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Día de la Madre: «Si nos quieren regalar algo, déjennos en paz»

Mientras los portales de los medios tradicionales se llenan de mamás famosas y faranduleras que sonríen a las cámaras vendiendo un ideal de maternidad, en MUY WASO decidimos escuchar la voz y relatos de aquellas que tropiezan y rompen los moldes de cómo se les impone ser madres.

Milenka M.

Tengo una hija de cinco años. Empiezo el día y pienso en cómo sobreviviré la mañana: «misteriosamente» las labores de la casa se han intensificado, la cocina es usada por todos y los platos sucios se han triplicado en comparación a cuando no había cuarentena. Y claro, la tarea de la limpieza y el orden es solo para algunas.

Mi privacidad se ha acabado. Ya no tengo mi espacio personal, ya no puedo salir (es decir, escapar) y hacer otras cosas para seguir buscando y construyendo mi camino, seguir explotando cosas en lo que tal vez soy buena, que me hagan sentirme Milenka, seguir mejorando. Ese pequeño tiempo que tenía para mí, para escuchar por lo menos mis propios pensamientos se ha terminado.

En esta cuarentena soy solo mamá, no digo que antes no lo era, pero es diferente. Antes tenía tiempo para hacer otras cosas que me permitían ser mucho más que simplemente una madre. Una mamá activa, que trabajaba, que pasaba cursos, talleres, asistía a presentaciones. Hacía cosas que me hacían sentir yo, Milenka. Porque creo que no soy solo mamá.

Ilustración: Lú Mayorga

Tengo una hija. Ella es siempre mi prioridad. Pero, para resguardar su salud mental, la mía también cuenta.

En cuarentena soy solo esa mujer que cumple con las «labores de la casa»: cocinar, lavar la ropa, jugar con la pequeña, ordenar juguetes, volver a cocinar, volver a limpiar, distraer a la pequeña, volver a ordenar y así. Eso sin contar con el trabajo de maestra que me han impuesto: debo cumplir, yo, Milenka, con las tareas que mandan los profesores y reenviarlas la fecha indicada o de lo contrario no tendría nota. Siento que me califican más a mí que a mi hija.

Es difícil cuando llega la noche y te das cuenta que hoy, una vez más, perdiste la paciencia. Hoy también gritaste sin motivo, hoy permitiste que tu hija use el celular más de una hora para poder ver esa película. Hoy entraste a bañarte por segunda vez solo para poder tener ese tiempo para ti, ese tiempo que esta cuarentena te ha arrebatado (además de tantas otras cosas). Hoy te preparaste un sandwich solo para ti, lo comiste a escondidas, sin que nadie te moleste. Hoy tampoco te alcanzó el tiempo para terminar esa tarea pendiente.

Lo culpa te come cada noche, haciéndote sentir mal y culpándote por no ser esa mamá perfecta, esa que te dicen que seas (sobre todo en esta cuarentena): la que se levanta muy temprano y no molesta para nada, para que los demás sigan durmiendo, la que prepara el desayuno para todos y no se molesta en llamar más de una vez a la familia para comer, la que no se hace lío de lavar una y otra vez los platos y vasos que se ensucian durante el día, la que hace masitas cada tarde con un sabor excelente, la que hace manualidades, tareas, la que a veces mira películas, cocina, lava, limpia, trabaja. La que hace todo al mismo tiempo.

Es complicado hacer algo por cuenta propia, escuchar una charla, pasar clases en línea, mirar una serie, leer algún texto. No digo que no lo haga, solo es más complicado. Porque mi pequeña está siempre detrás mío, exigiendo (como todo niño) toda mi atención. Y las peleas empiezan, los berrinches comienzan y la paciencia se pierde. El “homeoffice” no funciona mucho en mamás, porque llevamos la mayor carga de labores de la casa sobre nuestra espalda, un trabajo que, prácticamente, nos consume enteras.

Es difícil trabajar y concentrarse en la computadora cuando vienen a hablarte cada cinco minutos para pedir hasta la cosa más insignificante que se les pueda ocurrir o cuando tienes una cocina que limpiar, colores que ordenar, juguetes que levantar, ropa que lavar y doblar.

Estoy segura que las relaciones entre madres e hijas (hijos) se han complicado en esta cuarentena. El enclaustramiento nos ha cambiado, la paciencia se ha terminado y la preocupación ha aumentado, no solo en nosotras, las madres. Estoy segura que los hijos también se han cansado de nosotras, se han cansado de tener que soportar nuestro mal genio y a veces nuestra indiferencia.

Claro que no todo es estrés e impaciencia.  Sí hay días buenos y divertidos, días donde sí le sacas todo el provecho que puedes al tiempo que “ahora” tienes. Días que vale la pena guardar en la memoria.

Sin embargo, no me parece que siempre nos quieran ver como “supermamás”, que todo podemos con una gran sonrisa, que mantenemos la casa impecable y esperamos a la familia con los platos en la mesa, que leemos un cuento cada noche y nos dormimos después de terminar con nuestras labores. Mientras, ignoran nuestro lado humano, que también se enoja, también sufre, también llora, también grita, también se equivoca, también se levanta tarde y toma cerveza por las noches.

La maternidad es difícil y con esta cuarentena se ha puesto peor. Si nos quieren regalar algo en el Día de la Madre, déjennos en paz.

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