos. El periodista y escritor cuenta, a través de los testimonios de los mismos payasos, la lucha de estos obreros de la sonrisa por el respeto a su trabajo, las muestras continuas de discriminación y la pobreza generalizada que no quiere irse.

Yoel López, el dirigente de los payasitos y periodista radial, confirma las observaciones de Ayala y se suma a las voces que exigen respeto a su sector, el menosprecio de las autoridades e incluso los estereotipos que alimentan algunos adultos sobre los payasos para atemorizar a los niños.

Yoel explica que todas las formas de supervivencia han sido ideadas desde la necesidad y desde la ausencia del Estado. Es por eso que considera que los payasitos deben ser incluidos en una posible Ley del Artista.

En este sentido, la principal demanda es la de un seguro de salud ampliado que garantice el acceso a atención médica de calidad y oportuna. Más aún en medio de una situación de emergencia como la de la pandemia.

Desde 2020, decenas de artistas fallecieron a causa de la COVID-19, en muchos casos por falta de recursos para cubrir los gastos de servicios médicos y fármacos.


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