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Mijail Miranda Zapata

¿El voto en las urnas puede llegar a perder la legitimidad que históricamente se le atribuye? ¿Qué le espera a Bolivia en los próximo meses?

Dadas las recientes experiencias a nivel regional, con los casos de Colombia, México o Brasil, yendo más allá incluso podría citarse a Estados Unidos, queda demostrado que en los tiempos que corren, de hiperconexión e “hiperinformación”, existe un agrietamiento peligroso en el fenómeno electoral, provocado por la vorágine incontenible de las fake news.

Bolivia se encuentra en puertas de un nuevo proceso electoral. Al igual que en otras experiencias, la opinión pública se encuentra polarizada y a pesar de la gran cantidad de candidatos, la verdadera pugna se perfila entre el oficialismo criticado por la confirmada repostulación de Evo Morales y una oposición que comienza a tomar cuerpo alrededor de la figura del expresidente Carlos Mesa.

Más allá de los nombres, cabe recordar que el ejercicio democrático del voto, al margen de consignas o vítores a favor o en contra del candidato de nuestra elección, está relacionada con la transparencia del proceso electoral, con todo lo que este implica. Es decir, también con la forma en la que se desarrollan las campañas y la información que recibe el ciudadano respecto a los candidatos en medio de estas.

Fake News en Latinoamérica

La apabullante victoria del candidato ultraconservador Jair Bolsonaro en Brasil puede ofrecer algunas claves. Con solo ocho segundos de campaña televisiva, el “Mito”, como lo conocen sus seguidores, hizo de plataformas como WhatsApp (que cuenta a diario con 120 millones de usuarios en ese país)  el nicho de una campaña electoral que, según reportan medios internacionales como El País o proyectos locales como Eleições Sem Fake (Elecciones Sin Fakes), estuvo alimentada por información de dudosa procedencia y carente de veracidad.

Una situación similar vivió México, donde, según cuenta el portal Verne, se habrían dispuesto aparatos de comunicación completos para la creación de contenidos con noticias falsas, siempre con el fin de desprestigiar al contendiente electoral y confundir al electorado.

Esta práctica, a todas luces antiética, parece estar ya institucionalizada en la dinámica electoral en varios países del orbe. En este contexto, el panorama que le aguarda al elector boliviano no parece ser el más favorable.

Según una investigación de 2016, publicada recientemente por la Agencia de Gobierno Electrónico y Tecnologías de Información y Comunicación (Agetic), el 67,5% de la población por encima de los 14 años accede a internet de una u otra manera. Por otra parte, el uso de plataformas como Facebook y WhatsApp, caldo de cultivo ideal para noticias falsas, son las más usadas con un promedio por encima del 90% de usuarios en ambos casos.

Aunque esta cifra pueda encender las alarmas, el mismo estudio revela un viso de esperanza. Del total de los internautas, un 59% confía poco (37%) o nada (22%) en la información que recibe a través de estas vías. No obstante, contenidos viralizados en los últimos años, que tuvieron repercusión en la opinión pública boliviana, demuestran que esta percepción es sumamente maleable y que, además, muchas veces estas cápsulas de desinformación proceden de amigos y familiares.

Las vulnerabilidades de Whatsapp

Para graficar la peligrosidad de este último terreno solo se necesita un dato: el 97% de los internautas bolivianos dice utilizar las redes sociales para comunicarse con amigos y familiares. En este punto es donde WhatsApp adquiere otro tipo de características como instrumento proselitista de baja laya.

En ese sentido, Mauricio Moura, jefe de la consultora Idea Big Data y experto en campañas electorales en Brasil, dice que en su país “el 90% de los usuarios es parte de uno o más grupos en WhatsApp, lo que facilita aún más la difusión de la propaganda electoral”. Estos grupos, en un porcentaje importante, son creados a partir de relaciones filiales o fraternales, lo que, llegado el momento, por el vínculo emocional, dificulta el ejercicio crítico de los usuarios respecto a la calidad y veracidad del contenido que reciben.

Respecto a una posible normativa, las posibilidades son técnicamente nulas. Como bien explica Fabrício Benevenuto, creador del proyecto Eleções Sem Fake, sobre el uso de estos espacios virtuales y los intentos por normarlos desde el Tribunal Electoral brasileño: “se trata de un fenómeno novedoso, es normal que no sepan muy bien cómo analizarlo. Como los mensajes están encriptados, ni el propio equipo de la plataforma la entiende muy bien. No saben ni siquiera cuán sesgados son los datos”.

Volviendo al caso boliviano, solo resta esperar para saber cuál será el desenlace electoral y cuáles los escrúpulos de los políticos locales. Entretanto, la ciudadanía debe estar alerta y tener claro que la responsabilidad de mantenerse bien informado parte de uno mismo, ya que una posible (auto)regulación es, de momento, improbable.

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