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“No me arrepiento”: ¿qué pasa cuando los anticonceptivos fallan?

Autora: I. L. E.

Vivimos la jornada del 28S con intensidad, leyendo los testimonios de muchas compañeras. Recibimos varias historias de víctimas de la clandestinidad. Aquí una crónica íntima sobre un aborto en La Paz. Un relato donde la culpa no tiene cabida. ¡La maternidad será deseada o no será!

No me arrepiento. No sentí culpa ni preocupación. No veía cuerpos de bebés desmembrados en pesadillas ni me mortificaba ver a wawas en brazos de sus madres.

Cuando me practicaron el aborto sentí alivio. Pensaba en mis materias de la universidad, pensaba en la siguiente exposición y cómo repartir las responsabilidades en el grupo. Pensaba en ese fin de semana que vería a mis primas.

Pensaba en mí.

Dos por ciento

Cuando quedé embarazada, usaba como método de anticoncepción la T de cobre. Mi caso estaba por fuera del 98% de efectividad que presumen los dispositivos intrauterinos.

Supe de mi embarazo antes de un examen en la universidad.

Junto a mi pareja no teníamos mucho que pensar, teníamos la decisión tomada. Una amiga acompañó el proceso. Siempre decía que le preocupaba si podría vivir con eso, con ser mamá sin terminar mis estudios. Seguramente no.

Antes de todo, había imaginado un posible dolor en el pecho, profundo. La dificultad de tragar saliva o miradas inquisidoras acechándome sin cesar. Tenía el número de una psicóloga anotado en mi libreta, imaginando que sería preciso contactarla si caía en un cuadro de depresión.

Mi plan después de abortar, con solo cuatro semanas de gestación, era continuar mi vida sin fantasmas de ningún tipo. Acudir a la psicóloga, felizmente, no fue necesario.

Ninguna mujer aborta en medio de sonrisas, no es una decisión fácil, pero podría ser menos compleja sin los prejuicios que la sociedad nos recarga.

Minibar

Decidí no esperar. Consultamos por “el servicio” en clínicas privadas, los precios eran muy altos. Ni siquiera pidiendo dinero en casa iba a juntar esos tres mil bolivianos.

Me ofrecían el mejor servicio: ginecólogos, anestesia general y minibar. ¿Para qué iba a querer un minibar después del aborto?

Optamos por otro escenario. Uno mucho más riesgoso, pero era lo único que podía pagar. Aunque mi amiga tenía sus reparos respecto a mi decisión, hizo de prestamista sin juzgarme.

En la zona Garita de Lima de La Paz, los letreros que anuncian ecografías y pruebas de sangre, también pueden leerse como “aquí se practican abortos clandestinos”.

En el mismo sector donde venden carne de cerdo por mayor, también se ven muchos de estos letreros.

El comercio prolifera en las calles con vértigo. Entre los edificios, vida y muerte.

No quería ser mamá en ese momento y podía evitarlo. Pero tampoco quería terminar con una hemorragia en el hospital de mi seguro.

Coca Cola en la carnicería

Subimos varias calles, cerca del Cementerio General.

Rápidamente nos entregan una ficha que decía: cancelado, extracción molar y el sello de una gaseosa.

No esperaba buen trato, tenía claro el peligro que representaban el “médico” y sus ayudantes. Así fue, antes de cumplir con su tarea, uno de ellos quiso brindarme una clase de “moralidad”. Luego, la enfermera me reprochó por llevar las uñas pintadas.

En la sala de espera, una mujer que hacía de recepcionista comía una sajta.

Primer piso: una televisión encendida derramando su ruido por las ventanas abiertas. Segundo piso: silencio.

El olor de la comida me persigue y se incrusta en mis fosas nasales.

Pienso en la universidad, los trabajos, las exposiciones. En el siguiente fin de semana con mis primas. Pienso en mi habitación esperando un cambio de colores. Pienso en mí.

En la planta alta nos conducen a una habitación larga, con cuatro camas. Entro junto a otra mujer igual de joven.

En una de las camas, una paciente que fácilmente podía tener la edad de nuestras mamás se vestía para irse. Me animé a preguntarle si pensaba marcharse así, sin ningún tiempo de descanso.

Después del aborto, al menos una hora de reposo, pensaba yo.

Tal como denuncian los colectivos feministas ingresamos como a una carnicería.

La joven que me acompañó fue la primera. Mientras, yo debía alistarme.

Cerraron la puerta con llave, pero hice el ejercicio de girar la perilla, sin la intención de irme, sino por distracción. En el encierro, revisé cada rincón de esa habitación. Estaba sola, mi compañero no pudo subir.

Cuando la “enfermera” abre la puerta para llamarme, sale otra mujer mucho mayor. Oculta su rostro con gestos grandes. Prefiero no incomodarla y bajo la mirada.

Dejo mi ropa marcada. Ojalá no me roben nada, pienso.

A través de un estrecho pasillo de paredes celestes, llego hasta una habitación de un frío ártico. Imagino que así se sentiría estar desnuda en la calle, en plena madrugada paceña.

Pisos y paredes de azulejo, cama de azulejo, sin sábanas ni ninguna otra tela que aplaque el frio.

Me ordenan sentarme, echarme, no mirar a los costados. Es otro “médico”, no reconozco la voz del primer hombre que quiso venderme un sermón.

La enfermera toma mi brazo y busca una vena. El “doctor” la frena y dice: no, no, es de Coca Cola.

¿Qué significaba eso?

El aborto

No alcanzamos a pagar una atención con anestesia y no podría describir el dolor que sentí.

Primero un frio intenso de los utensilios quirúrgicos, después el fuego en mi útero. Finalmente, un sonido sordo, algo que se rompe.

¿Cómo aguanté el dolor?

Miraba el zócalo del lugar, reprimiéndome. Por un momento el dolor físico esfumó cualquier otra cosa de mi cabeza. Todo en mí era dolor.

Unos diez minutos después, el esfuerzo para sentarme se sintió igual a recibir una golpiza a patadas en el vientre y la espalda.

Un poco encorvada, pero lúcida, volví a la habitación del principio. No sentía culpa. No hubo complicaciones, no hubo problemas después. Tuve suerte. Los planes siguieron. Los anticonceptivos también.

En la clase de religión, en el colegio, fueron insistentes: nunca podrás vivir con el recuerdo de un aborto. ¡Mentira! Pura manipulación sin escrúpulos, una amenaza adelantada, premeditada, para meternos miedo y anular nuestro derecho a decidir.

Fui responsable con la anticoncepción, pero no hay métodos infalibles. No me arrepiento, tampoco me enorgullezco, pero sí estoy segura de algo: tuve suerte, sobreviví.

Han pasado siete años desde entonces, sigo aquí. Continué con mi vida y también decidí ser madre.

No me arrepiento.

¡La maternidad será deseada o no será! ¡Aborto, libre, seguro, gratuito!

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