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Desde la expresividad rústica del material en los 50, hasta la progresiva sofisticación del cantar, la lírica y la musicalidad características de su última etapa. Te ofrecemos un viaje por lo mejor de Violeta eterna.

Marcelo Contreras

Cantos de Chile (1956)

La columna vertebral de este disco cuádruple de 25 canciones es el primer LP que Violeta publicó en 1956 bajo el título Guitare et Chant: Chants et Danses du Chili, edición del sello francés Le Chant du Monde, especie de tarjeta de presentación de la artista mediante 13 piezas para entender a grandes rasgos el folclor chileno pensando en audiencias europeas.

Por lo mismo, se escucha brevemente la presentación de cada título antes de iniciar el canto. Incluye cuecas, tonadas, parabienes y música de la Isla de Pascua, más clásicos como “Qué pena siente el alma”, “La Jardinera” y “Violeta ausente”.

Hace falta un guerrillero (1961)

Conocido también como Toda Violeta Parra y El Folklore de Chile, vol. VIII es el primer trabajo donde la cantautora presenta solo canciones de su autoría con algunas concesiones extraordinarias. Comparte créditos con Pablo Neruda en “El pueblo”, y Nicanor Parra en los cortes “El hijo arrepentido” y “El Chuico y la Damajuana”.

Temas como “Yo canto la diferencia” y la citada “El pueblo”, revelan a Violeta Parra en una nueva fase lírica de notorio compromiso con la causa social vinculada a la izquierda. El álbum contiene también nuevas versiones de clásicos como “Casamiento de negros” y “La jardinera”.

En Argentina (1962)

La génesis de este álbum es una tragedia. En 1961, Violeta viajó a la pampa argentina a buscar a su hermano Eduardo tras un intento de suicidio. Hizo amistades, volvió a Chile con el tío Lalo más recuperado y regresó a la pampina ciudad General Pico.

El título original fue El Folklore de Chile según Violeta Parra. El ingeniero José Soler quedó impresionado.

“Vi entrar la figura modesta de esta desconocida folclorista chilena y cuando comenzó a tocar realmente me impactó. ¿Quién habrá inventado ese rasguido?”.

Canciones reencontradas en París (1971)

Las versiones disponibles en Spotify e iTunes incluyen seis temas extras según el lanzamiento del sello Oveja Negra

Es un álbum combativo en canciones como “La carta”, que en estéreo parece grabada ayer, “Arriba quemando el sol”, “Rodríguez y Recabarren”, “Paseaba el pueblo sus banderas rojas” -otra pieza de aires progresivos basada en un poema de Neruda-, “Miren cómo sonríen” y “Santiago penando estás”, una composición demoledora, mezcla de nostalgias y tristeza universal por el destino de la humanidad:

“El niño me causa espanto, ya no es aquel querubín, ayer jugaba a la ronda, hoy juega con un fusil, no hay ninguna diferencia, entre niño y alguacil, soldados y polvorín”.

Las últimas composiciones (1966)

No es un disco de estricto folclor chileno, sino que despliega un sentido latinoamericano hasta alcanzar ribetes universales. La voz explora otros tonos, se transfigura, alejándose del canto campesino característico (“Gracias a la vida”, “Volver a los 17”).

El elemento religioso, siempre presente en su material, alcanza clímax en “Rin del angelito”, poniendo en jaque la idea de la trascedencia del espíritu en la sentencia final “cuando se muere la carne el alma se queda oscura”.

Entre letras de rabia y frustración (“Maldigo del alto cielo”), desamor (“Run run se fue pa’l norte”) y melodías de puro ingenio en guitarra y ritmo (“Cantores que reflexionan”, “El guillatún”), Las Últimas Composiciones implica un cierre discográfico magistral y aún insuperable en la historia musical chilena.

Vía Culto

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