Mientras camina desde la casa donde crió a su familia, Isabel Surubí Pesoa se detiene para señalar el lecho de un arroyo. Ahora está cubierto de hojas secas, pero antes abastecía a toda su comunidad. “De aquí salía el agua”, dice.
Los Ángeles, la comunidad de Isabel, está ubicada dentro de la TCO Monte Verde en el bosque chiquitano de Bolivia, una de las regiones más afectadas por el fuego en los últimos años.
En 2024, los incendios en Bolivia quemaron más de 12 millones de hectáreas de bosques, tierras de cultivo y sabanas, una superficie mayor que la de Guatemala u Honduras.

Luego de los incendios y la sequía que los precedió, el ojo de agua que alimenta la comunidad de Isabel se secó. “El Jichi ya se ha ido”, explica Isabel, refiriéndose a los guardianes que protegen los manantiales y el agua, según las culturas chiquitanas.
A falta de agua en su comunidad, Isabel y su familia se vieron obligados a migrar al pueblo más cercano, a tres horas de distancia.
“Duele dejar todo así”, dice.
Isabel y su familia esperan volver algún día a Los Ángeles. Pero ella teme que sea imposible si no se recupera el ojo de agua que antes alimentaba su comunidad.
“Si no nos matan de fuego”, dice, “nos van a matar de hambre”.

Incendios en Bolivia
Los incendios forestales del año pasado en Bolivia, de julio a noviembre, fueron los mayores del país hasta la fecha. Se quemó más del 10% de los bosques del país, según un informe de Fundación Tierra.
Impulsados por técnicas agrícolas de tala y quema, usadas por la agroindustria comercial, estos incendios intencionados a menudo se extienden sin control.
Isabel y su familia abandonaron su pueblo hace más de once meses. La maleza de rápido crecimiento ha sustituido rápidamente a los árboles quemados. Sin embargo, las consecuencias sociales para los afectados por los incendios persisten.

«Una epidemia» tras los incendios
A unos 200 kilómetros al sureste de Los Ángeles, los habitantes de Santa Ana de Velasco siguen enfrentando las consecuencias de los incendios.
Wilmar Cristian Gonzales Ortiz es enfermero de la posta médica local. Aún recuerda que, en la época de los incendios, durante días enteros, la visibilidad se reducía hasta a un metro. Un humo espeso envolvía el pueblo.
Con el apoyo limitado de los bomberos voluntarios, fueron los mismos miembros de la comunidad quienes se organizaron para luchar contra los incendios. Necesitaban resguardar sus casas y sus cultivos. Esta exposición al calor, el humo y la ceniza tuvo impactos en los cuerpos de comunarias y comunarios.
Gonzales Ortiz recuerda que un paciente estuvo a punto de sufrir un infarto por insolación y deshidratación.

En el departamento Santa Cruz, más de 26 mil pacientes fueron atendidos por problemas de salud atribuidos a los incendios forestales entre abril y octubre del año pasado, según un informe del gobierno departamental.
Gonzales Ortiz anticipa que los efectos de los incendios sobre la salud persistirán a lo largo del tiempo.
En diciembre, una vez extinguidos los incendios, siguió atendiendo a pacientes con afecciones oculares y pulmonares.
La ceniza y otros residuos de los incendios, en altas concentraciones, contaminan los suministros de agua y causan problemas gastrointestinales. Hay “una epidemia” de dolores de estómago, vómitos, diarrea y molestias en otras partes del cuerpo, afirma el enfermero.
La contaminación del agua potable después de incendios forestales masivos está bien documentada. Por ejemplo, los ciudadanos de California, Estados Unidos, enfrentaron problemas de salud similares recientemente.
Gonzales Ortiz teme que los peores problemas de salud estén aún por llegar. Estos podrían incluir cáncer de pulmón, obstrucciones pulmonares y mayor susceptibilidad a infecciones en las vías respiratorias.
“No se va a ver ahora ni mañana”, afirma. “Lo vamos a ver aquí a cinco años, seis años, cuando… (en) los adultos ya sus pulmones estén colapsando”.
Jhonny Monje, director médico del hospital municipal César Banzer, en la cercana Concepción, coincide en que muchas complicaciones de salud tardarán años en aparecer en los pacientes.
Añade que los problemas pulmonares también pueden provocar una cascada de enfermedades en otros órganos. Los pulmones dañados “hacen que el corazón se exija más”, afirma, y advierte de que la ceniza y la contaminación funcionan “como cualquier agente extraño” en el organismo.
Investigaciones recientes revelaron que respirar humo y otras partículas finas esparcidas durante los incendios forestales puede ser mortal. Según un estudio publicado en 2024 en la revista Science Advances, al menos 52 mil muertes prematuras, durante 10 años en California, Estados Unidos, se debieron a la exposición al humo de los incendios forestales.
Los estudios también han relacionado la exposición prolongada al humo de los incendios forestales con demencia y Alzheimer.
Más allá de las afecciones médicas, las comunidades también enfrentan barreras del acceso a alimentos nutritivos, también debido a los incendios forestales y otros impactos de la crisis climática.
Del campo a las haciendas: Cosechas perdidas y precios en alza
Verónica Surubí Pesoa, concejal de San Javier, cuenta que la sequía y una helada fuera de temporada afectaron los cultivos de su municipio en agosto de 2024. Mientras, los incendios también acechaban. Como consecuencia, se perdió gran parte de la cosecha de yuca, un alimento básico en la región.
Fue “un trabajo en vano” para muchos agricultores, afirma.
Ante las crecientes dificultades para producir alimentos localmente, la compra de productos importados es la única opción para muchos en la comunidad.

Muchas personas que antes vivían de las pequeñas parcelas de tierra que cultivaban por sí mismas, se vieron obligadas a buscar trabajo en grandes haciendas ganaderas. Allí suelen recibir salarios por debajo de los 100 bolivianos al día (menos de 15 dólares al tipo de cambio oficial).
Esta precarización es experimentada en medio de una constante suba de precios, debido a la escasez de combustibles y la devaluación de la moneda que enfrenta Bolivia.
“Tienen que comprar, tienen que trabajar y los sueldos no suben”, dice Rosa Pachurí Parabá, activista que dirige la Organización Regional de Mujeres Indígenas Chiquitanas (Ormich).
“En algunas comunidades… a veces una sola vez comen al día”.
El gobierno boliviano declaró los incendios forestales un desastre nacional y prohibió el chaqueo y las quemas agrícolas.
Sin embargo, la medida fue criticada por sus efectos sobre los pequeños agricultores, que dependen del chaqueo tradicional para plantar sus cultivos. Mientras, las grandes empresas soyeras y ganaderas pueden utilizar el fuego para despejar grandes extensiones de tierra con poca supervisión gubernamental.
Aprendizaje perdida
Cuando el humo de los incendios alcanzó su peor momento, la educación en las grandes ciudades optó por la modalidad “virtual”. En cambio, los estudiantes de zonas rurales sufrieron la reducción de horarios o la cancelación de clases.
En Santa Ana de Velasco, las clases se suspendieron durante los periodos más intensos de fuego y humo. Luego se redujeron a tres horas diarias.
Aunque se suponía que alumnos y profesores debían llevar barbijos para prevenir complicaciones, las condiciones climáticas no lo permitían. “Con tanta calor ellos no aguantaban”, explica Mónica Pará Parabá, cacique y madre de dos niños pequeños.
Sus dos hijos sufrieron afecciones oculares causadas por el humo.
Aunque algunos profesores afirman que los alumnos han recuperado el tiempo perdido, Surubí Pesoa es menos optimista. “Creo que es pérdida nomás”, afirma la concejal.

Las mujeres se encargan de todo
Isabel Surubí Pesoa dice que las responsabilidades de las mujeres “se triplica” durante las temporadas de los incendios forestales.
“No sólo sabemos cocinar, también nos la damos de doctoras,… de psicólogas con los hijos. Porque son los hijos los que sufren”, relata.
Además, las mujeres en estas regiones deben caminar largas distancias para recoger agua para sus familias e incluso luchar contra los incendios.

Con la crisis climática obligando a más hombres a migrar en busca de trabajo, las mujeres suelen quedarse en casa con sus familias. Esto implica que asumen en soledad todos los trabajos de cuidado e incluso de manutención familiar.
“Tienen que ver el tema de la salud, la educación, el chaco, los animales, todo. De todo se encarga la mujer”, dice Pachurí. A la vez que enfrentan distintas formas de violencia.
Según las mujeres de las comunidades indígenas chiquitanas, la violencia sexual contra mujeres y niñas también aumentó durante los incendios.
Pachurí cree que algunos hombres se aprovecharon de que había tanta gente luchando contra los incendios, dejando a las mujeres y a los niños pequeños solos en casa.
Como muchas mujeres no presentaron denuncias a las autoridades por miedo a represalias, no se dispone de datos fiables sobre este incremento en las agresiones.
Ormich está investigando esta tendencia para comprenderla mejor.




