Con sus mercados infinitos, su rebeldía y una complejidad que desafía toda descripción, El Alto, Bolivia, es una ciudad como ninguna otra. Para la buena fortuna de las personas aficionadas a la lectura, hay dos libros publicados por la editorial alteña Sobras Selectas que ofrecen vistas profundas y únicas de la cotidianidad en El Alto.
Primer libro
El libro Los Hijos de Goni de Quya Reyna (2022) es una impactante colección de crónicas desde el interior de El Alto. Esta ciudad altiplánica, a menudo, es retratada y definida por foráneos. Ya sea por los paceños o los medios de comunicación bolivianos, que suelen describirlo como un espacio asolado por la delincuencia. Están también quienes enfatizan la naturaleza rebelde de la ciudad y su capacidad para derrocar gobiernos tiránicos u organizar movimientos sociales. Especialmente, rememorando la Guerra del Gas de 2003.
Pero aquí tenemos una ciudad de El Alto diferente, narrada por una escritora que pinta un retrato cariñoso, sensible y socialmente efervescente de una de las ciudades más dinámicas de Latinoamérica, donde la mayoría son residentes aymaras de clase trabajadora.
La primera historia de Quya Reyna ilustra la frase que también da título al libro. Al crecer en un hogar donde la pobreza era normal, las medidas de austeridad eran la norma. En este contexto, al dejar sobras en el plato, el padre de la escritora decía: «¡Pero qué se creen ustedes para sobrar la comida! ¿Se creen hijos de Goni? ¡Vayan a vivir con Goni!»
Esto hace referencia al expresidente boliviano, quien pertenecía a la vieja élite y hablaba como un gringo. Gobernó el país con un estilo neoliberal y fue el enemigo número uno durante la Guerra del Gas en Bolivia. Fue un presidente represor e impopular que impulsó un plan de exportación y privatización de gas que condujo al levantamiento.
«Para mi papá [Goni] era la máxima representación de lo q’ara en el país: uno que se cree ‘blanco’, un racista que venía a imponernos sus normas morales y religiosas, que odiaba a los pobres, etc., etc.», escribe Reyna. «Yo conocí a Goni por mi papá, ya que nos contaba también que, aparte de odiar a los pobres, odiaba a todo aquello con lo que mi familia se identificaba: ¡Ustedes son hijos de campesinos, hijos de aymaras!»
Los cuentos que comparte Quya Reyna representan los varios mundos que caben en la ciudad. Por ejemplo, otra historia se centra en los apthapi del Día de los Niños, donde cada niño traía a la escuela algo para compartir con todos, como una comida compartida y colectiva. Dada su situación económica, Quya Reyna esperaba con ansias este día, ya que era una oportunidad para conseguir comida e incluso carne (un alimento poco común en su hogar) para llevar a casa y compartir con su familia.
Esta historia es una ventana a la cocina y las tradiciones de El Alto, pero también una metáfora del tejido social y político que la rodea:
«[N]o hay reglas cuando lo dejas en el apthapi; no hay asco cuando usas tus manos para levantar aquello que puede ser lo único que comas en el día… De ese apthapi puedes recibir de los demás, puedes dar algo tuyo también y llevarte más de lo que diste. Yo lo hice con tal de poder ver comer así a mi papá y mi mamá. Pienso que por eso los alteños y alteñas no necesitan tener mucho para recibir más de esta ciudad», escribe Quya Reyna. «Y quizás sí, pues, eso es el alteño: un plato sin receta, uno que se construye desde lo que hay en casa, desde lo que se cosecha, dependiendo de la temporada.»
El Alto universal
Muchas de las historias sobre la familia de Quya Reyna tienen significados universales. En una historia, su madre Adela es presentada como alguien con una profunda empatía por los demás. Por ejemplo, cuando el gobierno envía a militares a El Alto para disparar contra manifestantes. O cuando otra comunidad sufre, ella sufre con ellos, siente por ellos.
«Ella ya carga con toda la estructura racista contra la que resistió. Quizás por eso no pudo atarse a los complejos minúsculos con los que se enfrentaba su hija; no porque no le importaran, sino porque sería añadirle un peso innecesario a eso a lo que ya estaba implícito dentro de toda estructura», explica Reyna. «La Adela estaba más preocupada por los extraños, como siempre, porque mi mamá siempre fue una de ellos.»
En muchos de los cuentos de Quya Reyna hay una comparación reveladora entre La Paz y El Alto. Una muestra es la vívida historia de su viaje de El Alto a la zona sur paceña con su padre, quien trabajaba de carpintero. Durante estas primeras visitas a La Paz, de niña, Reyna se sentía «muy lejos de casa, porque sentía como si fuera una persona que venía de otro país. Me sentía una extranjera.»
Las descripciones de este viaje son conmovedoras y latentes, como el detalle de cuando la gente sale del micro de El Alto a La Paz y se baja en el Prado, en el centro de la sede de Gobierno: «Un poquito de El Alto bajaba de un micro y se quedaba en la ciudad.»
Y eso es lo que hace este libro: comparte un poco de El Alto y se queda con el lector. Ya sea el viento frío que sopla en el altiplano, el aire de la montaña, la maravilla de la vista que se extiende a sus pies… una capital aymara que nunca se deja vencer.
Segundo libro

La colección de crónicas alteñas No Me Jodas, No Te Jodo (2019), editada por Alexis Arguello Sandoval, se asemeja al libro de Quya Reyna. También se centra en la vida cotidiana, la historia y el mundo sociocomercial de la ciudad, contada a menudo desde una perspectiva personal.
Comienza con una historia extravagante, pero totalmente real: un pingüino que se vendió en la feria más popular de El Alto (la 16 de Julio) por 250 bolivianos. El precio era negociable y podía subir 30 pesos por el abrigo que cobijaba al animal. Un asunto extraño y exótico, pero totalmente cierto.
Ocurrió en 2001: «Claro que el pingüino no era la gran maravilla: pequeño, de patas grises y escamosas, plumaje marrón oscuro y ojos de estar perdido.»
Este libro de crónicas contiene la ciudad misma.
Como esta descripción que da vida a las calles de El Alto: «Mordor tiene diferentes aromas y sabores: ¿Cómo los identificas y clasificas? Primero recibes el despiste de una brisa helada y así, con los días, semanas y meses, vas identificando el olor de los ispis fritos de la calle, los pescados crudos sobre el pavimento y el pejerrey de la Ceja que contrasta con el aroma de la fabricación de chocolates El Ceibo. También este conocido olor a gasolina quemada de los escapes vehiculares, el aceite rancio de puestos de comida ambulante, las populares tripitas a la broaster, plato alteño y bien aceptado a Bs. 3.»
Otra historia ofrece un relato de residentes recién llegados a la ciudad que conocen a sus vecinos solo a través de la calidez y la solidaridad generadas por un odio mutuo y un cuasi linchamiento a un ladrón. Quien, aparentemente, les había robado a todos.
Vecinos que antes no tenían nombre, luego del incidente, saludan a los «nuevos» alteños por su nombre. Una afinidad compartida por su rencor mutuo y su deseo de venganza. La policía, en este contexto, es completamente inútil y empeora las cosas; una evidencia, acaso, de que la justicia comunitaria es urgente.
El Choco
Otra historia encantadora es la de Choco, el perro guardián de Ciudad Satélite, conocido en el barrio por ser amigo de todos. Un animal simpático con los niños y capaz de olfatear a un delincuente con facilidad.
«Varios canales de televisión hicieron eco de su historia y el Choco se convirtió en uno de los alteños más famosos.»
La crónica relata cómo Choco fue muy cuidado por el vecindario, que le proporcionó mucha comida. «…gracias a su corpulencia, espantaba a ladrones y ayudaba a que vecinos y vecinas llegaran a salvo a sus casas. Choco comprendía el ayni, la famosa reciprocidad andina.»
Los alteños hablaban de las habilidades sobrenaturales del perro para detectar a un ladrón y atacarlo, lo que ayudaba a proteger el barrio. El perro era visto como un superhéroe con superpoderes. «Hablar nomás le faltaba», dice doña Claudia, «nunca en mi vida he conocido un perrito igual.»
Cuando finalmente murió, lo enterraron en la plaza donde vivía. Un lugareño comentó sobre la tumba del perro: «Creo que ni la tumba de Jaime Sáenz vio flores tan frescas.»
Y estos libros son como flores alteñas: comparten el encanto y los olores de sus calles florecientes.




