La autora del relato durante la presentación del libro dentro el recinto penitenciario. | Foto: Mijail Miranda
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Se acercan las fiestas de fin de año. En medio de la comodidad que suele envolvernos, te ofrecemos una ventana hacia otras realidades. Uno de los textos más potentes de la antología que las compañeras de San Sebastián Mujeres escribieron durante los últimos meses.

Norma A.I.E.

Me acuerdo que siempre caminábamos con mis hermanos. Íbamos al río a bañarnos. Mis vecinos también sufrían porque no tenían su papá, solo su mamá.

Íbamos con machete y gangochos y hacíamos caer ‘montepacaicitos’, pero como éramos niños no podíamos hacerlo muy bien. Nos llevaba horas. Recogíamos el gangocho y cansados comíamos en la orilla del río. Como lo recolectado era mucho, lo botábamos al río o lo llevábamos arrastrando. Muchos niños venían y nos querían quitar. Nos peléabamos.

Me acuerdo que mis hermanos y yo siempre hemos deseado tener un padre que trabaje y que nos dé una mejor vida. Mis hermanos y yo íbamos al chaco y llorábamos abrazados, los tres.

Mi mamá nos decía: ojalá se pudieran volver comida para que los coma, ojalá pudieran ser agua para que los tome. Cuando decía eso nos dolía y decíamos: la mamá no nos va poder mantener y nos íbamos a trabajar.

Me acuerdo que antes mi mamá no conocía 100 bolivianos ni 100 dólares. Hemos sabido trabajar y agarrar más dinero. Hemos salido adelante y no nos faltaba casi nada. No nos ha hecho conocer nunca un padrastro.

Me acuerdo que la gente nos odiaba porque éramos los hijos de una viuda. Algo pasaba y siempre nos echaban la culpa.

Me acuerdo que un año nuevo por primera vez hemos pasado los cinco: mi mamá, mis tres hermanos y yo. Hemos pasado felices y nos acordábamos como estábamos antes y cómo nos habíamos recuperado.

Ha sido el primer año nuevo que hemos pasado juntos, porque siempre trabajábamos.

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