Yalitza Aparicio y Marina de Tavira, protagonistas de 'Roma' | Foto: Kevork Djansezian/Getty Images
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“El show no debe continuar”: ¿por qué debemos dejar de creer que el reconocimiento de Hollywood representa una conquista social? Aquí esbozamos una posible respuesta.

Más allá de la cinta y lo que pueda ofrecer a nivel estético, e incluso discursivo, el fenómeno Roma, como ya tantas veces se ha repetido, desencadena otro tipo de situaciones y reacciones que merecen ser analizadas y discutidas.

Uno de ellas es la dinámica de dominación que se ejercita desde la industria del cine por encima de minorías en Estados Unidos y por sobre las poblaciones del resto del mundo. Bajo el velo de una moral superior y siempre a punto con la historia (oh, ironía), casi como acto reflejo, Hollywood, y todo lo que representa, absorbe, valida y desactiva las insatisfacciones de todo lo que este por fuera de sí mismo y su confort.

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En este cometido, la industria del cine propicia una inversión enfermiza del flujo en el que se articulan y movilizan las demandas y luchas sociales. Hay todo un aparato mediático instaurado para hacernos creer que estas “insubordinaciones” contra el sistema se gestan desde estos espacios prefabricados y siempre coreografiados a detalle, de arriba hacia abajo, nunca al revés.

Fotografía Alfonso Cuarón y Yalitza Aparicio durante el rodaje de ‘Roma’ | Foto: Difusión/Netflix

Se omite así que estos grupos, supuestamente reivindicados gracias a la benevolencia de la alfombra roja, están en constante pugna y llevan tras de sí largas batallas que se extienden por décadas y aún más. Se deja de lado esta memoria histórica y se concentran todos los esfuerzos en el discurso conmovedor discurso de agradecimiento, en el sencillo y hermoso vestido de la “consentida” de turno, en la historia de superación y el sueño americano que finalmente, una vez más, se cumple. Amén.

Es muy macabro este juego en el que se yergue una figura de representatividad (a)política como la de Yalitza Aparicio, no con el fin de dar ni siquiera una concesión a las poblaciones marginales o marginadas, sino con la velada intención de satisfacer una persistente necesidad de reconocimiento desde el poder, con el fin de aplacar cualquier intento de rebeldía por fuera de la red carpet, con la seguridad de que algo se está transformando, aunque mañana el racismo siga campeando y la protagonista de Roma vuelva a ser su víctima desde el anonimato.

Es decir, creemos que el gesto rebelde, que la conquista social es acceder a esos espacios de privilegio que exotizan la diferencia y celebran que los indios, los negros, los hispanos, los trans, las mujeres, puedan participar de la fiesta, aunque sea solo por una noche. Pero, por supuesto, no en términos de igualdad y mutuo reconocimiento, sino a través de una representación blanqueada y creada por -adivinen quién- ellos mismos.

Pero la peligrosidad de estas “conquistas”, que todos nos obligamos a asumir como propias, van aún más allá, porque en última instancia despolitizan territorios de reivindicación completamente legítimos y los convierten en aparatos funcionales al mero entretenimiento y, como no, al márketing. Mientras sigamos anhelando el fulgor de los reflectores sobre nuestros rostros, no podremos reconocernos auténticos ni mirar más allá de este escenario de autodestrucción. El show no debe continuar.

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