Performance de Flavia Lima durante el acto de premiación. Foto: Ministerio de Culturas
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Flavia Lima/César Antezana es la ganadora del Premio Nacional de Poesía 2017. Celebrando el mes de las disidencias sexuales, rescatamos el explosivo y seductor discurso con el que recibió el galardón y que con tanto amor nos ha regalado. «¡Salud, esqueletxs!»

César Antezana

Estoy muy feliz de estar aquí esta noche con todos y todas ustedes.

Acaban de decirme que este acto se transmite a nivel nacional. ¡Wow! Mamá, no te preocupes, este no es tu vestido.

Estoy convencida de que la creación individual, esa que se elabora en un diálogo profundo e íntimo con una misma, esta que se premia esta noche, por ejemplo, se constituye como un sucedáneo posterior al trabajo colectivo, en cooperación o disidencia, de muchas más personas. Creo en la importancia de la comunidad en relación con el quehacer artístico y, quizás por eso, me río un poco de esa idea pseudooccidental que considera al artista como un genio iluminado, único, original siempre a punto de entrar en un proceso de canonización.

Artistas. Apenas somos algo más extravagantes, con un poco más de tiempo que las demás personas, con privilegios claro -y ojo que ningún privilegio puede justificarse-, con un oído quizás más dado para la escucha a causa de ciertas experiencias infantiles o traumas históricos, quién sabe. Quiero recalcar esta noche esta dimensión colectiva de nuestros quehaceres. Porque, para entrar en materia, ¿qué es la literatura, sino un diálogo constante e intenso entre muchas tradiciones, muchas voces, muchos registros?

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Yo escribo literatura porque me place hacerlo, creo que eso está claro, pero sobre todo porque ella es una vía muy eficaz para conocer profundamente al ser humano. Ella es en un artificio que nos perturba y retuerce, que nos consuela y demuele, que nos incomoda, que a veces nos salva. Porque se constituye en una interpretación del mundo, en una recreación de él. Ella es mi propia posibilidad de arrancarle sentidos a esta realidad, en cada resquicio, con cada gesto, porque sé que al hacerlo puedo desestabilizarla, destruirla, cavar una zanja profunda en medio del patio y dejar caer en ella su pesado y asqueroso cadáver capitalista, patriarcal e imperialista envuelto en manteles de plástico con florcitas pequeñas y ridículas…

Lo siento, a veces me exaspero un poco.

Muchas gracias a las instituciones convocantes de este certamen. Instituciones cuya relación con el arte y la cultura, con la sociedad civil en general, es a veces tan complicada, ¿cierto?

A mí me gustaría sugerirles un estilo digamos, algo más glamoroso. Por ejemplo, que las decisiones, en diferentes niveles de autonomía, de reproducirnos o suicidarnos si nos da la gana, se pudieran tomar con algo más de libertad. Esta última sería la actitud más consecuente del Estado con la cultura. Dejarla ser. Pero como detesto el neoliberalismo, también debería permitírseles acercarse, reclamar por fomento y regulación a quienes así lo requieran. Me parece también legítimo, porque en última instancia todo esto es de todos nosotros y de todas nosotras. Yo presiento que en este juego de acercamiento y toma de distancia estaría la salud de nuestras relaciones, sin condicionamientos, sin celos, como en una hermosa y romántica relación abierta, poliamorosa y civilizada. ¿No se les apetece?

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Por supuesto este libro está dedicado a nuestras sociedades, profundamente conservadoras, altamente moralizantes y ligeramente hipócritas. He aquí, un atentado pornográfico a nuestras buenas costumbres, que a la larga quizás sean la causa de nuestra incapacidad colectiva, de nuestra imposibilidad comunitaria, de nuestro anquilosamiento. Denuncio todas esas normas, tradiciones y estilos de vida que ya no funcionan y que a pesar de todo defendemos con fundamentalismo, racismo, machismo, con todo ese tipo de cosas tan horrendas.

Gracias a Plural por esta edición tan hermosa, a la familia Conitzer-Bedregal por esta medalla tan fashion, a Fernando Pantoja por la imagen de la tapa, a la ayuda invaluable de Katterine López Rosse, Edgar Soliz y Benjamín Chávez; y por supuesto a mi propia comunidad afectiva, Zoe, Yawar, Bea, Carla, un par de chicos muy buena onda por ahí y que, junto al Almatroste y sus comensales divinos, funcionamos como una gran familia extendida, deliciosamente monstruosa.

De verdad, les quiero muchísimo. Gracias.

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