Preámbulo
Natali, Tania, Cristina, Abi, Fernanda, Gabrieli, Lahayda, Milenka, Río, Vanessa. Esta historia necesita narrarse en plural, desde una identidad común efervescente, que se construye y se desarma; que se reafirma y se cuestiona.
Plural: andinas, indígenas, quechuas, aymaras, migrantes. Plural: hijas, madres, hermanas, amigas. Plural: raperas, diseñadoras, cineastas, videomakers, artesanas, performers, comunicadoras y educadoras.
En distintas regiones de los Andes, hablar en plural es hablar desde la comunidad, desde el encuentro, desde el afecto y la solidaridad. Y esas son algunas de las claves para entender cómo late el corazón de las Cholitas da Babilônia en una de las megalópolis más grandes del mundo.
1. Mamás
Un día decidieron juntar a sus mamás.
“Nuestras mamás también deberían estar aquí”, habían comentado en alguna charla.
El “aquí” es la Casa das Cholitas, un punto de encuentro común para un grupo interdisciplinario de artistas, pensadoras y trabajadoras de origen andino en São Paulo, Brasil.
El espacio funciona desde 2022 y con los años se ha convertido en un nodo cultural en el que convergen distintas expresiones artísticas, culturales, rituales y políticas.
Pero, como colectivo, las Cholitas da Babilônia habían nacido antes. Exactamente en 2021, luego de una intervención artística y política en la 34ª Bienal de São Paulo, el evento artístico más importante del Hemisferio Sur y uno de los más antiguos del mundo.




La Casa das Cholitas queda en la zona norte del “Gran São Paulo”, la megalópolis brasileña donde viven más de 20 millones de personas. Esta es una de las mayores conurbaciones del mundo, la más poblada de América.
Según datos oficiales del Sistema Nacional Migratorio (Sismigra), en los últimos 25 años existen más de 200 mil registros de bolivianos en Brasil. Ocho de cada 10, corresponden al estado de São Paulo.

En aquel encuentro entre mamás, una cena por el Día de las Madres, se compartieron En aquel encuentro entre mamás, una cena por el Día de las Madres, se compartieron experiencias migrantes. Se intercambiaron historias, risas, sueños y dificultades. Acaso también esperanzas y luchas.
Gracias a esa convivencia, sus hijas comprendieron el origen de la fuerza que las reúne como comunidad.
“Creo que es esa la fuerza de dónde viene todo, de nuestras mamás”, dice Natali Mamani, integrante de las Cholitas da Babilônia.
“Y ver que estamos siguiendo con esa fuerza que nos enseñaron ellas, para no desistir aquí y continuar soñando este lugar. Ese sueño de tener un futuro mejor, de ponernos valor, de posicionarnos, de no callarnos. Creo que todo eso viene de ellas”.
“Ellas”: mujeres andinas, indígenas, trabajadoras, que primero migraron del campo a las ciudades para luego trasladarse desde Bolivia hasta Brasil.
En la década de los 90, la proporción de migrantes varones era mayor, pero en los años recientes las mujeres representan prácticamente la mitad de la población boliviana en Brasil, según datos oficiales.

Ellas, apuntan diversos estudios y publicaciones, “tienden a ser, con el tiempo, más requeridas que los hombres como mano de obra (…) ya que, además de la costura (…), desarrollan otras tareas: cocinar, limpiar, ayudar y aprender el oficio en el recinto (…) con una sobrecarga laboral intensa y por momentos ininterrumpida”.
2. Natali
La mamá de Natali es oriunda de la comunidad de Santa Bárbara, en los Yungas de La Paz, una región rural al norte de la sede de Gobierno boliviana. Allí comenzó su recorrido migrante. Inicialmente desde su pueblo hacia la ciudad y luego emigrando hasta Brasil.
Natali llegó a São Paulo con apenas cuatro años. “Mi mamá estaba con mi hermanita en su barriga”, recuerda. Como muchas familias bolivianas, su única alternativa fue trabajar en uno de los talleres que alimentan la industria de la costura y la moda.
Estimaciones de 2013 señalaban que alrededor de 10 mil “unidades productivas” de costura en São Paulo eran sostenidas por la fuerza laboral de la comunidad boliviana.

“Decorador, costureiro, alfaiate, modista, peleteiro, tapeceiro ou assemelhado”, poco más de la mitad de los registros bolivianos en el Sismigra (2000-2025) se anotan bajo esta categoría de oficio.
Un 13% está registrado como “Estudiante”. Como Natali, que actualmente cursa una maestría en Medios y Procesos Audiovisuales. Ella cursa el posgrado en la Universidad de São Paulo, la casa de estudios superiores más grande e importante de Brasil y una de las mejores de Iberoamérica.
Allí desea continuar con una exploración que ya aparece en su obra: cine indígena hecho y protagonizado por mujeres, videoarte y filme ensayo. Su primera película, un corto documental llamado Thakhi, lleva esa impronta: el soporte audiovisual como herramienta de reflexión sobre una identidad en tránsito, traslocada entre La Paz y São Paulo, entre lo rural y lo urbano.

Pero los cuestionamientos sobre su propia identidad le surgieron mucho antes, cuando –aún siendo una niña–, intuía que era “la otra”, “la extranjera”, “la que no es deseable”.
Sin embargo, aclara Natali, con el tiempo descubrió que “el problema” no está en ser una migrante, sino en “el color, la piel, el cabello”, en el cuerpo y la identidad indígena.
“Yo veo mi migración desde La Paz. En cómo la cuestión indígena me afecta allá. Primero a mis papás y luego se transfiere a mí, aquí en Brasil”, reflexiona Natali.

¿Por qué nuestros papás emigraron a la ciudad en Bolivia?
¿Por qué no pudieron vivir en el campo?
¿Qué cosas pasan en aquella sociedad para que los indígenas no puedan seguir viviendo del trabajo en el campo, para que los jóvenes necesiten salir a la ciudad a buscar trabajo?
Estas ideas y preguntas son comunes entre muchas de las integrantes de Cholitas da Babilônia. Surgen, por ejemplo, en las conversaciones de Natali con Tania Sayri, otra de las integrantes del colectivo.
3. Tania
Uno de los recuerdos más bonitos de la infancia de Tania Sayri es de cuando –apenas llegada a São Paulo– otros niños como ella (de origen boliviano, con rasgos indígenas) le ayudaron a comunicarse en portugués con sus profesoras y otros compañeros de escuela.
Tania Sayri también nació en los Yungas. Comparte raíces con la mamá de Natali, pero vivió en El Alto –una pujante ciudad aymara a más de 4 mil metros de altura– hasta sus ocho años.
Cuando llegó a São Paulo, poco después de la asunción de Evo Morales como el primer presidente indígena de Bolivia, Tania no entendía nada de portugués.
Tania dice que el proceso de adaptación en sus primeros años escolares en Brasil fue traumático. Pasó de ser una niña comunicativa y juguetona en su lugar de origen, a no poder interactuar con el nuevo entorno que le tocaba asimilar.

“Porque nosotros (refiriéndose a su familia) no teníamos condiciones financieras para poder pagar un curso de portugués. Y en aquella época no había proyectos del Gobierno para que inmigrantes puedan aprender portugués”, comenta.
Cuando Tania llegó a Brasil junto con su familia, regía el Estatuto de Extranjería de 1980. Esta norma fue desarrollada bajo la dictadura militar y se fundaba en la “idea de seguridad nacional”, con un ánimo más bien persecutorio respecto a las personas migrantes.
Desde mayo de 2017, en Brasil está vigente la Ley de Migración. Esta norma se guía bajo principios como “el acceso igualitario y libre del migrante a servicios, programas, beneficios sociales, bienes públicos, educación, asistencia jurídica integral pública, trabajo, vivienda, servicios bancarios y seguridad social”.
Pero, pese a los avances normativos, según apunta el informe regional Laberintos de papel. Desigualdad y regularización migratoria en América del Sur (liderado por CELS y CAREF), aún persisten estructuras discriminatorias y procedimientos burocráticos que hacen inaccesible la integración y la regularización de la población migrante “en términos geográficos, lingüísticos y económicos”.
Especialmente, entre quienes tienen “menos recursos materiales y menos habilidades o conocimientos para transitar ámbitos burocráticos”.
Esas barreras se profundizan cuando se suma una dimensión que el informe no llega a nombrar: la identidad indígena. Para personas como Tania, el problema no se agota en los papeles ni en el idioma.
“Las dificultades principalmente, vienen del (no saber el) idioma, o de la documentación”, subraya Tania. “Pero también más desde ese lugar subjetivo de la identidad, de las raíces culturales. Lo indígena resuena bastante. Entonces, nosotras siempre vemos una forma de cómo cuidar eso”, añade.

Tania es artista visual y también tiene formación en artes plásticas. En 2025 concluyó su grado de licenciatura en la Universidad Estadual de Campinas. Desde la investigación, pero aún más desde su exploración artística, explora el lenguaje de los tejidos y textiles andinos.
Cuando dice “nosotras”, Tania se refiere a las Cholitas da Babilônia. Cuando dice “cuidar eso”, se refiere a una construcción política que se teje, como los textiles que tanto le interesan, a partir de hebras de bien común, afecto y la reivindicación de una identidad que se resiste al “apagamento”.
4. Cristina
A diferencia de Natali y Tania, Cristina Mena emigró en su juventud. Llegó a Brasil hace alrededor de 10 años.
“Mena” es el apellido de su registro oficial, pero ella se presenta con el apellido Llumipanta. Cristina Llumipanta. De esa manera reivindica el origen indígena de su abuelo, perteneciente a la nación ecuatoriana Kitu Kara, originaria de la sierra norte de los Andes ecuatorianos.
La migración en la experiencia de Cristina también es una pulsión vital. A los pocos meses de vida migró de Quito hacia una región rural. Casi al llegar a la adolescencia retornó a la capital ecuatoriana. Luego, por motivaciones personales y buscando oportunidades educacionales, decidió dejar su país natal.

Los datos del Sismigra (2000 a 2025) reportan 16 mil registros de nacionalidad ecuatoriana, la mitad de ellos en el estado de São Paulo. Muchos de ellos, como sucede también con la comunidad boliviana, se valen del Acuerdo sobre Residencia para Nacionales de los Estados Parte del Mercosur y Asociados para obtener una residencia.
Pero, como explica Cristina en cuanto a la burocracia, “es muy complicado ser migrante”: luego de una década viviendo en territorio brasileño, ella aún no puede acceder a una residencia permanente.
“Las informaciones siempre son demoradas, siempre son complicadas. Siempre te dicen una cosa en un lado y después te dicen algo distinto en otro”, lamenta Cristina.
Estos enredos burocráticos se explican porque, según un reporte liderado por CELS y CAREF, “Brasil nunca tuvo una autoridad migratoria especializada”, ni siquiera luego de la aprobación de la Ley de Migración de 2017.
En ese contexto legal, es la Policía Federal la encargada de iniciar los trámites de permanencia, pero “como sus delegaciones son descentralizadas no hay procedimientos ni criterios comunes de actuación. Además se verifica una alta rotación de empleados y funcionarios que dificulta su capacitación y perfeccionamiento”.
Por si fuera poco, resalta el mismo informe, “la Policía Federal ha sido señalada en numerosas oportunidades por tratos discriminatorios y criminalizadores”.
Esas condiciones obligaron a Cristina, que entonces vivía en otro estado, a trasladarse hasta São Paulo. Al poco tiempo de establecerse allí, junto con su pareja fundaron un colectivo audiovisual llamado Quitus.
Desde entonces, sus esfuerzos se orientaron a consolidar una carrera como cineasta y videomaker. Pero con un enfoque distinto a las lógicas jerárquicas y coloniales de las producciones convencionales.

“Lo pensamos (el lenguaje audiovisual) para deconstruir y usar como una herramienta que vaya en ese proceso contracolonial. Y que nos podamos autorepresentar, que podamos tener autonomía, que podamos tener control sobre lo que decimos y cómo lo decimos y que no sea distorsionado, que no esté lleno de prejuicios”.
Este tipo de reflexiones, desde el arte y la política, la acercaron muy pronto a la Cholitas da Babilonia. Un evento en particular resignificó su vínculo con el colectivo.
5. Otra explotación
“Cuando ves el video de esa primera exposición, son puramente personas blancas, haciendo toda una vernissage, como si fueran obras de arte chic, tomando su champagne, comiendo, riéndose”, relata Natali.
La obra de Sergio Carvalho –quien además de funcionario, también ejerce como fotodocumentalista– se presenta como una “denuncia” de las condiciones de trabajo “análogas a la esclavitud” que enfrenta la población andina en la región metropolitana de São Paulo.
Pero las Cholitas da Babilonia están en desacuerdo, especialmente quienes crecieron entre esos talleres o trabajaron allí. Para ellas, este tipo de muestras son sólo una “explotación de la imagen” de la comunidad migrante.
Una explotación que se suma a la que ya experimenta mucha de la población andina en sus espacios de trabajo.
Investigaciones y reportes de prensa, desde hace décadas, señalan las condiciones laborales de la comunidad boliviana en Brasil (jornadas de más de 15 horas, estafas, coerción y encierros prolongados). Pero pocas veces se profundiza en las imbricadas cadenas de subcontratación que conectan estas condiciones “análogas a la esclavitud” con marcas comerciales o con los mercados regionales y transnacionales de moda.
Esta dinámica de representación, como denunciaron entonces las Cholitas da Babilônia, perpetúa estigmas y prejuicios en contra de los migrantes bolivianos y andinos en el imaginario brasileño.
“Son fotos en negro y blanco. Con personas en el momento que llegó la fiscalización a la oficina (taller), entonces la gente está como que no quiere que se saquen fotos, está asustada. Ves el susto en sus gestos”, describe Natali.
“Alguien saca fotos de una situación de violencia y luego lo publica y lo transforma en arte. Eso no hace sentido”, concluye.
Luego de la primera exposición y el anuncio de una segunda muestra, las Cholitas da Babilônia intentaron participar del evento. Dialogaron con la organización planteando la necesidad de incluir perspectivas desde la misma comunidad migrante, para problematizar en primera persona cómo se les representa. Pero sus esfuerzos no rindieron frutos.
Entonces, tomaron el camino de la acción directa.



6. “Nuestro dolor no es arte”
Las Cholitas da Babilônia se definen como un colectivo artístico y político, explica Tania, tomando la creatividad como una herramienta de incidencia social. Quizás la intervención en la inauguración de Oficina do Suor sea una de las mayores expresiones de esa vocación transformadora.
“Nosotras fuimos a protestar y arrojamos tinta (roja) a las fotografías. Y las manchamos porque eran imágenes violentas (…) Nosotras como indígenas o migrantes, que estamos en los talleres, no estamos así porque queremos. Hay un gran problema estructural”, apunta Tania.
Cristina llegó a la intervención de la segunda exposición de Oficina do Suor cuando las cosas ya estaban tensas. El público de la muestra fotográfica abucheaba la protesta de las Cholitas da Babilônia, argumentando que “no entendían el arte”, y la Guardia Civil Metropolitana usaba la violencia para retirar a las manifestantes.
“Era un espacio muy clasista, muy elitista en el que las personas no estaban escuchando”, recuerda Cristina, “o sea, ¿cómo pueden hablar de la comunidad sin estar la comunidad allí?”.
Pero la tensión se había generado mucho antes. Según reportó el portal Bolivia Cultural, hubo distintos intentos de mediación entre el fotógrafo, la institucionalidad que lo respaldaba y el colectivo migrante. Pero las “divergencias en el abordaje del tema” estancaron la conciliación.
El impacto de la acción artística y política fue tal que llegó hasta el Folha do S.Paulo, uno de los medios más importantes de Brasil, el segundo de mayor circulación a nivel nacional.
Pero aún más importante para las Cholitas da Babilonia fue la invitación al Portal Bolivia News de Gastón Conde, uno de los streamers más populares entre la comunidad boliviana en Brasil.
“A la próxima nos llaman porque queremos ir también”, fue uno de los mensajes que más emocionó a Natali durante aquella transmisión.
Su intervención había provocado una importante repercusión mediática, pero también dejaba entrever la posibilidad de una movilización migrante andina, más allá de manifestaciones culturales o festivas.
7. Casa das Cholitas: encuentro, cuidado y afecto
Cristina, que entonces aún no formaba parte del colectivo, registró muchas de las imágenes del documental-manifiesto Nuestro dolor no es arte, una respuesta artística y política a aquella muestra fotográfica.
Desde entonces su vínculo con las Cholitas da Babilônia se fue estrechando. Hasta que se convirtió, “oficialmente”, en una de ellas.
“Cholitas es un lugar también de afecto, de convivencia”, dice Cristina.
“Cuando migras como una persona racializada, una persona indígena, o migras en un contexto de vulnerabilidad de algún tipo, es bien complicado encontrar un lugar en el que te sientas a gusto, en el que te sientas bien”, añade.
Las palabras de Cristina se materializan en la Casa das Cholitas, un espacio que ofrece contención, cariño, solidaridad y sentido de pertenencia. “Detalles” que la institucionalidad es incapaz de ofrecer.
“Siempre he sentido que allá (tengo) una segunda casa para mí”, agradece.
La Casa das Cholitas es un espacio autogestionado. Los ambientes en los que funciona fueron cedidos y son cuidados por Fernada Quechua y Felipe Lopes.
Fernanda es una de las fundadoras de Cholitas da Babilônia y vive en Brasil desde 2012.
En el último tiempo, la Casa das Cholitas acoge cineclubes, fiestas, exhibiciones documentales, performances y talleres de todo tipo para niñes y jóvenes. Su agenda incluye también a otros colectivos de “indígenas de ciudad” que no cuentan con un lugar para promover sus actividades.

Es así como este espacio fortalece un diálogo “borrado” de las discusiones alrededor de la migración: la cuestión indígena, una identidad que va más allá de una territorialidad concreta o de manifestaciones culturales compartidas.
8. Indígenas transfronterizas
Además de los fuertes lazos que articulan a las actuales integrantes de Cholitas da Babilônia (diez en total), la mayoría de ellas también se moviliza a través de otros movimientos y organizaciones.
Por ejemplo, muchas de ellas coinciden en la Articulação Andina de Indígenas em Mobilidade (AYNI). A través de esta articulación, participaron del Acampamento Terra Livre, “uno de los encuentros de pueblos indígenas más grandes de Brasil”, explica Tania.
Este año, como en anteriores gestiones, iniciaron una colecta solidaria para garantizar su participación. El objetivo es cubrir los gastos de transporte y alimentación durante los cinco días del campamento en Brasilia, a más de mil kilómetros de São Paulo.

Según el más reciente censo poblacional de Brasil (2022), solo el 0.83% de la población se identifica como indígena. Aunque el porcentaje sea mínimo, en el contexto brasileño, equivale a casi 1.7 millones de personas. Una cantidad similar a la de los habitantes de El Alto y La Paz, las ciudades más pobladas de Bolivia (después de Santa Cruz de la Sierra).
Pero las cifras del Censo, dicen desde Cholitas da Babilonia, “aún no coinciden con la realidad”. Esto dificulta que se impulsen políticas públicas para garantizar el reconocimiento de la identidad indígena andina transfronteriza por parte del estado brasileño.
Los datos oficiales hablan de 2,434 aymaras y 1,164 quechuas, bajo la categoría de “otras etnias de las Américas”. Sin embargo, estimaciones extraoficiales del consulado boliviano calculan que hay más de 350,000 bolivianxs en Brasil (2018). Buena proporción de esta inmigración proviene de territorios del valle y las tierras altas de Bolivia, regiones y localidades de raíces aymaras y quechuas.

Es decir, los números del censo no calzan, hay una invisibilización sistemática. Por ejemplo, a poblaciones indígenas en movilidad transfronteriza. Personas que el Estado brasileño registra por su nacionalidad —boliviana, ecuatoriana, peruana— pero no por su identidad.
Estos escenarios son “problemáticos” y desatendidos por las políticas migratorias de los Estados en América Latina, también más allá de Brasil.
Un artículo publicado por Dejusticia, centrado en la realidad colombiana, denuncia que pese a que la movilidad entre distintos territorios es una práctica cultural de gran parte de los pueblos indígenas, muchos de ellos se enfrentan a “la imposibilidad práctica para acceder a la nacionalidad por naturalización, debido a la exigencia de requisitos imposibles de alcanzar”.
“Les imponen unas condiciones de ignominia donde se han presentado casos de apatridia, indocumentación, discriminación por razon étnica y nacional, inacceso a servicios de salud, educación, territorio, entre otros”, complementa Sebastián Hurtado, autor de la nota.
Una situación que con mucha facilidad podría trasladarse a cualquier otro país de América Latina. En el caso específico de Brasil, un informe de la Red Jesuita con Migrantes LAC (2023) evidencia que “es uno de los países que no reconoce a los pueblos que ancestralmente trascienden las fronteras establecidas por los países”.
Esta falta de reconocimiento queda manifiesta en el caso de la nación indígena Warao, de origen venezolano.
Se calcula que al menos 7 mil personas de este pueblo originario “encuentran numerosas dificultades y una gran falta de respuestas y políticas públicas duraderas”. Entre ellas, el acceso a “un abordaje culturalmente adecuado” que les otorgue los recursos necesarios para integrarse en la sociedad brasileña”.
9. Las luchas pendientes
Pero esas discusiones, también dejan de lado, por ejemplo, a las personas indígenas urbanas. En medio de ese panorama, las Cholitas da Babilônia profundizan aún más la discusión en torno al “borramiento” de las identidades indígenas en contextos de migración.
“Brasil no reconoce mucho a los indígenas que vienen de otros países. Entonces, nos ven como solo la nacionalidad. Entonces, frente al Estado brasileño sólo somos bolivianos o peruanos”, reclama Tania.



Cristina, ahora mismo trabaja en su película Sapi (raíz en kichwa) y dice que esta reivindicación identitaria es fundamental en su nueva obra: “no importa que aquí seas brasileño o que hayas venido de otro territorio. Si eres indígena, eres indígena en cualquier lugar. Y las políticas públicas pensadas para indígenas deberían aplicarse igual”.
Este posicionamiento no aleja a las Cholitas da Babilonia de las agendas emancipatorias de los pueblos indígenas brasileños. Por el contrario, se articula con ellas y propone un horizonte interterritorial y multi identitario.
Somos indígenas além das fronteiras coloniais — levamos conosco nossas línguas, medicinas, raízes e resistências.
En 2025, durante el último día de la conferencia de la Articulação Nacional de Mulheres Indígenas Guerreiras da Ancestralidade, un grupo de indígenas andinas fue invitada a la ceremonia de clausura. Allí participaron con los símbolos y la ritualidad andina, según cuenta Rio Inahuazo, también integrante de Cholitas da Babilônia.
Aquella noche, relata Rio, las parientes brasileñas aprobaron una moción de apoyo y reconocimiento a las identidades indígenas andinas en territorio brasileño. Una declaración que las acoge como sus pares.
Esta conquista política y simbólica, por fuera de los márgenes del Estado, convive en reciprocidad con las agendas que alimentan el corazón de Cholitas da Babilônia.
“Hablar de que eres una persona indígena en Brasil, también es posicionarte a favor de los indígenas en Brasil, porque es donde estamos. Por eso como colectivo Cholitas siempre estamos acompañando la lucha indígena de Brasil. Si estamos aquí, también tenemos que luchar a su lado”, concluye Natali, con la misma fuerza que las mamás de las Cholitas trajeron desde los Andes.
El Acampamento Terra Livre 2026 se realizará en el mes de abril. Para garantizar la participación de representantes de la Articulação Andina de Indígenas em Mobilidade (AYNI) y Cholitas da Babilonia se habilitó una recaudación solidaria.
Desde Bolivia puedes aportar a través del siguiente QR:

Fuentes consultadas
Créditos
Cholitas da Babilonia: Abi Llanque, Cristina Llumipanta, Gabrieli Lecoña, Fernanda Quechua, Tania Sayri, Milenka Rojas, Natali Mamani, Rio Iñahuazo , Lahayda Mamani, Vanessa Quispi.
Fotografías y videos: Acervo de Cholitas da Babilônia
Foto de portada: Areta Padma
Investigación documental: Lil Fredes y Mijail Miranda
Reportería y producción general: Michelle Nogales
Redacción y dirección editorial: Mijail Miranda
Idea original: Mijail Miranda
