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La falocracia boliviana cada día se supera. «La lucha democrática» ha pasado de ser una demanda popular a una demostración de quién tiene las bolas más grandes. Detrás de la «boludez» de oficialistas y opositores, agendas patriarcarles, depredadoras, ultraconservadoras, prorroguistas y coloniales.

Mijail Miranda Zapata

Noviembre comienza con un ministro diciendo que Bolivia se convertirá “en un gran campo de batalla, un Vietnam moderno”. Con un decadente presentador televisivo recriminándole el llamado a la violencia y retándolo a arreglar las cosas “como hombres”, o sea, a golpes. Con un diputado respondiéndole al primero que si eso llega a ocurrir, él será “el Rambo” que defienda la democracia. Noviembre comienza con dos muertos y el Presidente pidiendo acabar con el paro nacional para que el fútbol vuelva a nuestras vida. “Somos futboleros, entiendan…”. Noviembre comienza con la consolidación de un liderazgo regional, nacido de las élites cruceñas, apodado «El Macho». Noviembre comienza con la viralización de una imagen que dice: “Tú con balas, yo con bolas”. Porque en este país, la democracia es una cuestión de bolas.

Aunque escondidos detrás de un discurso de pacificación y no violencia, la escalada de confrontación que ha vivido Bolivia tiene raíz en una retórica profundamente machista, sostenida en un modo patriarcal de entender la política y la disputa del poder. Los discursos beligerantes con los que Evo Morales, Carlos Mesa, Luis Fernando Camacho, Waldo Albarracín, Juan Ramón Quintana, entre otros políticos y líderes sociales, han azuzado los enfrentamientos en las calles no están relacionados solo con una aguerrida defensa de la “democracia” o del “proceso de cambio”, según corresponda, sino en como nos representamos públicamente como sujetos masculinos, como respondemos en situaciones de emergencia ante aquel “mandato de masculinidad” planteado por Rita Segato.

Esta gestualidad de macho, cada vez más acentuada, del conflicto boliviano es fácil de identificar, en ambos bandos. Las voces oficiales de las partes en conflicto son masculinas, las tomas de decisión y acción en gran parte de las concentraciones -a excepción de las primeras- son asumidas por los varones. Los liderazgos femeninos, tan instrumentalizados durante las campañas electorales, han quedado desplazados a segunda y tercera línea. No es que la presencia de mujeres garantice que la política nacional abandone su cuerpo patriarcal, pero es que ahora apenas tienen palestra o poder de intervención; porque la crisis, el enfrentamiento, la resolución de las diferencias, la lucha política, parecen ser asuntos que se resuelven con las bolas.

«Macho» Camacho

Las arengas públicas en las que estos liderazgos masculinos llaman abierta o subrepticiamente a la violencia, a la imposición agresiva sobre les otres, al desconocimiento de las diferencias, a la penalización moral y física de la disidencia, parecen ser respuestas a un mandato de masculinidad que los obliga a manifestar y reafirmar su virilidad a través del potenciamiento de actitudes que caminan entre lo irascible e irracional.

Aunque desde el oficialismo, en el propio Evo Morales, exista un amplio prontuario de actitudes que patriarcales, machistas y misóginas, el caso de Luis Fernando Camacho, en el contexto actual, es el que mejor permite explicar los rezagos de la sociedad boliviana en cuanto a la interpelación hacia un aparato político de bolas hiperinsufladas, digno reflejo de una sociedad que parece aún esperar la llegada de un nuevo caudillo potente y déspota, una sociedad que todavía es susceptible a los «encantos» de un liderazgo falocrático, sexualizado, bélico, moralizante, acaudalado y elitista.

Camacho es un empresario cruceño, presidente del Comité Cívico Pro Santa Cruz, históricamente conocido por su tendencia conservadora y reaccionaria. En la última década, el poder de esta institución había estado relegado, incluso a nivel regional. Sin embargo, la irrupción de su actual líder en el escenario de la crisis postelectoral, vuelve a acamodarla en un sitial de decisión. ¿Cómo fue construido este liderazgo? ¿Cómo su popularidad creció tan rápidamente? Gracias a una astuta combinación, hay que admitirlo, de paciencia y sentido de la oportunidad.

El principal abono fue el descontento popular hacia un Gobierno que ratificó las posibilidades de su relección indefinida a través de artilugios legales ilegítimos, luego de perder un referéndum, y la sospecha generalizada de un gran fraude electoral en las últimas elecciones nacionales. Ahí el buen timing de los cívicos, esperar el momento preciso para movilizar un gran aparato comunicacional orientado a posicionar una figura que en otras circunstancias resultaría más bien anodina.

Pero las raíces de su crecimiento están afincadas mucho más hondo, en los valores clasistas, racistas y machistas de una amplia capa media de la sociedad boliviana, colonizada y enajenada, que nunca pudo lidiar con un indígena en la presidencia ni con las polleras en el parlamento; en la desidia de un Gobierno que descartó una «revolución democrática y cultural» para dar lugar a una estrategia pragmática de confrontación, neocolonial y profundamente segregadora. En el reflejo, pues, de un gamonal macho, «hecho y derecho», retomando las riendas de la salvaje potranca boliviana.

Sin ser un orador privilegiado ni tener el temple de un gran estadista, Camacho conquistó a la clase media boliviana a fuerza de huevos, como vimos, un requisito indispensable para la legitimación de cualquier liderazgo. La proliferación de una imagen erotizada de «Macho» Camacho, en un territorio como el cruceño, tan propenso a la farandulización, hizo del líder regional rápidamente un referente de la «lucha democrática y por la libertad». Esta caricatura fue comprada incluso por referentes e influencers que en el último tiempo habían coqueteado, a fuerza de desplazar a sus verdaderos rostros, con movimientos feministas y las disidencias sexuales.

Entonces, ¿cuál es la trampa detrás de un liderazgo como el de Camacho? Que detrás de tanta boludez -entiéndase aquí como un par de bolas prominentes- se esconde una agenda que obliga a un cabildo masivo y diverso a ponerse de rodillas ante el dios católico en un Estado que se declara laico constitucionalmente, que pide anotar los nombres de «los traicioneros del pueblo» a lo Pablo Escobar, que exige y decide quién debe ocupar la presidencia del país sin respetar el Estado de derecho y que seguramente intentará imponer un nuevo paradigma con horizontes antiderechos y resabios coloniales.

Entonces, ¿qué opción tenemos? Estando la política tradicional en una bifurcada, la demostración de quién es más boludo, la verdadera resistencia tendría de acomodarse en un nuevo escenario que intente romper son este viejo paradigma patronal y caciquista, que reconstruya las redes populares desde las diferencias y el derecho al disenso. Apuntar hacia una política pensante y dialogante, dejar de lado la genitalización del debate y la normalización del abuso como ejercicio de poder. Primero la reflexión y el ejercicio crítico, luego la práctica concreta y estratégica. Otras formas de construir siempre son posibles y están latentes, pero el panorama es más aciago que nunca.

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