ANJANI, la Medea andina que sigue su paso, el nuevo libro de César Antezana

Juan Pablo Sutherland

César Antezana/Flavia Lima lanzó hace poco su último poemario ‘Anjani’. El narrador chileno Juan Pablo Sutherland nos sumerge en estas páginas de diálogo con la muerte. También te dejamos una probadita de la publicación, que podrás adquirir en Yerba Mala Cartonera.

Anjani de César Antezana propone una ciudad íntima donde los cuadros internos conectan con una arquitectura del deseo, de la idea del amor, pero también del espacio. Anjani es una heterotopía, es decir un contra espacio donde la subjetividad se cuela siempre detallando un vértice íntimo, donde el detalle es la obscenidad diría Braudillard. El mismo texto revela ese antojo de la burguesía que la voz poética quiere despreciar.

La voz poética es un fantasma, es un espectro que mantiene la cotidianeidad como tensión amorosa, pero que sobrepasa esa tensión. A ratos vuelve el espacio del encierro en, El cuarto de Giovanni de James Baldwin, encierro de un fragmento amoroso ligado no solo a cierta cita posible del devenir sexual encerrado en mingitorios, el texto propone un viaje, es un recorrido por los cronotopos del amor, donde el tiempo siempre es un recorrido, se recorre el vacío, se recorre la cita del paisaje, la cita del autor, todo tejido como una especie de lamento de una Medea andina, que ve el lugar, reconoce la huella del deseo o del horror al vacío “me siento más extraviada que nunca en la espesura del continente”.

Anjani nos enfrenta al discurso amoroso de lo imposible, el “tu” como imperativo, el “tu” como cadena que no se rompe ni en la juventud tísica ni en la espectralidad de la muerte. A modo de un Réquiem andino, el texto explora la auto-ironía de la ciudad letrada recayendo de lo público letrado a lo microscopio cotidiano de las mariposas nocturnas. Y la ciudad como una proyección del cuarto íntimo se extiende abarrotando el espacio de esa habitación donde los escombros de lo siniestro forjan un paisaje. “Las ciudades del altiplano nos habitaron con sus entrañas de piel gastada hacia adentro y nos desviaron de las razonables promesas de tus libros”. La ciudad en diálogo con la letra, con la escritura como huella de un crimen que permanece en el viaje.

Anjani no da tregua, propone en su lengua interna una lengua extranjera, como posibilidad de fundar una genealogía que se define por el espacio intimo anclado en lo público, tironeado por el deseo de cita, de conjugación de un mundo que se va o fue divisado en algún momento. Anjani nos propone ver ese cuerpo como una pena de extrañamiento que anuncia el horror al vacío o la huella del abandono. La hinchazón de ese cuerpo, como topografía que reclama el momento para dejarlo, para dejarlo ir sin más.

César Antezana / Flavia Lima | Foto: © Bea Jurado

Vengo de las habitaciones en que alguna vez tuve miedo

vengo de sus intenciones de aniquilar el espacio
vengo de su ademán frívolo de preservar el instante
de la epifanía que enmohece en nuestros ceniceros descascarados
vengo de las inquietudes de tu piel, de sus aerostáticas revoluciones por minuto
vengo de las comisuras de tus labios, asoladas por el amanecer que apelmaza allí los desechos del día anterior, los remanentes de una fiesta absurda que nos empeñamos en prolongar como una bocanada sagrada de tifus

Tengo grosellas en almíbar para nuestro antojo de burguesía
y te enfadas como un niño que nunca ha sabido aceptar la suerte del rodaballo

¿hasta cuándo jugarás a escabullirte del ruido ambulatorio que provocan los instrumentos de los indios?

Bebemos sake del tiempo de los molinos, de aquel entonces en que las lagunas rebosaban difteria y se encontraban asolando las ciudades en forma de pantanos

Las campesinas mascullan secretos con los arrozales y escupen una desdicha mutua que termina agriándonos la boca, que ahora sólo sabe decir palabras salvajes de coloración indescifrable

Hablo por mi piel urgida de tatuajes, de mingitorios abrumados por el sexo de los hombres y por los versos de los poetas desnudos que como telarañas nos envanecen en el tiempo de las lluvias primiciales
fingimos estar muertas
y la dinamita estalla en un desborde absurdo de pólvora
y caracolas traídas de territorios ajenos

Y confiamos este destino de querernos al solipsismo estratégico de las guerrillas

Los pequeños hombres rotos
se tutean
en medio de una sobria retirada en cámara lenta

Demolemos los cementerios y los envolvemos en misterios que nunca tuvieron
porque allí sólo yacen los muertos
como yacen en el carrusel los animales de yeso, los niños que no tienen tiempo, los cigarrillos liados con tabaco viejo y la insulina que regurgita en el intermedio de una aburrida pieza de Chopin

Cuánto detestábamos a Chopin y su lentitud desplegada como una bocanada en forma de hembra que sube despacio, casi dramáticamente, por una larga escalera con un acabado en caoba negra

Ahora, sólo eres un muerto que colinda su deseo con otro tipo de texturas, que escarba en bibliotecas libres de ántrax y que adorna su pelo de enjambre con detalles rurales de retama y colihue

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