¡Comparte ahora!

El reciente 17 de julio cumplió años uno de los cineastas más influyentes de nuestro tiempo, el hongkonés Wong Kar-wai. A modo de celebrar su nacimienrto y su genial obra, compartimos esta oda a su forma de hacer cine y la pasión que desata entre sus fans más acérrimos y los amantes del séptimo arte.

@mijail_kbx

Me gusta imaginar las películas de Wong Kar-wai (Shanghai, 1958) como el Gran Colisionador de Hadrones de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN, por sus siglas en francés). No dentro los criterios absolutos de la física cuántica, claro. Sino como un mecanismo condensador de la materia, en el que tiempo y espacio experimentan las mutaciones más inverosímiles y en el que, gracias a las fuerzas inconmensurables que se desatan, puede vislumbrarse el pathos esencial del universo. Así los científicos buscan recrear las condiciones que dieron origen a todo lo que conocemos. Para mí, como para otros tantos cinéfilos, la filmografía de Wong Kar-wai (WKW) también adquiere ese cariz cosmogónico.

Uno de los tratados más hermosos que se han escrito sobre el cine y el arte en general, escrito por el ruso Andrei Tarkovsky, lleva el presuntuoso título de “esculpir en el tiempo”. Esa es una de las frases que mejor define la cinematografía como ejercicio creativo. Y eso, en significado y significante, son las películas de WKW. El tiempo esculpido en imágenes.

Como decía, me gusta pensar el cine de WKW como un portentoso aparato científico en el que el tiempo estalla, se disuelve, reposa, se recompone y se amasa en miles de posibilidades. Pero, no siguiendo un predecible curso fisiológico, sino amoldándose a las necesidades, obsesiones y caprichos del autor. O sea, obedeciendo los dictámenes de la absoluta sabiduría del Creador.

Para graficar mejor esta confusa abstracción, me permito tomar una de las escenas recurrentes de In the mood for love: el contoneo de una aristocrática y espigada figura femenina entregada a un ralentí característico en el director. La composición cromática, el contraste de texturas, la intencionalidad del encuadre, la precisión poética en la concatenación de los cuadros, las elipsis que mutilan cualquier noción temporal o narrativa, el espacio diegético minuciosamente obsesivo, la cadencia del ritmo que alcanza lo visual sin limitarse a lo sonoro, la musicalización que se desborda a sí misma y lo abarca todo.

Esa es la mejor forma de representar la labor escultora del cineasta, porque transforma un trozo de materia cualquiera –ir a buscar la cena o al trabajo o de compras- en una pieza que desborda épica, nostalgia y deseo.

Esa es la morfología del cine de WKW y esos también son los pilares temáticos sobre los que se asientan sus inquietudes creativas. Respecto a estas últimas, me permito tres apuntes.

Uno. Tendemos a catalogar lo épico en territorios grandilocuentes y extenuados. En In the mood for love, por el contrario, resalta esa gloria enr lo cotidiano, que ya se perfila en la filmografía anterior del director, pero es en ésta cinta en la que encuentra su mayor grado de destilación. Porque se insiste en los planos detalles, en la reiteración de acciones apenas modificadas, en la difuminación de los protagonistas bajo las sombras, en un tránsito cansino por espacios desvencijados.

Las creaciones de WKW son poemas épicos despojados de las despreciables cualidades morales del “heroísmo”, aunque deliberadamente líricos. Espectros urbanos que, sin quebrar su rutina ni el tiempo que viven, alcanzan con recato el más extremo delirio. Y aun así, vencidos, se yerguen para seducirnos. Son héroes parias, como Nat King Cole cantando en español o una cantante tradicional china bajo sones gringos: desarraigo y atemporalidad, batallas perdidas. Todas las voces en WKW son errantes y han sido derrotadas. Por eso mismo son irresistibles, como la de Cristo, o la de los juglares en el medioevo.

Dos. Para nosotros, a este lado de la pantalla, los sucesos se hacen inalcanzables. Todo está hecho de distancias. La forma en la que WKW nos acerca a sus relatos plantea un mecanismo en el que podemos estar muy cerca, pero siempre ocultos, distantes. Por eso observamos todo a medio perfil, desde planos imposibles. El revelarnos anularía el juego. La sensualidad de esta experiencia reside precisamente en su predisposición voyeur.

Nuestro cineasta anula los postulados de rompimiento brechtianos y parece decirnos: se mira pero no se toca. Es también una forma de protegernos. Entregarnos a esa reconstrucción fractal del amor y el deseo nos aniquilaría. Un Big Bang emocional.

Chéjov decía que la felicidad no existe, que solo existen las ganas de alcanzarla. Bajo ese concepto podemos cobijar la tensión erótica del trabajo de WKW.

No es lo que se muestra, sino lo que se oculta, aquello que subyace lo concreto. Entre las paredes de la habitación 2046 todos presentimos un magnético caudal de deseo. Es quizás el truco más atávico del erotismo, pero representa una sublevación al odioso imperativo contemporáneo: el ver para creer, o bien en este caso, ver para sentir.

La erótica WKW representa la derrota del porno, el regreso a lo intangible, el triunfo de las pulsiones subterráneas por encima de las construcciones racionales, el tacto subyugando a la vista.

Tres. “No podemos tocar el pasado, sólo podemos recordarlo”. Aunque fatua, esta frase que cierra In the mood for love, además, invoca esperanza. Desde la memoria, la eternidad del amor es infalible. Aunque lastime, recordar es la única garantía de poseer lo amado. Lo que transcurre más allá de nuestras evocaciones es tangible, pero también efímero e inaprensible.

Por otro lado, ese halo melancólico nos confiere un sentimiento de pertenencia. La nostalgia es el signo de nuestros tiempos. La nostalgia y la incertidumbre. Corremos por el mundo queriendo recuperar todas las memorias, conocer todos los secretos, nos desvinculamos de nosotros mismos, corremos a la montaña, lloramos en la boca de algún árbol e inevitablemente naufragamos. Como toda la estela de anacoretas postmodernos creada por WKW. Personajes que nunca están, que viven para marcharse y huyen siempre, porque necesitan y buscan padecer un pasado. Anhelan con pasión lo que en principio rechazaron.

Esa fue la vida de WKW. Vivió su infancia en un país con un dialecto distinto, en el que no podía comunicarse con el resto y la única forma de vincularse al mundo era escapando de él y refugiándose en el cine. Seguramente dentro la sala oscura se entregaba a historias de otros tiempos y otras latitudes, las hacía suyas, las reinventaba para acercarse más a ellas y, en algún otro simulacro de fuga, extrañarlas.

Al salir, lo imaginamos inconexo con su nuevo hábitat, añorando su Shanghai natal, la música de su infancia, los amigos de la calle, alguno de sus hermanos.

Y así comenzó a esculpir el tiempo, no me caben dudas. Fotografiando sus propios recuerdos, mezclándolos con los personajes ficticios de la gran pantalla y proyectando esas creaciones, tan íntimas, tan sentidas, tan puras, en un sublime ecrán imaginario.

¡Comparte ahora!