Imagen referencial sobre el coronavirus. | Foto: Pixabay
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El miedo y el pánico son el negocio de especuladores de todo tipo, desde los económicos hasta los políticos. No seamos marionetas. No dejemos que el egoísmo se sobreponga al bien común, no pongamos la desiformación por encima del conocimiento ni los prejuicios y credos por encima de la razón.

Abdu Sharkawy

Soy médico y especialista en enfermedades infecciosas. Llevo más de 20 años atendiendo pacientes enfermos diariamente. He trabajado en hospitales urbanos y en los barrios marginales más pobres de África.

En mi profesión hay poco a lo que no he estado expuesto: el virus del VIH-SIDA, la hepatitis, la tuberculosis, el síndrome respiratorio agudo grave (SARS), el sarampión, la culebrilla, la tos ferina, difteria. Con la notable excepción del SARS, pocas epidemias y enfermedades me han dejado sintiéndome vulnerable, abrumado o francamente asustado. No le temo al coronavirus.

Claro, me preocupan las implicaciones de un nuevo agente infeccioso que se ha extendido por todo el mundo y continúa encontrando nuevos puntos de anclaje en diferentes territorios. Estoy preocupado por el bienestar de aquellos que son ancianos, que tienen salud frágil o están marginados por los servicios de atención, ellos están más propensos a sufrir, desproporcionadamente, a manos de este nuevo flagelo.

Pero no le tengo miedo a coronavirus.

Lo que me asusta es la pérdida de razón y la ola de miedo que ha llevado a las masas de la sociedad a una espiral de pánico desmesurada, almacenando cantidades obscenas de cualquier cosa que pueda equipar adecuadamente un refugio antimisiles en un mundo postapocalíptico.

Tengo miedo de que las máscaras N95 sean robadas de hospitales y clínicas de atención urgente -en donde las necesitan para los proveedores de atención médica de primera línea- y que además ahora se repartan en aeropuertos, centros comerciales y cafeterías, perpetuando, aún más, el temor y la sospecha hacia los demás.

Tengo miedo de que nuestros hospitales se vean abrumados con aquellos que piensan que “probablemente no tienen el virus, pero que también quieren y acuden a ser revisados sin importar qué, porque nunca se sabe…” y entonces aquellos con insuficiencia cardíaca, enfisema, neumonía y derrames cerebrales pagarán el precio de lidiar con salas de espera de Emergencias desbordadas de pacientes sanos, con médicos y enfermeras insuficientes para evaluarlos y atenderlos.

Tengo miedo de que las restricciones de viaje sean tan amplias que se cancelen bodas, se pierdan graduaciones y no se materialicen reuniones familiares. Y bueno, incluso esa gran fiesta mundial llamada Juegos Olímpicos. Eso también podría ser suspendido y eliminado. ¿Te lo puedes imaginar?

Tengo miedo de que esos mismos temores epidémicos limiten el comercio, perjudiquen las asociaciones en múltiples sectores, los negocios y otras actividades económicas semejantes y que, finalmente, todo esto culmine en una recesión global.

Pero, sobre todo, me da miedo el mensaje que le estamos transmitiendo a nuestros hijos para cuando se enfrenten a una amenaza. En lugar de raciocinio, comprensión y altruismo, les estamos enseñando que entren en pánico, que tengan miedo, que sospechen, reaccionen y se interesen solo por sí mismos.

El coronavirus no está cerca de desaparecer. Vendrá en algún momento a una ciudad, a un hospital, a un amigo, incluso a un familiar cercano, a ti mismo. Espéralo. Deja de pensar que te «sorprenderá». El hecho es que el virus en sí mismo probablemente no hará mucho daño cuando llegue. Pero nuestros propios comportamientos y nuestra actitud de “lucha por ti mismo por encima de todo” podrían resultar desastrosos.

Les imploro a todos. Moderen el miedo con la razón, el pánico con la paciencia y la incertidumbre con la educación. Tenemos la oportunidad de aprender mucho sobre la higiene en la salud y limitar la propagación de innumerables enfermedades transmisibles en nuestra sociedad.

Enfrentemos este desafío juntos con el mejor espíritu de solidaridad por los demás, paciencia y, ante todo, un esfuerzo inquebrantable por buscar la verdad, los hechos y el conocimiento en lugar de conjeturas, especulaciones y catástrofes.

Hechos, no temor. Manos limpias. Corazones abiertos.

Especialista en enfermedades infecciosas de la University Health Network en Canadá

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