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Aprovechando la fiebre de San Juan, esa extraña fiesta de la salchicha, compartimos este crudo y divertido cuento del escritor paceño Óscar Martínez, que alista la pronta publicación de su primer libro de crónicas junto a la editorial alteña Sobras Selectas. Sírvanse, pues, este «embutido», a modo de aperitivo.

Óscar Martínez

Uno de esos días en los que necesitaba consumir otra cosa que no sea mi vida, vi que un poco más allá de los edificios grises de siempre había un galpón con un patio lleno de perros, catorce o quince según pude contar, que debían estar ahí por alguna razón. Después de preguntar un poco por aquí y por allá, me dijeron que ese galpón era un almacén de textiles, colchas, sábanas y no sé qué más. Parado en la ventana del baño, veía cómo los perros haraganeaban, dormían y se lamían el culo con primor, todo el día, sin parar. Lo más raro de todo es que nunca se veía un alma aparte de los catorce o quince perros del patio. Aburrido, como me mantenían, flotando en un mar de papeles y facturas, este asunto, el de los perros, me daba un montón de cosas para alimentar mi imaginación.

Pasadas algunas semanas, noté que cuando hay alguna emergencia, y una patrulla o una ambulancia pasa por la calle, el ruido de la sirena enloquecía a los perros que empezaban a aullar y ladrar desesperadamente. Le dije a todo el mundo Cada vez que pasa la policía o una ambulancia, esos pobres perros no dejan de aullar y ladrar. De a poco, todos dejaron de prestarle atención a sus radios y se empezaron a preguntar en corrillo la razón por la cual había tantos perros en ese galpón.

Cada que sonaba una sirena y los perros enloquecían, la secretaria de mi oficina se irritaba terriblemente. Después de lanzar papeles y archivadores por aquí y por allá, tomaba mucho aire y empezaba a despotricar contra la humanidad entera.

Yo asentía con la cabeza y tenía el cuidado de no reírme a carcajadas por miedo a caer de la “sacrosanta gracia” de la Elisita, la secretaria de mi trabajo. Tenía mucho miedo de que luego se pierdan misteriosamente mis papeletas de pago o que de la nada aparezcan cientos o miles de minutos de retraso en mi registro, miedo de recibir, consecuentemente, unos descuentos atroces.

Foto: Pixabay

Una vez le dije a la Elisita que era una barbaridad que los fiambres La Española tengan su fábrica de embutidos y chorizos justo a una cuadra de la oficina porque impregnaban todo con el maldito olor a grasa de perro y que, en todo caso, para evitar que los perros estén ladrando todo el día, sería más humano sacrificarlos a patadas en vez de ahogarlos con gas licuado en una mini cámara de gas construida por el dueño de La Española, un español loco y republicano que en la época de la Guerra Civil española pertenecía al bando del franquismo. Dije también Este señor, llamado Juan Gironaiz, es conocido por todos por ser un viejo militante del Partido Nacional Socialista Alemán y tras huir de Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, vino a estas tierras donde finalmente pudo vivir uniendo su dos grandes pasiones, vale decir, usar una cámara de gas y hacer fiambres de calidad.

La Elisita era una buena mujer y no sabía mucho del tema de nacionalismos, cámaras de gases ni salchichas vienesas sin piel, sino que simplemente amaba a los perros con locura. Solía decir Todos los perros me recuerdan al Juan Carlos. Y supongo que eso era, porque siempre nos andaba contando que su marido, Juan Carlos, era tierno, cariñoso, leal y peludo. Este parecido hizo que Elisita jure no volver a comprar salchichas de La Española nunca más, ya que sus dos años de estudio de psicoanálisis le habían convencido de que comer esas salchichas de perro, simbólicamente, significarían comerse a su propio marido que, dígase lo que se quiera de su intachable calidad moral, tenía por defecto la falta de cuidado que le asignaba a su aseo personal. Esto de la higiene de Juan Carlos era algo que Elisita había tratado de solucionar de las formas más diversas y con todo tipo de marcas de jaboncillos y champús, empero, no había podido aplacar la pestilencia que normalmente emanaba del fornido cuerpo de Juan Carlos. De esta forma, Elisita me contó que además había llegado a la siguiente conclusión, rara para cualquiera, Comer embutidos La Española sería doble o triplemente asqueroso para mí y mi sistema simbólico cotidiano.


De a poco, todos dejaron de prestarle atención a sus radios y se empezaron a preguntar en corrillo la razón por la cual había tantos perros en ese galpón.


Como pasaba siempre que llegaba el mes de mi cumpleaños, yo había decidido dejar de fumar para sentirme más joven, así que no tenía mejor distracción que ir al escritorio de la Elisita para ir aumentando detalles sobre la vida de este señor, Juan Gironaiz, al que yo llamaba “el sanguinario empresario español”. Mientras la Elisita me miraba azorada, yo le contaba que en las noches de luna presagiosa, Juan Gironaiz salía en su camioneta, dispuesto a diezmar a la gruesa población de perros callejeros que asolaba la ciudad, armado únicamente de su valor y un bate de béisbol. Hay que admitir que la Elisita era de verdad muy sensible. Una vez, a la hora del almuerzo, me anunció su decisión de volverse vegetariana y hasta ahí creo que yo ya me daba por satisfecho, pero, por desgracia, el chofer de mí oficina se involucró en el asunto al no tener nada más que hacer aparte de recoger y dejar al jefe. Escuchaba atentamente nuestras conversaciones y al poco tiempo comenzó a añadirle un montón de detalles a mi cuento de los perros y el español loco que existía solo en mi imaginación, y lo hacía con tal maestría que, hasta yo, que me había inventado la mentira de cabo a rabo, comenzaba a dudar de la veracidad de lo dicho.

Fanor decía que le constaba que este tal Juan Gironaiz usaba perros callejeros para preparar sus embutidos, y no solo eso, sino que antes de idear la cámara de gas los mataba cómo a focas, o sea con un certero palazo en la cabeza. Después contó con lujo de detalles cómo los despellejaba y vendía sus pieles a los peleteros de la calle Graneros que las usaban para hacer chaquetas de cuero para los turistas israelitas que las compraban como pan caliente y que, no contento con eso, Gironaiz también se procuraba pingües ganancias al vender la grasa del animal a los brujos de la calle Linares, ya que todo el mundo sabía que la grasa de perro, especialmente la de perro negro, es infalible para el tratamiento de un sinfín de maldiciones, embrujos y otros males metafísicos. Todos estos detalles, teatralizados y narrados con escandalosas insuflaciones onomatopéyicas por parte del Fanor, hacían de invitación y, bien, luego toda la oficina se arremolinaba a su alrededor para escuchar la historia del español desalmado, todos, lamentándose por la suerte de los perros del galpón y adjetivando al inexistente español con una serie de improperios dignos de un psicópata. O el Fanor era más mentiroso que yo o solo tenía más imaginación. Pero no. Ninguna de las dos cosas. Él estaba más solo que la luna, o sea que llegado a casa no tenía ni perro que le ladre. Su soledad era la que le hacía odiar a los perros.


La Elisita era una buena mujer y no sabía mucho del tema de nacionalismos, cámaras de gases ni salchichas vienesas sin piel, sino que simplemente amaba a los perros con locura.


Un día de esos, cuando dormitaba en el bus que me llevaba a casa, escuché en medio de los somnolientos vapores obreros el programa radial que oía toda la ciudad, el ¡Proteste ya! El locutor decía que habían encontrado un matadero clandestino donde faenaban burros y los vendían como si fueran carne vacuna. Pensé en la candidez e inocencia de la pobre Elisita que se había tragado como un pato toda mi historia de principio a fin, luego me congratulé por mi creatividad y sentido del humor, me volví a dormir, pero pasadas ya varias calles y avenidas un ligero remordimiento me hizo pensar que ser un mentiroso, un bromista finalmente, era mi peor defecto, y si estaba solo como perro, peor que el Fanor, se debía justamente a eso.

Después de sopesar la catástrofe que me esperaba con la Elisita, no lo dudé más, decidí que al día siguiente llegaría a mi oficina con una sonrisota, y abriendo los brazos de par en par diría ¡Elisita, todo era una broma! Acto seguido le regalaría una libra de jamón de La Española para que hagamos un buen café y un par de sándwiches antes de que llegue el jefe y se acabe la fiesta.

Pero algo inesperado sucedió en medio del rítmico traquetear del bus. Escuché la inconfundible voz de la Elisita protestando indignada en la radio. ¡Ayer fueron los burros, hoy son los perros, mañana serán los gatos! ¡La alcaldía, el ministerio de salud, animales SOS, alguien tiene que hacer algo!

Foto: Pixabay

Me pregunté si no me estaría volviendo loco, pero no era eso. La mismísima Elisita estaba al aire en el ¡Proteste ya!, denunciaba a los cuatro vientos y a la enorme audiencia de la radio Americana cómo el desalmado español andaba matando perros como si estuviésemos en pleno holocausto, pero nada sería eso porque, la muy mentirosa, tuvo el tupé de decir que había visto con sus propios ojos cómo metían a los perros en una cámara de gas de color plomizo que emitía unos gases espantosos que no solo envenenaba a los perros, sino al barrio todo que se alimentaba luego de los salames, salchichas, jamones y embutidos, todos de La Española.

Llegué a casa y la cena no me sabía a nada. Vi mi móvil de reojo y pensé en llamar a Elisita para disculparme, pero mi cobardía me ganó. Preferí ver qué sucedería mañana.

Encendido el televisor, las sirenas de la policía y el escándalo de los activistas de Animales SOS estaban volviendo locos a los perros que ladraban más desesperadamente que nunca a las cámaras que les hacían primerísimos planos a sus fauces. Un close-up fugaz capturó el preocupado rostro del portero del galpón que era conducido a empujones a una patrulla policial, todo lo cual confirmó que finalmente yo estaba en un grave problema.

Quién iba a pensar que la única vez que alguien le tiraba bola a la denuncia de una vieja neurótica coincidiría con la única vez que la policía actuaba eficientemente y arrestaba a un español o, en realidad, a un campesino peruano de un pueblito de la sierra. O peor, que sería la única vez en la historia de este país, quién sabe si de la humanidad, en que el ministerio de salud clausuraba una fábrica de edredones y almohadas por una alerta fitosanitaria de primer nivel.

Lo intenté, claro que lo intenté, pero a pesar de haberme arrodillado y llorado con disculpas infinitas, Elisita se las arregló para que no me den mi liquidación. Mi jefe ni siquiera quiso oírme. Me quedé otra vez en la calle.


¡Ayer fueron los burros, hoy son los perros, mañana serán los gatos! ¡La alcaldía, el ministerio de salud, animales SOS, alguien tiene que hacer algo!


También me han cerrado la puerta de tres bares, dos de los cuales eran mis favoritos. Todos los que me conocen se han cansado de mi falso cáncer, de mi falso divorcio, de las variaciones de mi separación con mujeres que solo existen en mi imaginación, de los horribles defectos de la esposa que no tengo, de mi falsa despedida de soltero, de la amante que me persigue por todas partes. Se han cansado de mis falsas profesiones y mis falsos oficios, de mis falsas riquezas y falsas pobrezas. Se han cansado de mí, ya no me hablan. La gente me ve con desconfianza, o mejor dicho ya ni me ven. Tal vez me lo merezco.

Desde niño, tengo un sentido del humor negro y horroroso y eso no es nada si le sumamos el hecho de que soy un mentiroso de primera. Estos defectos me han ocasionado un sinfín de problemas que en vez de hacerme popular me han hecho ganar una serie de enemigos que al día de hoy no cejan esfuerzos para hacerme la vida imposible y ver mis sueños convertidos en cenizas.

Lo peor de todo es que me he vuelto alcohólico, casi sin darme cuenta, porque me cuesta mentir sobrio. Salgo de noche y sé que cuando lo hago apenas tengo en los bolsillos lo suficiente para volver a casa y quizá para un trago, el último de siempre.

Una planta de papa afectada por el tizón de la papa (Phytophthora infestans). Foto: Potatopro

Con un vaso lleno de whisky en la mano y con la esperanza de que alguien me escuche, hace una nada dije Soy ingeniero agrónomo becado por el gobierno de Irlanda del Sur para estudiar el origen andino de la bacteria Phytophotora infestans. Esta plaga amenaza destruir a toda la producción de papa, cosa que significaría una catástrofe alimenticia de niveles demenciales. Debo volver pronto a la Universidad de Dublín con las muestras de cepas originarias, extraídas de los andes bolivianos y peruanos, pero ayer unos ladrones me robaron y perdí todas mis pertenencias, incluidas mis tarjetas de crédito. Por eso debo marcharme ya, por nuestro bien nuestro, al terminar este vaso de whisky. ¡Salud!

Ella, una rubia muy guapa que me miraba con atención, y sus acompañantes me escucharon muy apenados y me invitaron una copa que yo miraba de derecho y de revés. Después de dudar un poco, luego de poner afectada cara de Buda, me zampé el vaso entero. Repuse mi aplomo, saque pecho y decidí decirles la verdad, cabe decir mi verdad. Les voy a contar un secreto, escuchen, pero, por favor, no se lo vayan a contar a nadie…

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