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Fotograma del videoclip "La colonialidad permanente" de la artista Bartolina Xixa. | Foto: Bartolina Xixa
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En el Día Internacional Contra la Homo, Trans y Bifobia, queremos ir mucho más allá de las banderas multicolores y los discursitos baratos de «inclusión». ¡Disidencia sexual, revoltosa y rebelde, contra la careta mediática e institucional!

Valeria Flores

Situada en una polifonía de voces sudacas, disidencia sexual significa para mí un modo de interpretación, de acción política y de intervención crítica, que está en permanente análisis y conflicto con cómo se constituyen y actúan las políticas sexuales en relación a las políticas económicas, culturales, sociales, educativas.

La disidencia sexual busca discernir cómo opera lo sexual en el cruce de todos estos campos para activar disensos, interrupciones, disonancias que alteren los procesos de normalización sexo-genérica.

La disidencia sexual no necesariamente se articula alrededor de una identidad, sino de la crítica a las normas sexuales, formulando preguntas convulsivas que desbordan los libretos sociales, prendadas por los huecos de las leyes, discursos y prácticas donde quedan alojadas las sombras de lo residual y lo desintegrado, lo inconexo y lo vagabundo, lo divergente y lo refractario, que expresan malestar y desencaje, paradojas e incertidumbres.

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La disidencia sexual es una óptica y un tacto que se empeña en esa sensación de incomodidad frente a los axiomas que nos van aprisionando en formas de pensar inequívocas, excluyentes y universales como la positividad, la productividad, la política de redención de la afirmación, el progreso, las narrativas del éxito, las retóricas de la esperanza y el imperialismo de la felicidad, todas ellas conformando una economía afectiva heteronormativa.

Como crítica radical de los dispositivos de normalización que construyen identidades, al mismo tiempo que proscriben ciertas posiciones de sujeto y subjetividades que devienen abyectos, la disidencia sexual no puede estar segura de sí misma.

Su tarea crítica es tan capilar que la llevamos en la sangre de nuestros pensamientos, en la afección de nuestra semiótica perceptiva, porque como procedimiento estético y político la disidencia sexual no sólo intenta deconstruir los discursos de las identidades LGTTTB sino también interrogar las condiciones que debemos cumplir para devenir inteligibles como humanos, formulando la pertinaz pregunta sobre la configuración del horizonte de lo representable.

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Para que disidencia sexual vaya junto con lesbiana, marica, trans, bisexual, hay que hacer estallar la interpretación ontológica de las identidades y provocar un acto de proximidad sensible, de complicidad en el rechazo y la tentativa.

La disidencia sexual no es un conjunto de contenidos para aplicar, sino una multitud de dinámicas metodológicas carroñeras porque trabaja con los desechos disciplinares y se nutre de saberes y experiencias que no están autorizadas ni consolidadas, sino más bien abiertas a las errancias crítico-creativas de sus inestables y desvariados imaginarios sexuales.

Aunque últimamente la disidencia sexual circula y se usa como equivalente de movimiento LGTTTBIQ, una sinonimia que termina por despolitizar y neutralizar sus efectos más disruptivos en términos de operaciones epistemológicas, políticas, poéticas, esta operación no es algo que esté dada de antemano, ni un sujeto, ni una identidad, ni una pertenencia orgánica, ni un programa compacto. Es un hacer (des)conectivo que nos implica en la vida diaria, un modus operandi abierto y problematizador del funcionamiento de otros modos imprevisibles de existencia.

Publicado en 2018 en la Revista Pléyade

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