Alfredo Zitarrosa en su estudio. Archivo familiar.
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La cinta estrenada apenas hace un par de meses en Uruguay llega a Bolivia gracias a las gestiones del Cineclubcito. La proyección en cochabamba se realiza mañana 14 de agosto a las 19:00 en LaLibre (Humboldt casi Calancha).

Mijail Miranda Zapata

Alfredo Zitarrosa nació en el exilio. Nació sin padre, sin hogar, apenas con un nombre. Otro nombre. Alfredo Iribarne, Durán, finalmente Zitarrosa. Su vida estuvo marcada por las heridas que dejan las partidas, las despedidas, los regresos tardíos. “Volvamos augusta sombra/volvamos al lugar en el que antes nos amamos”, se lee en su poemario póstumo Sonríe muerte.

Cuando nos enfrentamos al documental de Melina Terribili Ausencia de mí (2018) estamos frente a la reconstrucción del retrato de una figura que coquetea de tanto en tanto con la muerte desde una exaltación jubilosa de la vida y la lucha social. Una contradicción anidada en un desarraigo forzoso, un idealismo juvenil, un temor cercano al odio por la podredumbre del mundo que nos rodea.

La película, a través de un inédito e inagotable archivo familiar, recorre los años en el exilio del trovador. Un viaje, que nunca abandona el interior de Zitarrosa, que nos lleva por Buenos Aires, Madrid y México.

Pero, más allá del mito, Terribili consigue aterrizar el nombre de Zitarrosa en un espacio sombrío y atravesado por la duda, siempre en tensión con un ejercicio constante por reafirmar las certidumbres que dan los ideales. No son otra cosa los registros compulsivos de grabaciones sobre su vida cotidiana; material con el que la cineasta logra dibujar un perfil más humano y menos panfletario del cantautor.

El relato de la cinta inicia con la voz de Zitarrosa enunciando un rezo profano, de su propia autoría, por supuesto, dedicado a su país natal. Sin embargo, detrás de la poesía se esconde un terrible gesto sardónico, apenas intuido a través de los golpes de guitarra adoloridos y algún cambio en el color de la voz. Ese es el contrapunto que marca el curso de la película.

La voz de Zitarrosa, siempre ausente, con las ansias de revelarse ante el otro, el oyente, de manera transparente, por fuera de la fama, la consigna partidaria, el compromiso con la historia. Intentos fallidos y saboteados por su propia sed de gloria. Humano, demasiado humano.

Pero ese es el destilado del filme. Por fuera, cientos, tal vez miles, de registros en cintas de audio, videos, papel y fotografías, dejan el resguardo de la intimidad familiar para abrirse a la construcción de la memoria uruguaya. Porque más allá de la melancolía particular de Zitarrosa, su forma de entender el terruño y su gente, su honda sencillez a la hora de nombrar ese mundo, son parte de la identidad charrúa.

Entonces vemos a las hijas del genio, el ídolo, la bandera, también ensimismadas y entregadas a la necesidad de catalogar y entender el legado de quien ven como el hombre que las vio crecer, que las hacía reír, que las acompañó en los cumpleaños, hasta desaparecer, aunque sin extinguirse.

El documental de Terribili derrumba cualquier intento hagiográfico y se entrega al simple oficio de contar las grandezas, sombras y dolores de una persona común. Lo mismo que Alfredo en sus canciones.

Si hay algo para agradecerle al cine, a sus realizadores, es que nos dejen este gusto meditabundo rondándonos la cabeza. Por eso este trabajo es uno de los imprescindibles.


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