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A dos meses del asesinato de Esther: ¿quiénes son los culpables?

Las autoridades, los medios de comunicación y la indignación pública la olvidaron rápidamente. A dos meses de la violación y asesinato de Esther, cuando su nombre ya no aparece en ningún titular, volvemos a preguntarnos quiénes le quitaron la vida a esta niña de nueve años.

Hasta aquí, lo que todos sabemos: “Esther era una niña que soñaba con ser maestra”, su vida fue arrebatada, su cuerpo fue violentado, violado, asesinado.

Acabaron con su vida cuando apenas empezaba.

Yolanda, su madre, es frutera. Una más entre quienes, en este contexto de crisis y enfermedad, llamamos “esenciales”. La madre de Esther realiza un oficio esencial bajo su propio riesgo, por necesidad. Vende donde puede, lo que puede, esperando que no la echen o decomisen lo poco que tiene.

El cuerpo de Esther fue encontrado tirado en una acera de Villa Alemania, en la ciudad de El Alto, estrangulada y vejada, como si fuera desecho.

Imagen referencial. Foto: Pixabay

A dos meses del crimen, y todavía con un nudo en la garganta, me pregunto: ¿quién mató a Esther?

En los hechos, Zenón Manzaneda fue identificado como el autor del violento delito, con la participación de al menos otras dos personas más.

En una pasarela, rodeado de policías fuertemente armados y en presencia del ministro de Gobierno, Arturo Murillo, fue presentado con las siguientes palabras: “estén tranquilos, porque hemos capturado al asesino”.

Todos, señalando al culpable directo como el único responsable en este fatídico y doloroso hecho.

Tengo el estómago revuelto, las lágrimas pesadas, me duele el pecho: ¿quién mató a Esther?

A Esther la mataron la pobreza y el hambre, que cada día de la cuarentena (y desde antes) ponía a su madre en la encrucijada entre morir de hambre o salir a vender fruta de manera ambulante a Villa Adela y dejar a sus hijos solos en algunos de los cuartitos que alquilaba ocasionalmente como hogar.

A Esther la mató el peso del machismo, como base fundamental de un sistema desigual, descarado e injusto con mujeres pobres, trabajadoras y “periféricas”.

La mató el machismo, porque fue un hombre quien ultrajó el cuerpo de Esther, porque ese hombre es el resultado de un sistema cuya violencia contra niñas y mujeres es normalizada e institucionalizada, porque los feminicidas salen libres, son impunes y porque solo nos queda llorar la muerte y llorar una vida en busca de justicia, la mayoría de las veces sin conseguirla.

El sistema judicial tiene rostro de hombre y no investiga los vejámenes de larga data, que fueron identificados en el pequeño cuerpo de Esther, porque se sigue encubriendo a más criminales y porque la complicidad masculina está arraigada en la colectividad. Por eso se protege a un violador o asesino, solo por ser hombre, así como se mata a las mujeres por el solo hecho de serlo.

Hasta ahora no contamos con ninguna medida estructural, ni como sociedad ni como Estado, para enfrentar la principal pandemia que se lleva la vida de mujeres cada día: la violencia machista y patriarcal.

¿Nos hemos preguntado dónde estaba el padre de Esther cuando esta desgracia sucedió? No, porque el abandono y la irresponsabilidad paterna es algo tan naturalizado que no supone uno de los factores a reflexionar en este caso. Porque los padres abandonan a sus hijos y a sus parejas (y es mejor así para muchas de nosotras), pero, al hacerlo, abandonan también su responsabilidad.

El Estado, una vez más, protege y escuda a estos padres por medio de un Código de Familias que siempre está del lado del varón y que carga en las espaldas de las mujeres, la crianza, el sustento, el cuidado y la protección de los hijos. Mientras, les dice que “no hay nada que hacer” cuando el padre no puede ni siquiera aportar económicamente a esa familia.

A Esther la mataron las desigualdades de la pandemia. La mató por medio de la desesperación en la que se encuentran cientos de miles de hogares hoy. Familias que pasan hambre hace meses, que hacen fila en las ollas comunes (y con suerte consiguen dos platos de comida). La mató la ineficacia, la inefectividad y la falta de empatía en la gestión de esta crisis sanitaria.

Esta emergencia golpeó a los más pobres e hizo más evidente la brecha de desigualdad en la que vivimos. Mientras algunos podían “quedarse en casa”, otros se preguntaban qué llevarse a la boca durante este encierro carcelario, con condiciones absurdas, pensadas desde y para la clase media. Entre ellas, la prohibición de salida de niños con sus padres, lo que pudo significar la salvación de Esther.

A Esther la mató el abandono del Estado y de un Gobierno que tiene como única política perseguir a opositores y rivales electorales. Un Gobierno que señala a las poblaciones de El Alto, K’ara K’ara, Chapare, como culpables de su propia desgracia, de su enfermedad, de su pobreza.

El Gobierno no vacila en hablar de los muertos en la pandemia como si fueran animales. Cuando los sectores populares protestaban por el hambre que les suponía el encierro, los llamaban terroristas, sediciosos, salvajes y los reprimían cruelmente.

Un Gobierno que se caracteriza por actos de corrupción a lo largo de esta crisis y que de la manera más sucia, baja, cruel e inhumana se ha enriquecido con el dolor y la muerte de los bolivianos. Un Gobierno que se llena las manos de miles y millones de dólares, cuando en Bolivia no se ha comprado un solo respirador útil y sin sobreprecio.

La mató el Gobierno Municipal, que no supo leer de manera integral el problema que traía consigo la crisis sanitaria y optó por coincidir con el discurso del Gobierno central: encerrar a los niños y sentenciar a sus madres a salir a trabajar sin ellos, mirando al costado cuando estas madres se preguntan: “y ahora… ¿qué hago con mi wawa?”.

Son ellos quienes validan, no solo las políticas de odio contra su misma gente, también obran con ojos ajenos, con ojos que desconocen la realidad de las y los alteños.

A Esther la mató el sistema educativo que arrastra desde hace siglos con lo peor de nuestra sociedad, que se ve a sí mismo extraviado en una pugna de intereses gremiales, más que como un trabajo articulado por un bien común.

Desconocer que la escuela no es únicamente un espacio físico para el aprendizaje escolarizado es un error, la escuela es un espacio de contención, de refugio, de protección de crímenes (sean silenciosos o altamente indignantes como este).

Durante la crisis sanitaria, las autoridades educativas han hecho poco o nada por mejorar, o al menos contener, el colapso de la escuela.

En este contexto, la educación ha sido el reflejo de la desigualdad y su acceso marcado por privilegios de clase. No, señor Ministro, no todos tenemos internet, no todos contamos con teléfonos móviles. La madre de Esther, Yolanda, no cuenta con servicio de telefonía y menos con una conexión a internet en casa.

¿Qué hacía Esther cuando debía estar en la escuela? Estaba en casa, oculta, encerrada, esperando la llegada de su madre. De haber escuela, quizás Esther aún estaría entre nosotros hoy.

El sistema judicial y las instituciones llamadas a proteger a Esther, todas ellas, son culpables también de los crímenes que le arrebataron la vida. Los que promueven violencia machista por omisión, los que protegen al agresor por unos cuantos pesos, quienes juzgan a la madre en lugar de mirar más allá, los que estigmatizan a la mujer trabajadora en el escenario de la cuarentena y la pandemia.

Todos son igual de culpables, porque no basta con mirar con ojos de fuego al asesino, sino mirarse a uno mismo y su nivel de culpabilidad en el daño que sufren las niñas y mujeres cada día, en cada barrio, en cada casa.

A Esther la mató la indiferencia colectiva, porque mientras no pase en nuestro entorno cercano y privilegiado, no nos va a doler como le duele a Yolanda, como le duele a su gente, a quienes vemos tan ajenos.

La situación de Esther la refleja la situación de cientos de miles de niños que se quedan solos en sus casas mientras sus madres salen a trabajar. Es el reflejo de un Estado corrupto, es el reflejo de una sociedad machista, violenta. Es la muestra de un sistema podrido, cuyas víctimas siempre son las más vulnerables y cuyos culpables siempre somos todos nosotros.

¿Cuánto vale la vida de una niña? ¿Qué le toca seguir viviendo a la madre de Esther? ¿Cuántas y cuantos niños están pasando por lo mismo ahora?

Mi vida sigue, soy madre y también trabajo. Dejo a mis hijos a veces al cuidado de mi madre, a veces solos. Así como Yolanda, esperando que al entrar por la puerta me reciban con una sonrisa, se alimenten del fruto de mi sudor y sigan a mi lado siempre.

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