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Familias con muchos niños, ningún computador y elevados costos en el acceso a internet. Esas son algunas de las «excusas» con las que, según el Ministro de Educación, se rechaza la «educación virtual». Esas son algunas de las historias que contamos aquí. Lanzamos un cable a tierra al exvicepresidente, a ver si se rescata.

Texto y fotos: Esther Mamani

Víctor Hugo Cárdenas, el más reciente ministro de Educación boliviano tiene frases célebres como “la pobreza es utilizada como una excusa para rechazar la educación virtual”. Dijo esto hace casi tres semanas, en su despacho, cuando le consultaron sobre soluciones viables para implementar un sistema de educación virtual en Bolivia, un país con grandes brechas en el acceso y manejo de tecnologías digitales.

A más de cien días del ingreso de la pandemia del nuevo coronavirus al país, se sabe muy poco sobre medidas concretas que hayan salido desde la cartera de Estado liderada por Cárdenas. Recientemente, este Ministerio informó que se aplicarán descuentos en el pago de las pensiones escolares, entre un 6 y 28%, en instituciones educativas privadas. La Asociación Nacional de Colegios Particulares (Andecop) aceptó esta determinación quizás porque muy pocos aplicarán el descuento máximo.

Aquellos colegios con más de 1200 estudiantes y pensiones superiores a mil bolivianos mensuales y que no impartieron educación por plataformas virtuales deberán conceder el 28% de descuento.

Pero, ¿qué sucede con la educación pública? ¿En qué trabajó el equipo de Cárdenas en estos meses de emergencia? Nada más que unos cuantos tímidos cuetillos: descuentos en los paquetes de internet con las telefónicas que operan en el país y un irrisorio cupo de 100 becas en educación virtual de Microsoft para más de 150 mil maestros.

Cárdenas cree que lo está haciendo bien. En sus entrevistas no titubea y se lo ve convencido de que ese es el camino para compatibilizar educación con pandemia.

Por eso mismo, intentaremos ofrecerle un cable a tierra, uno que le permita ver mucho más allá de la Andecop, las «carguitas felices» en las telefónicas o su obsesión con Microsoft.

Cable a tierra, primer llamado

Alto Ventilla es uno de los barrios más pobres de La Paz, aunque esté ubicado en la zona sur. Este cerro, donde las casas se aferran temerosas a la arena, está entre las residenciales zonas de Obrajes y Calacoto. No se ven muchos negocios. Ahora, uno de los que más importaba era un humilde Internet con un par de computadoras maltrechas. En esa esquina muchos vecinos pensaron que podrían resolver algunas tareas escolares,  para que sus hijos no se vean perjudicados, pero la cuarentena es dura y los dueños del pequeño negocio tomaron la decisión de vender sus máquinas para enfrentar la crisis.

Aquí, pedimos la colaboración de dos familias para explicar al ministro Cárdenas cómo sus planes y estrategias nunca saldrán de los papeles que se amontonan en su oficina, imposibilitados de concretarse en el cotidiano de estas familias.

Cable a tierra, segundo llamado

Esta mañana, como todos los días hábiles, Lucia Mamani sale al trabajo dejando su celular en casa. No tienen computadora y sus tres hijos en edad escolar necesitan el aparato para recibir las tareas que envían las profesoras.

María Rene tiene 15 años y cursa el tercero de secundaria; Alan, de 13, va en el segundo de secundaria. Ambos son estudiantes de un colegio fiscal. La tercera es Marian, de 9 años, la única inscrita en otro colegio: el Luxemburgo.

Yuliza, la mayor de todos con 23 años, está a cargo de los tres. Hace acrobacias para que usen el celular en tiempos casi cronometrados y repartidos con justicia. Ahora, en el pequeño teclado del celular, buscan en Google referencias sobre la fundación de Bolivia.

“El representante del curso dice que la siguiente semana van a usar Zoom, porque ahora solo mandan tareas por WhatsApp. No les mandan videos, pero sí tareas y yo les tengo que enseñar”, reclama Yuliza.

La más pequeña, Marian, dice que antes que el Zoom preferiría volver a las aulas para ver a su amiga Rosita, de la que no tiene noticias hace algunas semanas. “Creo que su mamá no compra tarjetas, pero ella era buena alumna y muy buena, porque no se atajaba de nada. No me dejan ir a su casa”.

Yuliza, en medio de su rol improvisado de profesora en una suerte de «multinivel» reflexiona sobre la situación:

“Es más difícil ahora, no todos tienen las mismas oportunidades de estudiar. Yo quiero que mis hermanitos estudien y es difícil escribir desde el celular cuando tienes que anotar dos hojas Word del resumen de un libro”.

Después del mediodía, doña Lucia vuelve del trabajo. Ahora sí podrá revisar, durante algunos minutos, los mensajes que le enviaron a su celular. En la tarde, pese a que se queda en casa, tampoco podrá disponer del teléfono porque es la única entrada al colegio que tienen sus hijos desde su hogar.

Lucia se vio obligada a comprar un paquete mensual de 282 bolivianos de la empresa Tigo, «porque se gastaba más en tarjetas». Es el mismo plan elegido por Mercedes Aruquipa, su vecina.

Tigo instaló las antenas y aceptó brindar el servicio siempre y cuando sean más de cinco clientes.

Cable a tierra, tercer llamado

La de doña Mercedes es otra familia sin computadora y con un par celulares, la única opción para descargar los trabajos «en Word» que manda la profesora de Sociales de otro Alan, el tercero de cinco hermanos. “Cuando íbamos al colegio el profe de Física nos explicaba bien, ahora solo manda tarea. Por eso me gusta leer lo que manda la profesora de Sociales, la profesora Sofía”, se entusiasma.

Sofía es la única de sus maestras que está enviando un plan semanal. Ver lo que avanzarán motiva muchísimo a Alan, porque le permite organizar su agenda personal y calcular sus tiempos. Alan accede a este tipo de educación «virtual» gracias a su hermano mayor, Ángel, quien le comparte su celular.

Después de medio año de embolsador en el supermercado Ketal, Ángel juntó el dinero suficiente para comprar un smartphone con sistema operativo Android. “En mi curso somos 24, algunos se faltan porque no tienen internet, tienen otros gastos sus papás. Yo quiero que pasemos clases en aula otra vez, ahí todos estábamos iguales”, dice Alan, mientras calcula cuántos de sus compañeros no asisten a clases virtuales ni se conecta a WhatsApp.

Pese a tener ese celular y el de otra de sus hermanas, accidentalmente se atrasaron en las clases de Vania, la más pequeña.

Doña Mercedes, después de un mes de cuarentena se inquietó porque solo los hijos mayores pasaban clases. Llamó a la profesora de Vania y se enteró que ella sí estaba mandando tareas, pero, como «no tenía WhatsApp», no se había enterado hasta ese momento. A los dos días la añadieron a un grupo en la plataforma de mensajería y comenzó a recibir indicaciones y materiales educativos.

Según el Ministerio, el año escolar se extenderá hasta diciembre.

Todos los planes de mejora de la educación siguen en el tinteto, a la espera de ser ejecutados, replanteados y, en el mejor de los casos, optimizados.

¿Pasarán otros 100 días para que estas familias tengan mejores condiciones para acceder a algún tipo de formación virtual?

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