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El jueves 27 de septiembre la editorial Sobras Selectas presenta en Cochabamba* un compilado de crónicas del escritor mexicano Carlos Velázquez. Nacido en Torreón, el también periodista, es uno de los personajes más wasos de la literatura en su país y América Latina. Te compartimos uno de los textos que forma parte de Aprende a amar el plástico.

Carlos Velázquez

Mi vida se había convertido en un sucesivo perder y perder vuelos. Hasta que me dije ¡Basta, Carlos Manuel! No se trataba de una manda. Ni mucho menos un propósito de Año Nuevo. Soy malo con las promesas. Para lo que sí soy bueno es para superar las crudas morales. Entonces, como si de remontar una resaca se tratara, me repetí ¡No más, Carlos Manuel! Por supuesto que mi determinación se quebrantó a la primera. Ese año perdí ocho vuelos. Sin contar los autobuses, taxis, dílers, mujeres, editores potenciales, amigos, etc. Había perdido vuelos nacionales e internacionales. Siempre me había valido madre. Era obvio que no los pagaba yo. Pero como alude el lugar común: siempre hay una primera vez. Me encontraba en Guadalajara. La fiesta había estado tan intensa en la Feria Internacional del Libro que perdí el avión a Monterrey. Me quería trepar a las paredes: Morrissey se presentaría al día siguiente en Regiolandia.

Como un émulo de Raoul Duke, llegué al mostrador de Aeroméxico, pedísimo, sin dormir, después de sobrevivir a salvajes noches de cocaína y a otras tantas de tachas. Llegué como la promesa malograda en la que me he convertido. Injurié hasta el escándalo a la señorita de la aerolínea porque no había lugares disponibles en los vuelos del día siguiente. Se ofrecía a ponerme en lista de espera, pero no podía asegurarme que me fuera a trepar en aquel avión. No podía arriesgarme. No mientras mi papacito Moz estaba en la tierra del cabrito. Drogado, como andaba, agarré todas mis chingaderas (30 kilos de libros, la compu y dos maletas con garras; no entiendo por qué siempre me sucede lo mismo: cargo con un madrazo de prendas, pero siempre me pongo la misma pinche sudadera y mis eternos Levi’s) y me lancé a la central de camiones.

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Al final no resultó tan mala idea el camionazo. Me subí a uno de línea ejecutiva (en aquellos asientotes se podía filmar una película porno), me metí dos tafiles con una Tecate caliente, me puse mis audífonos y me desmayé las doce horas que duraba el viaje.

La primera vez que vi a Morrissey en vivo fue con la gira del álbum You’re the Quarry. También en Monterriegues. Recuerdo que toda la banda salió de tacuche, blanco, y Moz de negro. Qué conciertazo. No solo estaba presenciando a uno de mis héroes de juventud (insisto: taras, producto de haber sido adolescente en los 90), sino que además tenía frente a mí el regreso más espectacular del mundo de la música. La vida en LA destruye, y el ex vocal de los Smiths se había clavado gacho en la Biblia, hasta que decidió ponerse las pilas, le metió durísimo a la dieta South Beach (desayuno: jugo de verduras V8, dos huevos revueltos con pico de gallo y café con leche descremada; media mañana: frutos secos; comida: salmón con guarnición de verduras; merienda: rollitos de jamón con queso; y cena: rollos de atún con hoja nori) y volvió con un disco que le valió el Grammy.

Llegué a Monterrey a las siete de la mañana. Los tafiles me habían metido tal derechazo que no desperté pese al pestazo que se desprendía del baño; el chofer tuvo que sacudirme violentamente para que reaccionara. Apenas abrí los ojos sentí el patadón proveniente del retrete. Había estado en coma todo el viaje, pero podía adivinar lo sucedido en el trayecto: por culpa de la peste todos los pasajeros se arrecholaron en la parte delantera del camión, y, atrás, yo solo: roncando a mis anchas, pedorréandome sin pudor y con una erección. Recordé cuando bajaba del bus que había estado soñando con la vagina de Serena Williams.

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Pensaba que mi aspecto me hacía lucir huraño, pero no, parecía un psicópata. Los lentes oscuros me defendían del sol, pero no disimulaban mi aspecto. Una línea de baba amarillenta y pestilente atravesaba mi rostro. Trastabillé por la calle hasta internarme en el metro. Quería botar todas mis pertenencias y meterme en cualquier cantina. Quería coca. Quería un travesti. Pero me conformé con llegar hasta la casa de Nuestro GG y tirarme sobre un sofá.

Desperté por la tarde con una facha peor, con cara de maniático sexual reprimido, y había soñado ahora con la vagina de Venus Williams. Buenos días, querubín, me saludó Nuestro GG. Me metí a tallarme la dona y le tumbé el chocolate. Hacía más de 48 horas que no me bañaba. Creo que olía más culero yo que la letrina del autobús. Más ojete deben apestar las vaginas de las Williams después de un partido, me dije. Salí de la ducha revitalizado. Ansiaba inyectarme. Coca o lo que fuera. Fe o religión. Quería un subidón. Pero Nuestro GG se cortó. Era metalero. Quien me acompañaría sería mi compa Óscar David López, una estilista o, como él se autonombraba, «peluquera», torcida y gorda a causa de la cortisona.

Faltaba todavía un par de horas para el show, así que la Óscara y yo nos fuimos a rendirle tributo a Morrissey: nos lanzamos a comer al Rey del Cabrito: el lugar más naco del mundo, templo de lo kitsch. El interior está decorado con puras fotos enmarcadas del dueño con artistas: Luis Miguel, Thalía; no hay estrella de la farándula que no adorne las paredes; y, como cereza del pastel, hay varios animales disecados, entre ellos un león. En honor al veganismo, el de Moz, pedimos machitos, mollejas y pierna. Entre eructos y cervezas celebramos que nuestro héroe hubiera renunciado a introducirse carne por la boca, era fuerte de espíritu; a nosotros aún nos dominaban las pasiones. Sabíamos que en el espectáculo no se iban a vender hot dogs ni pizzas, nada de carnuca. Por eso salimos embarazados de vísceras. Fue un verdadero atracón. Dos Glorias más, el postre que te ofrecen en ese restaurante, y habría sufrido una congestión alimenticia. Touché.

Después de deambular por ahí un rato con el predicamento «mi cago y mi gomito», por fin entramos a la Arena Monterrey. Cuánto joto hay en San Luisito, me dije. Y, bueno, estarán de acuerdo que anunciar a Morrissey es convocar a una convención de gays. Si un día realizaran una convención de gays y una de soldados al mismo tiempo, en la segunda no habría nadie, porque todos estarían en la primera. Después de pensarlo bien llegué a la conclusión de que había más locas en mi terruño: Torreón. Apenas si alcanzábamos el millón de habitantes y el ochenta por ciento se la papeaba, y el veinte restante estaba camino a. ¿Cómo pueden existir tantos jotitos en una ciudad?

Todos estos cabrones que están aquí, siete mil quinientos, me dije, seguro son hijos de señoras que venden Herbalife. Estaba sentado en la fila H con un whisky en la mano cuando salió la telonera, Kristeen Young, una chica glam dizque heredera de Bowie, pero con influencias de Björk. Ni le puse atención a su música. Estaba bien buenorra. Apenas pisó el escenario comencé a pensar en su vagina. Y no porque fuera muy hombre. Era culpa del maldito Bunny Munro, que me había implantado esa fijación en la cabeza, desde 2.009 no consigo ver a una mujer sin tratar de adivinar la forma de su pussy. Me sucede todo el tiempo con las maestras de ballet de mi hija, en los aeropuertos, en las centrales de autobuses, en la fila del banco. He imaginado por horas, perdido en los detalles, las formaciones congénitas. El set de la abridora estaba tan aburrido que comencé a pensar en otras vulvas. En la reina de reinas: la de Beyoncé. Y en la de Rihanna. Pero poquito.

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Apareció Morrissey. Como la parte baja de la Arena no se había llenado, soltó un Come, una invitación a que abandonáramos nuestros lugares y nos replegáramos al escenario. Se produjo entonces una lluvia de sillas. En el afán por quedar situados hasta el frente, todos aventábamos sillas a lo pendejo. A más de uno le atinaron en las espinillas o en la cara. Los de seguridad no pudieron hacer nada. Era una orden de Moz, y aquello no era una excursión como para que todo se realizara en armonía. La Óscara y yo, bendito pinche karma, quedamos embarrados a los amplificadores. Si hubiera querido, lo podría haber tocado.

Todo marchaba perfecto, hasta que aparecieron escenas de mataderos en las pantallas. Vacas, cerdos, muerte, sangre, sangre. Entonces, todo el jodido cabrito que nos habíamos zampado me estremeció el estómago. Mi panza chirrió como el freno de un tráiler. Tronó como cuando a un auto le metes mal la reversa y se escucha hasta la otra cuadra. Ya no pensé en vaginas, sino en deshuesaderos de autos. En autos machacados, comprimidos por dos planchas de metal inclemente. Y comencé a sentirme como un puerco al que están a punto de destazar: esta parte es para chicharrón, esta para carnitas, estos, el buche y trompa, para unas tostadas. Pensé en salir corriendo al baño. Y vomitar profusamente. Y cagar mayestáticamente. Pero no hubo necesidad. Me controlé. Y se me pasó. ¿Tanto año de carnívoro para doblarme así como una mariquita? Ni madres. En venganza, cuando saliera, iría por unos tacos.

Dos o tres rolas después, Moz se quitó la camisa empapada de sudor y la arrojó al público. La prenda cayó en manos de dos jotitas que por ningún motivo se desprenderían de ella. Estaban literalmente colgadas a la chingada garra. Parecía que se estuvieran abrazando. Adelante de nosotros, justo. Suéltala, dijo una. Suéltala tú, respondió la otra. Te doy 200. Yo te doy 500. Se veían tan ridículas. ¿Quieres la camisa de Morrissey?, le pregunté a la Óscara. ¡Sí!, me respondió. Metí la mano entre las dos jotitas y jalé la prenda. Se rasgó justo a la mitad. Yo me quedé con una parte y una de las jotitas con la otra. La jota a la que dejé con las manos vacías se histerizó tanto que se me vino a golpes. Me la pelaba: la despaché de un empujón. Pero no contaba con que venía con otros dos. Sospecho que eran sus mayates, porque estaban demasiado grandes y fuertes.

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Otro propósito que nunca he podido cumplir: ya no pelearme en los conciertos. Como la bronca era inminente, le arrojé el trozo de tela (ya no era, nunca lo sería, ni completa, la camisa de Morrissey) a la Óscara y me les fui a golpes a los dos cabrones aquellos. Y la idiota de la Óscara abrió los brazos como si le hubiera arrojado una inmensa pelota de playa; para cuando los cerró, las garras se le habían escurrido hacia el piso. En fracciones de segundo, antes de nada, en su vuelo, alguien la pescó. No conseguimos ver quién. La oscuridad no lo permitió. Y dejamos de agarrarnos a golpes. Atónitos por la estupidez de la Óscara. Por cómo había dejado escapar un simple trapo. Ahí estaba yo, agarrándome a madrazos para que la jota tuviera esa clase de fetiche, y la pendeja desperdiciando la oportunidad.

Salimos del concierto derechito a adquirir los consabidos souvenirs. De puro coraje me robé una playera. Tenía estampada una etiqueta de Jack Daniel’s, pero en lugar del nombre del whisky, decía «Morrissey». Acabamos en El Jardín, uno de los bares gays más chingones de Monterrey. Compramos coca y me fui al baño a metérmela. Una pregunta saltó a mi mente cuando estaba a punto de darme la primera punta: ¿Qué estará haciendo en estos momentos la vagina de Avril Lavigne?

El evento se realizará en el Caffé Veneziano (calle Lanza No. 147) a las 19:30.

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