Ilustración del libro 'Aquí Hay Icebergs'. Pamela Mercado.
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La narradora peruana Katya Adaui visita Bolivia, gracias a la editorial Perra Gráfica, para presentar la edición nacional de su libro de cuentos Aquí hay icebergs. El evento se realizará mañana en La Paz y aquí te ofrecemos un relato breve de la colección para que sepas por qué no debes perdértelo.

Estaba en las tierras de un abuelo, no era el mío.

Alrededor del abuelo un grupo de hombres trajinaba.

Me había despertado y cambiado sola y había salido.

Miraban algo.

El caballo negro, echado con un gesto extraño en la mandíbula,

con el pelo despeinado, de peluca. Los ojos ebrios. Por un segundo me miraron.

Uno dijo:

Miren cómo la tiene el pobre.

Otro dijo que solo había una solución. No hay nada que hacer, mejor ahora para que no sufra más.

Comentaban las bondades. Le gustaba el barro. Partir porque sí. Correr de largo. Que se había tropezado en la acequia. Está roto por la acequia, señor, dijo alguien, yo atestigüé.

De mano en mano apareció la pistola. Negra, color caballo. De la misma manera en que rotan el vaso los amigos y lanzan al suelo la última espuma.

Acabemos de una buena vez, habló por fin el abuelo. Apuntó hacia el caballo mientras yo giraba y así de espaldas.

Hacia la casa donde mis padres dormían.

Corrí.

Escuché lamentos. Del caballo, ninguno.

A ver, no se me había muerto nada. Los zapatos nomás, me crecía el pie rápido.

En la casa mis padres roncaban.

Los dejé dormir. Me senté en el piso frente a ellos. Los dejé dormir.

Ya, suficiente, fui, jalé la sábana.

Primero vamos a comer algo. Desayunaron huevo y café pasado, fruta. Leyeron el periódico. Comentaron las noticias. El precio del pollo sube y sube, ¿qué vamos a hacer? Un bebé mordió a una serpiente. Asaltaron un restaurante a quemarropa.

Pregunté y explicaron.

Dije:

Al caballo a quemapiel.

¿Cómo?

Al caballo, con su pelo negro. Al que ayer mismo dijeron: Puedes subirte.

Y mi padre salió de la habitación.

Mi madre dijo: Espera, voy contigo, flaco, espera.

Apoyada contra la pared esperé. Me vi barro en las zapatillas. Barro de correr la chacra, de saltar las acequias, de treparme al pozo cuando nadie miraba, de sentarme y soltar los pies en su boca, de lanzar el balde hasta que la soga en caída libre, el agua sonaba, y traerlo de vuelta vacío.

Volvieron mis padres. Habían visto lo que yo.

La frente, los ojos. Me besaban como si me fuera a…………o como si ellos se fuesen a…………Yo ahí no sabía, yo no me iba.

Vamos al mercado, compremos cosas ricas, hija. ¡Lo que quieras!

Partimos de la casa por otra puerta, nueva para mí.

Apretaban la palta. No toque la mercadería. Escuchaban la pepa saltarles al oído. ¿La sientes? Le falta. A punto, pedían. Como para hoy.

Me fui adonde los pollos colgaban percudidos, un pasaje separado de la fruta, la verdura, el abarrote. Olía distinto: un olor que no pretende convencer. Los huesos en bolsa aparte, las alitas hundidas en su salsa de sillao, las cabezas de chancho empaladas lejos de sus cuerpos, el costillar en las lentejas de los lunes. Daba para juntar todo y crear un animal nuevo.

Gritaron mi nombre en los pasillos. Otra vez me pregunté por qué ese nombre era mío, solo mío, aunque otras se llamasen como yo.

Me recogieron de allí. Me dieron mi bolsa de fruta para que no olvidara a qué. Una a una comiéndome las moras. Tan ricas. Las manos moradas. ¿Ven mis manos?

Con agua sale. Pero ya te limpiaste en el pantalón. ¿No puedes estar limpia un día entero?

Déjala, ya llegamos en un rato, tú lo has dicho, con agua sale. Nuestras cosas se quedaron en la chacra, se perdieron. Mis carros que arrancaban con las llantas en el aire y se estrellaban y seguían, mis animalitos, las piedras que había recogido, los hilos de la soga del pozo.

El vestido rojo, dijo mamá, yo amaba ese vestido.

El encendedor nuevo, no puede ser, maldita sea. Mi padre.

Yo dije: La granjita.

Mis padres se miraron. Hemos estado pensando, ¿quieres un hermanito?, ¿te gustaría?

Como si las viera, las figuras del papá, la mamá, los hijitos, muuu, sonaba la verja, vaca, burro, caballito. Un pesebre todo el año. Era mío y ya no.

Otras mañanas volví al mercado, donde la ciudad y el recuerdo coincidían. Los pollos al embudo, pico abajo de un tajazo se desangran, patalean el último temblor, cuelgan de sus ganchos como pantalones amarillos, bolsillos fofos, botones atrofiados, frente a pescados grises de ojos siempre abiertos, cangrejos que aún punzan hielo inútil, almejas entrecerradas en parpadeos de reptil. Las plumas nadan solitarias, el vapor es turbio, espeso y líquido, agua que corre caliente por rendijas. ¿Yo? Sentada, con los apuntes de la aniquilación: doscientos setenta y cuatro pollos, la primera mañana.

El corazón, red de arrastre en zonas abisales, caza sin comprender qué ha cazado: cosas iguales en lugares diferentes o cosas diferentes en los mismos lugares.

Mi mano sostendría después —cómo saberlo, todavía se decía de mí: Es inocente— cuellos destajados en palabras tardías.

Ese caballo.

Yo lo había querido.

Se movía ligero con su rostro profundo.

Ojos que por un segundo me miraron.

En sus ojos luminosos vi derrota.

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